Casas Contadas – Capítulo 34: una construcción hecha a base de recortes que se transformó en hogar familiar

En este nuevo capítulo, edición navidad, vamos a conocer la historia de una casita ubicada en Rudecindo Roca al 600, construida originalmente a partir de recortes de madera que sobraban de un aserradero y que ahora pertenece a la familia Sarceda. Carlos, guardaparque retirado de Parques Nacionales, nos abre las puertas y nos guía por un relato que comienza en la década de 1950 e incluye los recuerdos de su primera moradora, Cecilia Vidal.

Apenas se cruza la puerta vidriada que da a la calle, el recibidor nos ofrece un bello árbol navideño con adornos muy antiguos. La madera predomina en las paredes, la escalera y los techos. Aunque restaurada y ampliada, la construcción conserva muchas características originales que la hacen especial. 

Foto: Cortesía.

“En la década de 1950 se realizó la construcción original, perteneciente al Aserradero SOLSUR, en el cual trabajaba el matrimonio Vidal. Con los recortes de madera la fueron armando, como casa para que pasaran la noche los camioneros que llegaban a dejar pedidos y el personal”, empieza a contar Carlos mientras estamos sentados en un living con techo y paredes revestidas con listones de madera. 

“Mis padres, Julio Vidal e Irma Herrera, se casaron en 1964. Vivieron unos meses en la casa de Amandina Vidal y Sturzenegger, mientras se acondicionaba esta vivienda. Papá era gerente en SOLSUR y mamá, secretaria. Mi hermano y yo nacimos en esta casa, ambos atendidos por Trudy Alder, que era partera junto al doctor Koessler. El de mi hermano fue uno de los últimos que atendió el doctor. Mi mamá lo conocía de haberlo asistido mientras estudiaba instrumentación”, relata Cecilia Vidal que se suma emocionada a la conversación.

Foto: Federico Soto

“Vivimos en esta casa un tiempo y nos mudamos cuando yo tenía 4 años, en 1971, a la casa que hicieron mis padres. Después seguí viniendo a jugar con los hijos de quienes fueron alquilando este lugar, hasta los 12 o 13 años, por lo que fui viendo todas las modificaciones que se fueron haciendo. Me acuerdo de treparme jugando a un estante que había acá en el comedor, cuando era muy chiquita. La cocina estaba adelante, en la entrada, y el hall vidriado de ingreso no existía”, dice Cecilia.

Otro lindo recuerdo de Vidal es el número telefónico 301, que la casa ya tenía en aquellas épocas, gracias a la cooperativa telefónica. “El piso original era alisado y rojo. El cerquito era de madera y en los alrededores se armaban los castillos de madera para que se seque, porque el aserradero estaba enfrente. Todos los chicos de la cuadra jugabamos ahí. Desde 1971 a 1976 la casa estuvo cerrada y un tiempo alquilada al banco provincia”.

Foto: Cortesía

Tiempo después, con la llegada de la empresa Sol Jet, la casa pasó a manos del encargado de manejo operativo funcional del cerro, Nantlais Evans. “Él agregó dos dormitorios y un baño. Yo la compré en 1986 y sacamos la cantonera exterior porque filtraba aire, reemplazandola por ladrillo. Más tarde se hizo otro baño, un quincho y se agrandó la cocina. En el piso de arriba hay un altillo que transformamos en oficina y un taller donde mi mujer pinta”, explica Carlos. 

Desde 1969, año en el cual tomó servicio en el Parque Nacional Lanín, Carlos y su familia emprendieron un largo recorrido, lleno de viajes y mudanzas. Junto a Rosa y sus dos hijos, Gabriel y Rafaél, se desempeñó como guardaparques en Huechulafquen y Los Alerces, prestando servicios como intendente en los parques El Palmar y Los Glaciares. Trabajó en supervisión regional de NOA, estuvo en Iguazú y en 1983 asumió como intendente del Parque Nacional Lanín. 

Foto: Federico Soto

Luego, en 1987 pasó a la Dirección de Guardaparques en Bariloche, desde donde se trasladó de vuelta a Iguazú como intendente y más tarde terminó en Tierra del Fuego. Durante todos sus viajes la casa permaneció alquilada y fue en 2001, tras retirarse, que finalmente pudieron asentarse en ella.

“Parques es atrapante. Es el día de hoy que sigo leyendo cosas alusivas al trabajo. Son lazos que no se cortan. Allí encontré mi lugar en la vida, me satisfizo completamente”, me cuenta. Aunque la administración pública haya resultado desafiante, y el clima y la fauna presenten sus complejidades, Carlos expresa que en todos sus destinos conoció gente y formó lazos que lo contuvieron. “Me formé gracias a los viejos guardaparques. Me acuerdo de Soto, Guerra, Pascual Sifuentes, Matheiu, Saez y muchos otros. Tengo tantos y tan buenos recuerdos de todos”.

Foto: Federico Soto

Las diferentes circunstancias que debían atravesar los unía como equipo. “Comprábamos en el almacén de Renato Raggusi al fiado y en cantidad en verano porque en invierno muchas veces no se podía bajar a aprovisionarse. Solo los baqueanos sabían qué podía pasar con el clima, en esa época no había tecnología. La ropa provista era mayormente de loneta, muy pesada cuando se mojaba”. 

A pesar de los desafíos, en su mirada y su voz se aprecian tanto amor como alegría. Rosa cumplió un papel fundamental en la carrera de Carlos: “Ella nació en Esquel, en una familia de empleados de parques. Nos casamos en la capilla de Futalaufquen. Aprendí muchas cosas de ella, me guió mucho. Su ayuda con la casa y la familia fue fundamental”.

La casa que ahora nos ocupa está ubicada en una esquina casi sin ochava. En el living se aprecia una estufa histórica, que funcionaba a leña, ahora transformada a gas, de cuyo modelo hubo pocas en el pueblo: “Venía el señor a construirla en el lugar, con ladrillos refractarios y un sistema de serpentinas, que calentaba toda la casa. Trudy Alder tenía una, otra en SOLSUR, otra tenía Taylor y otra Donadio”, acuerdan Cecilia y Carlos. Los pisos de raulí fueron reemplazados con el tiempo por baldosas, igual que algunas alfombras.

“Alrededor, en el barrio, van cayendo todas las casas”, dice Carlos hacia el final de la charla, haciendo referencia a viviendas en cuyo lugar ahora hay edificios. “La casa de Sturzenegger ya no está, igual que la de un señor a quien llamaban Farolito. En la esquina sigue estando la de Roth y la casa de Beatriz Testa”. En la manzana de enfrente, el terreno de Vialidad Nacional atestigua los cambios.

Recordar es un buen ejercicio para revisar lo ganado y lo perdido. Esta es otra de las casas que se resguardan del paso del tiempo, con cariño y respeto a su memoria. La historia de una casa es también la historia de una familia sanmartinense, de vecinos y vecinas que tuvieron un rol y forman parte del pueblo. 

2 Comments on Casas Contadas – Capítulo 34: una construcción hecha a base de recortes que se transformó en hogar familiar

  1. Interesante historia

  2. Hector Sanguinetti // 2 de enero de 2022 en 10:36 // Responder

    La estufa es hemosa, en la Hostería Paimún hay todavía 3 que funcionan a leña.

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