Casas Contadas- capítulo 29: Santiago Bello nos regala recuerdos sobre sus abuelos y la infancia en el campo

En esta nueva entrega nos trasladamos hasta el callejón de Bello sur y la ruta 40, donde la familia Bello conserva parte de la primera casa familiar, vestigios de la segunda y la histórica residencia de Otilia Prieto y Santiago Bello, que data de 1940. Desde allí su nieto nos cuenta la historia familiar, que acompañó la fundación y evolución del pueblo.

Foto: Federico Soto

Ismael Roque Bello, originario de Italia, llegó a San Martín como parte de una expedición militar al sur. Aquí se estableció a finales del 1800, participando de la fundación del pueblo: “Mi bisabuelo era muy conocido, recibía a mucha gente siempre. Su primera casa aún se conserva a modo de galpón”, cuenta Santiago, mientras estamos sentados en una pequeña sala de estar, rodeados de madera, fotografías y recuerdos, en la casa de su abuela, de la que hablaremos más adelante.

La familia se dedicó a la actividad ganadera en un terreno que se extendía desde el arroyo Pocahullo hasta Los Riscos. En 1922 comenzó la construcción de la emblemática casa Bello:”Acá Ismael conoció a Rosa y se casó. Tuvieron 8 hijos, todos criados en esa casa”, cuenta Santiago sobre sus bisabuelos. Lamentablemente esa casa, que funcionó hasta hace poco tiempo como restaurante, sufrió un incendio que terminó por destruirla.

Segunda casa familiar.

Con el paso de los años, Ismael fue cediendo partes del terreno a sus hijos. Fue así que uno de ellos, Santiago, comenzó a reformar un galpón para transformarlo en la tercera casa de esta rama de la familia, hacia 1940. Por esos años conoció a Otilia Prieto, que era moza en el Hotel Lácar. Con ella se casó y formó su familia. En 1960 nació María Susana, la mamá de nuestro narrador. “Esta casa evolucionó junto con la familia. Se usaba agua de una vertiente de montaña y calefacción a leña. No había infraestructura en ese momento para llevar los servicios  desde la ruta. La familia tenía tierras que se podían utilizar para la ganadería, criaban ovejas. Mi abuelo se dedicó a eso hasta los noventa, cuando el crecimiento del pueblo y el aumento de viviendas empezó a perjudicar a la actividad”.

A partir de la década de los 90, el boom inmobiliario cambió la dinámica del pueblo. Las tierras eran baratas y se edificaban cada vez más viviendas. Al quedar rodeados de casco urbano, la actividad ganadera se volvió peligrosa. “Por un lado estaba la cuestión de tener la ruta atravesando el terreno. Para cruzar a los animales había que cortar el tránsito con el peligro de posibles accidentes viales.  Por otro lado se padecían robos de animales y problemas con los perros que los mataban”, explica Santiago, que decidió estudiar agrimensura a raíz de estas experiencias.

Foto: Federico Soto

Hacia 1998 su abuelo decidió vender todo e invertir en la construcción de tres cabañas para procurarse ingresos a través de esta actividad, más acorde a la nueva realidad de San Martín de los Andes. “Quedaron algunos caballos que tuvimos de mascotas. Mi abuela tenía vacas y se dedicaba al ordeñe para vender la leche. También tenía un gallinero enorme del cual vendía huevos caseros. Había una huerta gigante, del otro lado de la ruta, con la cual se procuraban alimento. Sin embargo su mayor orgullo fue siempre su jardín”, señala este nieto mientras estamos sentados junto a Otilia, de 86 años, a quien consulta sobre algunos datos puntuales.

Foto: Federico Soto

En esta casa, que fue la primera del barrio, del lado del callejón de Bello sur, hay trabajos en madera y piedra realizados por el abuelo Santiago, que además de dedicarse al campo era Herrero. Hacia 2005 se terminó de construir en material, antes pura madera, quedando como está actualmente.

“La abuela Otilia se dedicaba a mantener la casa, llevar los impuestos y luego trabajaba en su jardín. Cosechaba grosellas y guindas que vendía a Mamusia. A este jardín venía seguido el pintor Georg Miciu. La abuela era amiga de la abuela de Isaias Miciu y por eso tenían contacto. Él venía con su atril, sus pinceles y su sombrilla, en verano, cuando el jardín explotaba de flores, y pintaba durante largo tiempo. Este cuadro es de esos momentos”, indica señalando un retrato que está colgado en una de las paredes y fue también tapa de revista.

Cuando ya no quedaron animales, el campo se alquilaba para talaje. Otilia, que desde 2005, tras enviudar, se quedó sola al cuidado de la propiedad, iba con su bastón y su sombrero a controlar a los animales. Además de toda esta actividad, Santiago recuerda el establo en donde se esquilaban las ovejas y se armaban fardos de lana con tela de arpillera. Ese espacio es hoy el Teatro Piccolo. “Estaban también los campos de alfalfa, para enfardar y poder alimentar a los animales en invierno”.

Foto: Federico Soto.

“Yo me crié en esta casa. Todos mis amigos del barrio venían a jugar acá. Armabamos casas en los árboles, en la montaña. No había alambrados, podíamos ir a caballo a todos lados. Era pura libertad y naturaleza. Cuando nevaba armabamos pistas de trineo y en verano pescabamos en el río”, relata Santiago, y agrega el recuerdo de Claudio, chofer de la combi que los llevaba a la escuela 5. “Hacíamos travesuras en el jardín de la abuela. Poníamos alambres para tirarnos como roldanas y hacíamos rapel en los piedrales frente a La Anónima. Los campamentos en el jardín eran memorables. La abuela nos contaba historias de terror”.

Foto: Federico Soto

Son tantos y tan hermosos los recuerdos de este joven sanmartinense sobre su familia en estas tierras que volcarlos a este artículo ha sido una tarea por demás disfrutable. Espero, estimados lectores, que les resulte a ustedes igualmente disfrutable su lectura. Las historias siguen, mientras haya voces como esta, interesadas en dejar constancia y compartir con la comunidad una parte de su vida. Será hasta la próxima.

1 Comment on Casas Contadas- capítulo 29: Santiago Bello nos regala recuerdos sobre sus abuelos y la infancia en el campo

  1. Que lindas historias, linda la casita colorada.

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