Los recuerdos de Américo Astete: “Nunca quise vivir en otro lugar que no sea San Martín de los Andes”
Durante la madrugada de hoy, 23 de agosto, se conoció la triste noticia del fallecimiento, a sus 98 años, de Américo Astete, conocido y querido vecino de San Martín de los Andes, miembro y parte importante de la memoria colectiva local. Con motivo de celebrarse el 123° aniversario de nuestra ciudad, en febrero del 2021, RSM conversó con él para saber qué recuerdos guardaba del lugar en donde nació y vivió la mayor parte de su vida. Aqui se reproduce lo charlado, en memoria de Américo y para recuerdo de toda la comunidad.

El teléfono suena varias veces y pasa de mano en mano hasta que de pronto una voz amable y pausada saluda dando los buenos días. Don Américo está en su casa y desde allí me cuenta una historia, haciendo collage con recuerdos fugaces pero nítidos, importantes para la construcción de su persona. Aunque no lo puedo ver, lo imagino de pie junto a la mesita del teléfono, o sentado en un sillón, conversando, mientras una nubecita de nombres, rostros y anécdotas se arremolina sobre su cabeza.
Nacido un 2 de septiembre de 1923, Astete lleva 97 años siendo parte de esta comunidad. Asistió a la Escuela 5 hasta cuarto grado, de donde recuerda no solo juegos, sino también maestras: “Me acuerdo de Doña Mari y Cristina Jiménez. Íbamos con mucho gusto al colegio, nos preparábamos bien y compartíamos tiempo en el recreo, haciendo lindos juegos, como el trompo y las bolitas. Había mucha cordialidad entre los maestros y los alumnos. El edificio de la escuela estaba frente a la municipalidad, era viejo, cortado en varias partes, pero se mantenía muy bien, se lo cuidaba mucho. Teníamos una hora a la semana en la que aprendíamos huerta y taller de carpintería. Era muy entretenido. Después cada uno a su casa, no había otra cosa.”

A los 12 años empezó a trabajar como cadete en el local de ramos generales de Ricardo Holl, cuya mujer era docente de la escuela. “Empecé como chico de los mandados. Después atendía el local y al poco tiempo me hizo socio. El negocio empezó a llamarse Holl y Astete. Él me dio la gran ayuda de mi vida.” A partir de ahí, Américo construyó el trabajo de toda su vida, la Casa Astete.
Sin embargo, su vida también estuvo atravesada por muchas actividades sociales. Su rol en las diferentes instituciones en las que participó no solo fue importante para él sino para el devenir futuro de ellas. Durante un tiempo, en la década de 1940, participó en la comisión de la Biblioteca Popular 9 de Julio: “Nosotros cuidábamos la organización, que los empleados cumplan, que den las cuentas. También arrimábamos gente amiga a que se haga socia porque considerábamos que la biblioteca era muy importante. En ese tiempo estaba también la familia Caprana, viejos pobladores que vivían cerca del lago. La señora era la profesora de música.”

Fue jefe de Bomberos Voluntarios del pueblo durante varios años, aunque todos sus recuerdos están anclados de forma hegemónica al Club Lácar. “Yo fui muy deportista toda mi vida, por eso me empecé a relacionar con el club. Al principio había dos: el Club Andino y el Club Independiente. Se practicaba fútbol, tenis, basquet, bochas, pelota paleta y esquí. Éramos los mismos socios en las dos entidades, entonces Federico Graef dijo que no era lógico, no se justificaba tener dos clubes, y empezaron las reuniones para la fusión.”
Para Américo, la Asociación del Club Lácar fue un espacio muy útil para el pueblo. Además de los deportes que se practicaban, la gente mayor se juntaba a jugar a las cartas o al billar. Funcionaba como un lugar de reuniones, como las que se celebraban los viernes, en una cena que incluía a Eugenio Caso, Budy Weber y Cacholo de la Canal. “Había mucha gente más, ahora no me acuerdo, pero siempre estaban queriendo participar. Eran otros tiempos.”

Además de reunirse en el club, Américo recuerda los mediodías en los que se iba al bar de Muglia a jugar al Ajedrez y las tardes en que se tomaban aperitivos en el Hotel Lácar: “Se acostumbraba a tomar un vermut antes de la cena. También se hacían los bailes tradicionales de fin de año y de aniversario. Eran bailes de categoría, íbamos bien vestidos. Ahí sonaban varios (risas). Esas reuniones siempre sirvieron para unir gente, amigos, novios, hasta algunos llegaron a cometer el error de casarse”, dice, a modo de chiste.
Cuando recuerda esos años, Américo repite varias veces: “Había tiempo, menos obligaciones. Había mucha cordialidad, muchas reuniones amigables abiertas a todo el mundo, para pasar momentos lindos.”
Terminando la charla, Américo reflexiona un momento: “Tengo la satisfacción de haber nacido en un pueblo donde, en muchas ocasiones, pude hacer algo por las instituciones, porque siempre participé de todas las que pude. Para mí siempre fue un placer ser útil para el pueblo. Nunca quise vivir en otro lugar que no fuera San Martín, no tengo palabras para describir o contar lo lindo que es y lo que significa para mí.”
Fotos: archivo – cortesía.



Tuve la suerte de conocerlo y tratarlo, una maravilla de persona , un señor , con todas las letras .