Casas Contadas – capítulo 30: los hermanos Troncoso y la vida transcurrida en la casa de mamá Maruca

Veintinueve historias ya han pasado, llenas de hermosos recuerdos que fueron tejiendo redes entre familias, barrios y décadas. En esta nueva entrega, la número treinta, dos hermanos relatan la vida de María del Carmen Chandía, más conocida como Maruca. Las vivencias en su casa de Calderón 1069, las visitas, los frutales y anécdotas que recorren casi cien años de vida. Hoy, María Raquel y Juan Mauricio son las voces de esta nueva casa contada.

FOTO: Federico Soto

Estamos en un salón recibidor color verde agua, rodeados de plantas, sentados frente a frente, los hermanos Troncoso, sus cajas llenas de fotos, y yo. Afuera, una resolana rebelde intenta pasar a través de nubes gordas y oscuras, pero la casa, con su fachada de troncos brillantes, el buzón con forma de casita y el cartel que reza “Lo de Maruca”, ilumina la cuadra resguardando el estilo clásico de pueblo que a veces parece perderse entre la nueva arquitectura. 

María Raquel lidera la conversación con su memoria infalible para fechas y nombres. “Juan de Dios Chandía, nuestro abuelo, venía de una familia chilena de criadores trashumantes, que cruzaban a Neuquén durante las veranadas. Su mamá estaba embarazada en uno de esos cruces y él nació acá, aunque se crió en Chile toda su infancia hasta que decidió irse a trabajar de mayordomo a una estancia en Queque Treu”, empieza a relatar.

Juan de Dios enviudó tras el parto de su último hijo, por lo que María del Carmen y sus dos hermanos se criaron con una tía. “En épocas de estudio iban a caballo, con mulas, hasta el colegio de monjas en Junín, donde estudiaban de pupilos todo el año. No faltaban nunca, aunque tuvieran que viajar con nieve. Después, para las fiestas volvían a la estancia”, explica Raquel. Cuando María del Carmen finalizó la escuela primaria, su padre decidió mandarla junto a su hermana Adela a estudiar a Temuco. Allá tenían familia, tía y primos. 

“Tenía 14 o 15 años. Se quedaba en una pensión con la tía Adela. A veces nos contaba que empeñaban cosas para tener plata para moverse y salir. Después cuando el abuelo les mandaba dinero, recuperaban lo empeñado. Siempre fue una persona muy independiente y valiente”, dicen los hermanos Troncoso. Terminada la escuela secundaria, María del Carmen vuelve a la estancia, en donde empezará un nuevo capítulo en la aventura de su vida.

“El abuelo Juan tenía amigos de Buenos Aires que iban a veranear a la estancia. En uno de esos viajes le proponen llevar a mamá a la capital, para que estudiara mecanografía y taquigrafía en la Academia Pittman”, dice Raquel, que recuerda jugar de chica con unos cuadernos llenos de símbolos que quedaron de esa época. A los 30 años, María del Carmen regresó a la estancia. Sus hermanos habían seguido cada uno su camino y ella se quedó acompañando a su padre. Fue entonces cuando conoció a don Mauricio Troncoso, un joven que trabajaba de puestero en la estancia.

Una de las cosas que separan a María del Carmen de las costumbres tradicionales de la época, además de haberse ido a estudiar, es haber tenido a sus tres hijos a una edad que se consideraba avanzada. Su primera hija, Raquel, llegó a sus 33 años; Gustavo vino a los 42 años y Juan Mauricio a los 45 años. “Yo nací acá en San Martín, con la asistencia del Dr. Koessler, en 1957. Mi mamá vino a tenerme acá y se volvió a la estancia”, explica Raquel. 

En 1963, la familia se radica finalmente en nuestra ciudad, luego de que Juan de Dios comprara la casita de Calderón 1069 al carpintero Juan Castillo. “Él era dueño de varios terrenos y vivía en una casita amarilla en la esquina, donde ahora hay departamentos y locales. La decisión se tomó porque yo ya tenía 6 años y debía empezar la escuela”, dice Raquel. El terreno contaba con 3 cabañas, dos de las cuales se aprovechaban para alquilar.

