Casas Contadas – Capítulo 25 – Juana Alarcón y la cuestión de saludar a los vecinos
En este nuevo episodio de historias que se cuentan a través de casas antiguas de nuestra ciudad, llegamos a “Mi Ranchito”, el hogar de Juana Alarcón, viuda de Moreno. Ubicada en la calle Rivadavia al 300, la puerta se abre al instante y un olorcito a comida casera enmarca la charla, que se dará en un tono absolutamente familiar.
Nacida en Chile, más precisamente en Temuco, Juana llegó a San Martín de los Andes a los 19 años, en 1953, pocos meses después de casarse con don Leoncio Moreno, a quien todos llamaban cariñosamente “Morenito”. “Allá había poco trabajo. Mi marido se vino un año antes a San Martín, donde ya tenía amigos, para trabajar y juntar plata para casarnos. A los 9 meses me fue a buscar y nos vinimos”, empieza a contarme Juana, mientras la veo moverse por su cocina, preparando empanadas.

Primero vivieron en una habitación del hotel que cuidaba Federico Graeff, cerca del lago, que se había incendiado pero tenía una parte de su estructura intacta. “Nos quedamos un tiempo ahí, de prestado, y después un amigo de mi marido, que había comprado el terreno de acá al lado, le ofreció comprar este, con muchas facilidades. Eso fue en 1958. Ahí empezamos a construir esta casita. Se llama Mi Ranchito por cariño, porque es mi hogar y lo quiero mucho”.

La casa fue construida por Osvaldo Espinoza. Al principio constaba de una única habitación, con una letrina al fondo del patio. Luego se levantó la cocina. En el jardín, Juana tenía un gallinero enorme, criaba pollos y cuidaba su huerta, en la que crecía la verdura de consumo diario. “En ese entonces, la única casita que había cerca era la despensita de la esquina. Todas las calles eran de ripio y en el centro había filas de álamos y acequias”, narra Juanita, como me pide que la llame, mientras controla el horno en el que ya se están dorando las empanadas.

Leoncio Moreno se dedicaba a bobinar motores de aserraderos, se encargaba del mantenimiento eléctrico del Banco Nación y también armaba e instalaba turbinas hidráulicas en los campos, para dar luz y agua. Juanita dice que en Chile, a personas como él les dicen “maestros chasquilla”, es decir, que saben hacer de todo.
“Yo tenía la idea de hacer más piezas en casa, para alquilar. Una vez, los Reiner, que eran vecinos y amigos, y que tenían cabañas turísticas en la esquina, nos invitaron a tomar el té. Le conté a la señora mi idea y me dijo que lo hiciera, que nos iban a ayudar y nos mandarían clientes. Entonces aprovechamos a cerrar y construir en el lugar donde estaba la leñera y el gallinero. A medida que íbamos juntando plata, íbamos dividiendo y construyendo”, cuenta Juana, que ahora ya está sentada y tranquila, con las empanadas enfriándose arriba del horno.

“Tenía miedo al principio, porque no teníamos mucho para ofrecer, pero resultó que los primeros clientes fueron gente tan buena, tan hermosa, que nos encantó. Eran una familia de Córdoba, cuya hija se había recibido y de regalo la habían traído al pueblo a conocer”. Esto fue en 1968, cuando Mi Ranchito empezó a funcionar como alojamiento turístico. Juana se levanta y va a buscar un cuaderno. Es el libro de actas, en el registró las visitas desde el primer día y hasta 1999, año en que dejó de tomar nota porque “ya eran todos amigos”.


“Fue tan hermoso atender a los turistas. Con el tiempo fui tomando confianza y empezaron a venir personas de muchos países. Todavía a veces recibo gente, cuando el pueblo se llena, pero ya no estoy para eso. Hay que atenderlos con amor y lleva mucho trabajo. Acá comían con nosotros, conversábamos en el desayuno o la merienda. Mi vecina, la señora Elsa, tenía un comedorcito en el que mis huéspedes iban a comer. Hacíamos un equipo. Cuando falleció mi marido ya no quise seguir”, dice Juana, con su voz fuerte y segura. Habla mucho, tiene ganas de contar.

“Los inviernos antes eran muy duros. Acá no teníamos servicios. Juntabamos la nieve en baldes para derretir, la luz la daban velas o faroles de kerosene, y teníamos una estufa a leña, que a media noche se apagaba y entonces quedaba todo helado. La gente también era distinta, más sencilla. Se adaptaban a todo. Era un pueblo que queríamos mucho, a nuestro pedazo de tierra y a nuestros amigos. Ahora camino por la calle y ya no sé a quién saludo”, cuenta Juanita, y agrega que a veces cuando está en la vereda y pasan chicos, les da los buenos días con firmeza, explicando que tal vez no lo sepan, pero en San Martín de los Andes los vecinos acostumbran saludar.
Hacia el final de la charla, Juana Alcaráz cuenta que una vez, su casa fue filmada para una película que se estrenó en el cine del pueblo. “A los pocos años de fallecer mi marido, vino Rolo Fernandez, que era su amigo, a pedirme permiso para filmar afuera y adentro. Justo cuando se estrenó no pude ir por una gripe terrible, pero me contaron que estuvo lindo”.

Al momento de despedirnos, Juana me pide que vuelva cuando quiera, que pase y la salude, que le muestre lo que escribí. También me dice que tiene muchas ganas de ir a Chile a visitar a su familia, pero no sabe cuándo se abrirán las fronteras. “A los viejos nos están matando de soledad, nos sentimos enjaulados, necesitamos poder visitar a nuestros familiares, o que vengan, aunque sea por última vez”. A la premisa de seguir construyendo memoria colectiva, reuniendo y resguardando todas estas historias, le sumamos la de saludar siempre a nuestros vecinos, acercarnos a charlar, compartir un ratito de vereda. Así quizás nadie se sienta solo.




Amo las historias de las casitas de San Martin ,pero esta nota en especial me encanto !!! por que conozco a Juanita y es muy Bella!!!
Hermosa historia, muy tierna. Muy lindo el ranchito, se ve que fue construido con amor