Casas Contadas – capítulo 24: Luis Confalonieri y una historia que comienza allá por el año 1897
Viajar en el tiempo es en realidad muy sencillo. Solo se necesita un poco de tiempo, una oreja y atención. Es así como llegamos a este nuevo episodio de historias sobre antiguas casas de San Martín de los Andes. Hoy, quienes nos hablan son Luis Confalonieri y su esposa Inés Guernica, desde su hogar, construido en 1948.

Avanzando por Capitán Drury, en dirección al arroyo Pocahullo, una cuadra antes de toparnos con el cause de agua, una esquina llena de plantas con flores, casi escondida tras arbustos y árboles llama la atención. De estilo californiano, como me explicarán más tarde, tiene una entrada adornada con bellas arcadas y piso de ajedrez. Cruzando la maciza puerta de madera, me recibe una estancia acogedora, llena de retratos, libros y recuerdos. Un hogar en el rincón, varios sillones, las sillas con flores talladas en el respaldo y un gran modular.

“Mi abuelo Simón Roca vino desde Líbano con mi abuela Rosa y sus hijos Felisa y Roque, en 1897. Cuando llegaron, se instalaron en Quilquihue. Vivieron 10 años ahí y decidieron volver. La cultura era muy distinta y mi abuela no se adaptaba”, comienza a narrar Luis, sentado en uno de los sillones frente a mí, por momentos abrazado con comodidad a un almohadón. En 1910, sin embargo, la familia decide volver a la patagonia, junto a los primos de Simón: Nahira Sapag y su marido Canan.

Pequeño Luis. Foto de Carlota Thumann 
Genfielfa e hijos.
“En Líbano había mucha persecusión política, muchos problemas. Por eso Nahira Sapag, que era prima hermana de mi abuelo, le pidió ayuda para venir. Volvieron todos juntos. Mis abuelos a Quilquihue y los Sapag a Cutral Co. Vos sabés que a Canan vivió hasta los 105 años”, dice Luis con una exclamación risueña, “se hacía llamar Seto, que significa abuelo y era un enamorado de las termas de Copahue. Primero iba a caballo, después en auto y cuando ya estaba muy mayor lo llevaban en helicóptero”.


Simón, Rosa, Roque y Felisa vivieron en Quilquihue hasta 1920, año en que nace Genfielfa, la mamá de Luis. En ese momento se mudan a su casa definitva, en el centro de Junín de los Andes. “La vida de toda la casa era la cocina. Como hacía tanto frío se calefaccionaba solo ese ambiente y hacían todo allí. De paso, como iban y venían de afuera, no se arrastraba el barro al resto de la casa. Para mi abuela ese era su país”, explica, agregando que esa casa fue derrumbada dos años atrás.
Artemio, el papá de Luis, llegó a la patagónia desde Chajarí, provincia de Entre Ríos, en 1939, junto a un escuadrón de Gendarmería. En Junín conoció a Genfielfa y se casaron en 1942. “En ese momento Junín era un páramo, no había nada. En 1946 nace mi hermana Teresa Elvira y en 1947 se mudan a San Martín. Primero le alquilaban a Yanko Bradack, mientras construían esta casa, que se terminó en 1950, cuando nací yo”, explica Luis, entre pausas de aire, recordando puntillosamente cada detalle y agregando que ese día había 46 centímetros de nieve afuera y que fue el doctor Koessler quien atendió a su mamá.

Mirando por la ventana del living en el que estamos conversando, Luis empieza a nombrar a algunos de sus vecinos de aquella época. Recuerda a la familia Barea, que tenía un aserradero y carpintería en la esquina, justo enfrente. “Éramos muy amigos. También tengo un hermoso recuerdo de Ana Van Dorsser. Nos inculcaba saberes sobre la tierra y su cultura, porque ella era chilena.Tenía muchas flores y cerezos”.
En la casa de los Confalonieri había una gran huerta que, según Luis, era una empresa familiar: “Teníamos choclo, zapallitos, rabanitos, muchos membrillos, perales, manzanos, pero sobre todo, teníamos mucha acelga. Lo que ocurría era que la acelga que llegaba al pueblo estaba siempre amarilla y marchita, entonces mi papá, que en ese momento trabajaba en gendarmería pero aún no tenía un puesto importante, le vendía las bolsas de acelga al Hotel Lácar y Turismo. Llegaba a las 3 de la tarde y se ponía a cosechar. Toda la familia estaba organizada para cuidar la huerta, regar y sacar el yuyo, cosa de que él llegara y tuviera todo listo”.


