Crónicas Bomberiles: Capítulo 4 “La última llama”
Para Eduardo Solís
Eduardo me dio mi diploma de bombero y también enseñanzas bomberiles que no están en ningún manual. Nos tocó compartir fuegos tremendos. Recuerdo uno en Kaleuche en el que nos quedamos toda una noche tratando de salvar el cuarto de una casa mientras los muchachos se hacían equilibrio en el techo helado levantando las chapas. Edu manejaba el bichero y yo la línea. Donde aparecía una llama le pegaba unos golpes al machimbre del cielorraso y yo arrojaba la menor cantidad de agua posible. Así estuvimos toda la noche. La madrugada nos encontró agotados. Nos sentamos en la cama matrimonial contentos de que, más allá de algún carbón y alguna mojadura, ese cuarto había sobrevivido al incendio.

Eduardo apoyó todas y cada una de mis propuestas para la capacitación del Cuartel. Una mañana de sábado, sabiendo que estaba de cuartelero, le llevé unos videos con unas técnicas nuevas y él ya los había visto. Siempre estuvo un paso adelante. La capacitación de los bomberos de la localidad y de la región no sería lo mismo sin la mirada y la inquietud de Eduardo Solís.
Pero hubo un incendio al que no sobrevivimos. No al menos en ese momento. Un día la dinámica bomberil nos enfrentó. Hubo una situación en el Cuartel y quedamos en veredas enfrentadas. Nos atacamos fuerte, con munición gruesa. Rompimos lanzas. Luego nos costaba hablarnos y mirarnos a los ojos. Lejos quedaron esos asados familiares y las charlas junto a la chimenea. Todo lo que nos había unido increíblemente nos separó.
Finalmente, Rodolfo (Rody) Bello y Eduardo nos suceden a mí y a Ricardo Rivera en la jefatura del Cuartel. Yo volví a mi puesto de suboficial y una mañana se incendió un barco en el muelle. Fue mi último fuego. Yo no lo sabía, pero me lo imaginaba; mi salida del Cuartel para acompañar la intendencia de Juan Carlos Fernández era inminente.
Vamos en el Móvil 18 y Eduardo a cargo de la dotación. Yo era el segundo al mando. Desplegamos la línea y la cargamos. El bote, un yate pequeño, estaba atracado junto al muelle y se divisaban con claridad las llamas detrás de un mamparo de vidrio que separaba la cubierta principal del sector inferior del navío.
“Suboficial, a cubierta con la línea!” me ordenó Eduardo. Yo ya no era Tyncho, Cabezón, Martín o Comesaña. “Suboficial” a secas. La distancia indispensable para impartir la orden. Salté del muelle a la cubierta de la nave, puse rodilla en tierra, cerré bien el traje y me bajé el visor. Ajusté de memoria el tipo de chorro y el caudal. Me quedé mirando fijo a La Bestia que quería aire y pugnaba por salir de ese encierro. Un compañero bajó y se puso junto a la puerta para abrirla.
“Esté listo a mi orden Suboficial!” gritó Solís.
Y cuando ya estaban echadas las cartas, como honrando mejores momentos, como perros viejos que se reconocen, me llega la segunda orden, firme pero amable. Orden entre camaradas que a pesar de todo lo siguen siendo. Que se quieren y se respetan.
“Tyncho, con cuidado!” me dijo mirando hacia las llamas, parado al borde del muelle.
“Estoy listo Edu, cuando dispongas”. Y salió el agua urgente hacia esa última llama.
El vapor nos abrazó a los dos, como en los viejos tiempos.
Por Ing. Martín Comesaña
Las Crónicas Bomberiles son un homenaje a cada mujer y a cada hombre del voluntariado bomberil argentino.
Son historias reales vividas durante mi paso por el cuartel de bomberos de San Martín de los Andes. Algunas son tristes, otras son tensas, las menos son alegres. Un poco como el servicio bomberil.
Por razones obvias, en algunos relatos, evito dar precisiones de lugares y fechas. Que el dolor sirva para la historia y no al revés.
Quiero agradecer a mis camaradas por permitirme nombrarlos. Son la cara visible de un universo silencioso y aguerrido que está dispuesto a dejarlo todo para dar una mano al que lo necesita.
Por último, quiero agradecer a Realidad Sanmartinense por sumarse a este homenaje.
Ing. Martín Comesaña



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