“Papá era Recorredor de Calles”, me explica Juan Mauricio sobre el oficio que tomó don Troncoso en el pueblo. “Recorría las calles a caballo buscando animales sueltos para traerlos a un corralón municipal que había en donde ahora está la escuela 179. De allí los dueños podían buscarlos, abonando una multa”. Mientras su marido salía a trabajar y quizás demoraba unos meses en volver, María del Carmen se dedicaba a alquilar dos habitaciones de la casa principal y las dos cabañitas del fondo. 

Foto: Federico Soto.

“Las familias se mimetizaban unas con otras, había mucha convivencia. Nosotros crecimos en ese entorno”, dicen los hermanos Juan y Raquel. “No sé cómo hacíamos para arreglarnos todos con un solo baño. A veces éramos 15 o 17 personas”, agrega y concluye ella, con un aire de sorpresa. Para la época de las fiestas de fin de año, toda la familia se reunía en la casa de Maruca. Raquel, que durante un tiempo vivió en Zapala, volvía todos los veranos a quedarse por más de un mes: “Yo siempre dije que vivía 11 meses afuera y volvía un mes a casa”. 

La idea de un matriarcado familiar lleno de flores y dulces de frutas caseros atraviesa toda la conversación. “La debilidad de mamá era su jardín y su huerta. Venían siempre don Salazar, con su papá, y don Curruhuinca a ayudarla con el trabajo. Tenía frambuesas, corintos, ciruelas, manzanos, guindas y cereza negra.  Ella hacía frascos de dulce, que guardaba en el galpón, para tener y regalar a las visitas”, cuenta Juan Mauricio. El galpón también guardaba cajones de harina, la fiambrera y la leñera. “En invierno pasaba el catango con los troncos de leña para vender y teníamos que cortarla a serrucho. Cada vez que había que ir a buscarla era un tema”, dicen ambos a dúo, entre risas.

Foto: Federico Soto.

La cocina con serpentina calentaba el agua para todos y Maruca mantenía siempre una olla grande con agua tibia para bañar a los más chiquitos con un jarrito: “si vieras como venían sucios de la calle”, agrega Raquel y se ríe mirando a su hermano menor. “Nos criamos todos juntos, con Salazar y Curruhuinca, subiendo a la piedrera, a las montañas. En invierno hacíamos competencias de trineo por las laderas”. 

Hasta entrada la década de 1980, “Lo de Maruca” mantuvo su puerta de entrada sin llave. A través de un caminito de ladrillo flanqueado por flores se accede a la casa principal, que actualmente está en obra, con mantenimientos necesarios ante el paso del tiempo. “Aún después de que nosotros nos fuimos yendo, tomando nuestros caminos, mamá siguió recibiendo gente. Venían amigos que se quedaban un mes o más. Era una casa de puertas abiertas”, dicen Juan y Raquel. 

“Lo que más me acuerdo cuando pienso en esta casa es el olor de la leña en la cocina, el aroma del pan casero y de las tortillas que hacía mamá. Cuando éramos chicos, nos despertaba para ir al colegio y nos preparaba un plato de sémola con leche y un plato de avena con un huevo. Todo eso teníamos que comer antes de irnos. Los tres fuimos a la escuela 5 y no faltamos jamás, aunque nevara y tuviéramos la nieve hasta las rodillas”, cuenta Juan, con un brillito de emoción en los ojos.

María del Carmen parece haber sido una señora muy valiente, independiente e ingeniosa. “Tenía una muy buena memoria también. Hacía los árboles genealógicos y te contaba muchas historias”. Su cumpleaños número 90 fue toda una fiesta que convocó a muchos vecinos y amigos. La casa mantiene esa energía, la del encuentro permanente, la familia y el movimiento continuo. Cuidada ahora por sus hijos, Lo de Maruca embellece la cuadra y sostiene vigente un estilo que representa a toda una comunidad.

1 Comment on Casas Contadas – capítulo 30: los hermanos Troncoso y la vida transcurrida en la casa de mamá Maruca

  1. Que linda historia!, que gente trabajadora, son los que construyen el país. Un ejemplo

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