Además de la huerta, la familia tenía 60 gallinas con las que acopiaban huevos en cajones de madera, separados con papel de diario, en las zonas más frías de la casa. “Conseguíamos cada semana a buen precio dos lecheritos de aluminio, de 3 litros cada uno, en la cooperativa de Gendarmería. Luego, con toda la fruta cosechada hacíamos dulces y con todo eso pasábamos el invierno, que era muy aburrido”, relata Luis entre risas.
Sobre las temporadas heladas, el recuerdo se vuelve tierno y cómico: “Se jugaba mucho a las cartas y hasta los varones tejiamos. Mi hermana y Mirta Zanolio jugaban a las maestras en el lavadero. Me enseñaron a leer y escribir a los 4 años. Por eso a los 5, mientras papá dormía la siesta, yo agarraba las novelas de pistoleros que él leía cuando estaba de guardia. Una vez lo desperté a los gritos para preguntarle que quería decir la voz cantante, porque no me cerraba que se pusieran a cantar”, narra entre ahogos de risa, explicando el enojo con el que terminó la anécdota.



Inés Guernica vivía en el barrio Vallejos, lugar al que Luis iba con su bicicleta a jugar. Allí se conocieron de jovencitos, ambos coincidiendo en el secundario del CEPEM 13, y quedaron en contacto. Las vueltas de la vida hicieron que se volvieran a encontrar muchos años después y en 2010 finalmente se casaron. Hoy habitan juntos esta hermosa casa, que contiene tanta vida entre sus paredes.
“En esa época te mandaban a hacer muchas láminas y mapas en el colegio, que se dibujaban a mano con plumín y tinta china”, cuentan a dúo, “todos admirábamos los trabajos de Orlando Elorriaga, que hacía unos relieves en plastilina que eran obras topográficas y quedaban expuestas siempre en las vitrinas”. A esos recuerdos de adolescencia se suman Susana Shier y Janet Dickinson: “Con Susana andábamos siempre juntos. Ibamos al lago a bañarnos y mi papá nos acompañaba en bote, por seguridad. Janet era la persona más amable y bondadosa que conocí, nunca se hacía problema, era muy hábil para solucionar todo. Con Susana subíamos caminando a casa de Janet a tomar el té y nos quedabamos a pasar el día”.

Promediando el cierre de la charla, Luis recuerda a Merina Creide, quien fue su maestra a los 9 años: “A media mañana sacaba una pizza árabe de carne y se la comía en el aula. Nos daba un hambre porque sabíamos que era riquisima. Después nosotros jugábamos con los hijos de Tuco y Alfonso, en la casa de Sofía Creide, que al rato nos llamaba a todos a tomar la leche”.
A pocos metros de la casa de Luis vivian Juan Decembre y su mujer, Beba: “Ellos pusieron el primer jardín de infantes que hubo en San Martín, en su misma casa, que le compraron a Hilda Chandía. Beba hacía unos dibujitos a mano, que después proyectaba con un velador a modo de película, para entretenernos. A ese jardín fuimos con Antonio Zampieri, Eduardo Orazi, Cristina Marré y Andrea Decembre”, concluye Luis, agregando con enojo que esa casa ya no existe. Ahora, en su lugar, están haciendo un edificio.

Por suerte los recuerdos son mucho más difíciles de borrar que las construcciones. Por suerte aún queda gente con historias como esta, dispuestos a contarlas para compartirlas con la comunidad. Por suerte tenemos voz y memoria, para sostener una identidad en vías de dilusión, en pos de algo llamado modernidad.



Lindas historias. Que hermosas flores, y la huerta. En las escuelas, hay que incentivar , a enseñar armar huertas, como también, plantas autóctonas, y paisajismo natural. las flores son un mimo al alma. Felicitaciones por publicar las historias de personas que hicieron grande la patria
Hermos hisoria,todas familias conocidas,tengo los mejores recuerdos de aquella época.Un abrazo a mis amigos de S .Martin.
Excelente relato sigan von esto qcnos trae LINDOS RECUERDOS a pesar de que nosotros vivimos años despues
Gracias por publicar estas lindas historias de mi pueblo querido. Me hace volver en un tiempo muy feliz!
Que bueno Luisito!! que cuentes la historia de tu familia y tu casa!!!! Me encantó ver tu foto con Ines !!
Muchísimas gracias Emely por tus elogios, recién veo tu comentario . . . más vale tarde que nunca !! Recibe nuestros cariños.
En una ciudad en pleno crecimiento, donde las construcciones abundan y las antiguas casa desaparecen, el tener un recuerdo tan vívido de nuestra historia es invaluable. Felicito al equipo que trae estos recuerdos y por qué no, información para los que no hemos vivido esos años porque es muy importante conocer los orígenes de este hermoso pueblo, de sus habitantes, de sus costumbres. Agradezco a Natalia por acercarnos con tan fieles palabras estas historias. Gracias muchachos, sigan así.