Casas contadas – capítulo 31: Arturo Pravato o las muchas hazañas de un constructor
En esta nueva entrega de nuestro clásico de los sábados vamos a conocer la historia de don Arturo Pravato, de cuyas manos proceden un montón de edificaciones antiguas de nuestra localidad, marcando tendencia en la construcción con material y piedra. El relato nos llega gracias a dos de sus hijos: Nelly y René. Su propia casa, ubicada en la calle Elordi 545, fue una de las últimas que construyó.

Arturo Pravato nació un 6 de septiembre de 1903, en la ciudad de Belluno, en Italia. En 1927 arribó a Argentina, llegando primero a Bariloche. Estando allí fue contactado por el doctor Koessler, para solicitarle la construcción del edificio del antiguo Banco Nación. Fue así que en 1929 llegó a San Martín, acompañado de Juan Krosel, picapedrero. “Hay muchas casas antiguas que fueron construidas por mi papá. Antes todas se construían con madera, al estilo chileno. Él empezó a construir con material y piedra, cambiando el estilo arquitectónico del lugar”, dice Nelly, la hija menor.



En 1931 Arturo se casó con María Esperanza y tuvieron 5 hijos: las mellizas María Mafalda y María Margarita, Arturo Victorio, René y Nélida. Todos los nacimientos fueron atendidos por el doctor Koessler, quien ya se había hecho amigo de Arturo. Parte de la histórica casa del doctor fue construida por Pravato, al igual que la casa de piedra, encargada por el propio O’Grady, en la cuesta que lleva su nombre. Otras construcciones que podemos mencionar son las de la casa de Ernesto Gingins, en la calle Drury; la casa de Chidiak en la esquina de Roca y Elordi; y el edificio que ocupa ahora la cooperativa telefónica, en la esquina de Mascardi y Roca.
“En la Estancia Gente Grande también construyó el casco, la casa del casero y los galpones de esquila. Hay un cartel aún, que indica el año de construcción y la firma”, cuenta Nelly, mientras saca carpetas y me muestra viejos recibos y papeles en los que Arturo anotaba todos los pedidos. Hay cuadernos de contabilidad y recibos que datan de 1958 y 1959.


En 1939, Arturo compra la mitad del terreno que pertenecía a Antonio Hetzel, en la calle Elordi hacia Perito Moreno. Allí construirían una casita de madera, con tirantes de molino, que usarían para quedarse en el pueblo a trabajar mientras la familia vivía en Vega Maipú. En aquellos tiempos los caminos no eran fáciles de transitar, sobre todo en invierno. Hoy en día esa casita es un Hostel.
“En 1942 Parques Nacionales le otorga a papá la concesión del terreno de esta casa, que llegaba hasta Rudecindo Roca. En diciembre de ese mismo año empiezan a construir los cimientos. Mientras tanto, nos fuimos a vivir a Vega Maipú, a la casa de Sigrand, en cuyo terreno había un molino. Él le encargó a papá desarmarlo para construir una casa nueva y con esa madera se hizo la casita de acá al lado y el galpón de trabajo”, explican juntos Nelly y René, que se suma vía telefónica al relato familiar.

Junto a la casita de madera y el galpón estaba la fábrica de mosaicos, en donde hacían las baldosas para los pisos; una carpintería, en donde armaban las mesadas y los muebles bajo mesada; un aserradero y un lugar de guarda para los rollizos. Había máquinas cepilladoras y hornos para secar madera. “Las casas que construían se entregan con pisos de mosaico, mesadas y bajo mesadas. Las paredes eran muy anchas, por lo que no se necesitaban columnas, y las ventanas eran chicas, para que no entrara ni frío ni calor. La chimenea y la cocina se comunicaban en una misma salida para que calentaran toda la casa. Su marca era la arcada de la entrada y los arcos de medio punto”, cuenta René.
Después de vivir en la Vega se mudaron un tiempo cerca de la costa del lago. Mientras tanto la casa de Elordi ya estaba construida y en ella vivía Salvador Chidiak, a quien también le estaban construyendo su casa. Finalmente, casi diez años después de haber empezado a construir, la familia arribó a su morada final. “La casa de los padres de Arturo, en Belluno, tenía un estilo igual al de esta casa. La geografía del lugar era muy similar. Él reprodujo ese estilo también cuando construyó el Hotel Turismo”, explican, mientras me muestran una postal del pueblo Italiano con un texto manuscrito en el reverso.

