Casas Contadas – capítulo 22: Erna Enríquez, su papá y un vecindario lleno de anécdotas

Seguimos recolectando historias en este viaje infinito, recorriendo rincones de San Martín de los Andes, en busca de nuevas piezas para completar el rompecabezas de la memoria comunitaria. Hoy es el turno de una preciosa casa que data de 1971 y de una familia con asiento en la localidad desde 1917.

Ubicada en la calle Capitán Drury, casi esquina Rudecindo Roca, la casa es hermosa, enorme, completamente hecha de madera. Por fuera, el techo termina en ángulos pronunciados y las paredes se ven cruzadas por listones blancos que dan un aire campero y pintoresco. Golpeo la puerta sin saber que me espera dentro y a quien encuentro es a Erna Enríquez, su única habitante. Me deja entrar. Va encendiendo algunas luces a nuestro paso hasta llegar a una pequeña habitación con ventana a la calle. El piso cruje un poco y pienso que ese es el sonido que acompaña todas estas historias.

Foto: Federico Soto

“Mi papá, Eduardo Enríquez, compró esta casa en 1971, pero recién pudimos mudarnos en 1975, porque había una inquilina”, empieza a contarme Erna, sentada conmigo en una mesa individual con dos sillas. Nos rodean velas, santos y aroma a sahumerio. “La había construido Santiago Mella y su mujer Eloisa Chandía. Después mi papá se la compró al yerno, Américo González”.

Eduardo nació en Lolog, en 1917. Su casa de la infancia fue la primera escuela del lugar, y aún se encuentra tal cual estaba originalmente. “Queda por la subida pasando Laguna Rosales y el Peñón del Lolog. Ahora vive allí un primo, que tiene un aserradero. En el mismo terreno aún está el galpón original, que debe tener más de cien años”, cuenta Erna. 

Durante mucho tiempo, Enríquez padre fue guardaparques y la familia vivió en Lago Hermoso. Cuando se retiró compró la casa en San Martín: “Nos vinimos caminando, porque no teníamos otros medios para llegar. Con mi mamá y mis hermanos nos levantaron en la ruta unos turistas y nos trajeron. Papá llegó como a las 4 de la mañana”. 

Desde 1975 y hasta 1983 u 84, la casa de los Enríquez fue también una pensión, llamada “El Pehuén”. En ella se alojaba gente de paso y pensionistas. “Mi mamá cocinaba muy bien, hacía todo casero y daban comidas a la gente que se hospedaba. Le encantaba hacer panes calientes y pastas. Teníamos estufa a leña y cocina de serpentina. Me acuerdo que venía mucha gente del cerro y de gendarmería a quedarse. Una vez también vino Julio César Quiroga, que era juez de paz”, relata mi anfitriona.

Foto: Federico Soto

De la casa se mantiene el frente original, con un tramo de cemento agregado en forma posterior. Por dentro, los ambientes se dividen en cocina, un comedor grande donde comían los pensionistas, un comedor chico y siete habitaciones. “Vos sabés que arriba hay habitaciones que se comunican con puertas ocultas en las paredes. No sé muy bien por qué las hicieron así pero papá decía que era porque a veces se usaban para esconder gente”. 

Lo que sí sabemos con certeza es que desde el comienzo, la idea de Eduardo era que toda la familia trabajara en la pensión, dentro de casa, y que no tuvieran que salir a trabajar afuera. “Una vez, me acuerdo que hubo una inundación y no se podía viajar a Neuquén. En casa alojaron a tanta gente que no había lugar por ningún lado”. 

Familia Enríquez en Hua Hum

Por ese entonces, los vecinos de la familia Enríquez eran otros. “Enfrente estaba la casa de don Nuñéz y en la esquina vivía el señor Marquecini, que fue dueño del primer colectivo de línea del pueblo. También estaba la casa de Ana Van Dorsser, que era chiquita, rodeada de un jardín enorme con árboles frutales, de los que nos convidaba siempre. Ella era la única que me retaba por andar jugando a la pelota con los varones. Doña Anita ya era viuda y me enseñó a tejer”, cuenta Erna, entre risas de nostalgia.

Foto: Federico Soto

En la cuadra también vivía Juan Disembre con su esposa e hija, justo al lado de esta casa, en donde ahora están construyendo un edificio. Erna recuerda al señor Price, que era guardaparques y a don Molina, que era oficial de gendarmería. “En la otra esquina vivía Confalonieri. Después, para el otro lado, estaba Merina Creide, en la casa que ahora es un hostel”.

Ceremonia en Parques Nacionales. Eduardo recibe medalla de oro por 25 años de servicio.

“La escuela 134 estaba en construcción, no tenía gimnasio, solo el patio donde jugábamos a la pelota. Yo fui al CEPEM 13 hasta séptimo grado, pero porque compartía edificio con la escuela 89. Después terminé allí, donde recibí la bandera”, va concluyendo Erna Enriquez, por momentos emocionada de tanto recuerdo.

Actualmente, la casa se encuentra envuelta en un litigio sucesorio, bajo presión de constructoras e intereses inmobiliarios. Erna quiere que forme parte del patrimonio histórico local, para que perdure aún cuando ella ya no sea su habitante. Ojalá lo logre. Ojalá dejemos de perder valores históricos. Ojalá aprendamos que la memoria también es un bien de cambio, y que protegerla es un trabajo colectivo. 

3 Comments on Casas Contadas – capítulo 22: Erna Enríquez, su papá y un vecindario lleno de anécdotas

  1. Buenos dias me interesa leer lo de casas contadas desde el numero 1 ya que recien lo agarre en el anterior a este, me las podrian reenviar ? gracias

  2. Que lindas historias, imagino, el rico pan casero , el olorcito cuando se cocina, y las ricas pastas caseras. Historias interesantes

  3. Norberto Rubén Martinez // 3 de octubre de 2021 en 15:06 // Responder

    Buen día, a mí también me interesaría leer estas historias desde la número uno, hace años me enamoré de San Martín y lo sigo continuamente por este medio, y cuando puedo voy, gracias

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