“Acá también teníamos huerta. Se cultivaba mucha fruta, una costumbre que traían de Europa por la guerra. Había habas, arvejas, pepinos. Me acuerdo de papá enseñándome a cosecharlos, poniendo ramitas por debajo para que no se echen a perder. Mamá era muy habilidosa y trabajadora. Bordaba muchísimo y hacía tejidos con hilo y crochet. Además era buena cocinera, hacía tortas y unas islas flotantes riquísimas”, dice Nelly, mientras me lleva a visitar un comedor lleno de plantas y carpetitas tejidas con hermosas figuras de flores y escorpiones.
“La cocina familiar servía para calentarnos y secarnos de la lluvia o la nieve. Mamá recibía en casa revistas y tarros enormes de café que encargaba a Harrods en Buenos Aires y llegaban en tren a Zapala. Dentro de esas latas venían sorpresas, como tacitas con dibujos. Además tenía siempre unos tulipanes preciosos, porque se encargaba de levantar los bulbos y guardarlos”, recuerda René, al otro lado del teléfono, mientras su hermana va completando algunos detalles de la historia.


En 1962 falleció Arturo Pravato. Su hermana María Margarita continúa sosteniendo la fábrica por algunos años pero decide cerrarla en 1968, ante el aumento de precios y problemáticas. Sin embargo, a partir de 1963 o 1964, la antigua casa de Elordi se transformó en la Residencial Rayén: “Teníamos 6 habitaciones y dos baños, con un cuarto de planchado y una despensa. Para poder seguir sosteniendo los gastos, mi mamá abrió el hospedaje, en parte también por sugerencia de Tuco Creide, que en ese momento era intendente. En 1967 se oficializó, llevando un libro de actas, y continuó hasta 1992 o 1993”, cuenta Nelly. Tienen, claro, el famoso libro, junto con folletos de turismo y de fiestas locales de la época.
“Mamá se levantaba muy temprano para prender la cocina y que se calentara el agua para que se pudieran bañar. Hacía el pan y los dulces caseros para los desayunos”, suma René. “Yo estuve muchos años afuera estudiando y todo esto me lo contaron. Después de enviudar mamá mantuvo la casa y mis estudios con el hospedaje y vendiendo tortas”, agrega Nelly. Hablamos, sin duda, de tiempos difíciles, de trabajo arduo, en los que sin embargo fluye una simplicidad que hoy en día se ha perdido, en donde la camaradería y la ayuda entre vecinos hacía más llevadero el día a día.

Llegando al final de la charla, René explica una anécdota curiosa, ante la pregunta de su hija por una foto en la que se lo ve de pequeño, posando junto a su padre. “Eso fue en el acto de colocación de la piedra fundamental, con los nombres de todas las autoridades, en la plaza San Martín. Debajo habían enterrado una caja con objetos, papeles y cartas. Tiempo después la plaza se rediseñó y nunca más pudieron encontrarla”.
Podríamos haber charlado varias horas más, alejándonos poco a poco del tema puntual de la casa, que se encuentra registrada como patrimonio histórico, para recorrer muchas otras anécdotas de antaño. Sin embargo, haremos un alto aquí por hoy, dejando la puerta abierta para retomar en alguna otra ocasión. Historias nunca faltan y ganas siempre sobrarán.




Que linda historia y como siempre, gente trabajadora, y mujer luchadora
Hola!
Me gustaria saber si van a sacar un libro o similar con las historias de «casas contadas «,
Gracias por su respuesta