¿Quién es Iara Colonna, la joven sanmartinense que fue apadrinada por el Presidente de la Nación y estudiará Geoquímica?

Iara Colonna tiene 20 años, vive al pie del barrio Cantera y cursa el último año del secundario en el CPEM 28. Inquieta, inteligente y ansiosa por comenzar una nueva etapa de su vida, Iara quiere ingresar a la Universidad de La Plata para estudiar Geoquímica.

Sumado a muchas otras particularidades interesantes que caracterizan su inspiradora historia, Iara es, en su familia, la séptima hija mujer, detalle que la convirtió, hace pocos días, en la ahijada del Presidente de la Nación. ¿Por qué es importante que se haya concretado esta distinción? Bueno, Iara lo dirá mejor con sus palabras, pero sin lugar a dudas, quienes lean esta nota, se alegrarán de saber que aún le ocurren cosas buenas a quienes lo merecen de verdad.

Foto: Federico Soto

La jornada escolar del lunes acaba de finalizar, pero el día de Iara no termina al salir del colegio. Primero, la esperan en su casa con el almuerzo listo, y luego vendrán otras muchas tareas, entre las que se cuentan estudios de inglés, francés, planes y averiguaciones para instalarse en La Plata el próximo año, y la búsqueda de un trabajo que le permita, por carga horaria, seguir cumpliendo con sus estudios. “Estoy buscando algo relacionado a la limpieza, por la cantidad de horas. Antes trabajé también en una farmacia. Eso me gustó mucho”, me cuenta, con una sonrisa constante, mientras estamos rodeadas de mucho ruido y movimiento, en el comedor del colegio. La distracción del entorno la ayuda, dice, a concentrarse en mis preguntas.

La semana pasada, la presidenta del Correo Argentino, Vanesa Piesciorovski, visitó San Martín de los Andes para hacer entrega de bicicletas eléctricas a la institución y aprovechó para conocer a Iara. La funcionaria le entregó una medalla y un diploma de Presidencia de la Nación, que certifica el padrinazgo por ser la séptima hija mujer, en el marco de la ley 20.843 que, entre otros beneficios, le brindará una beca de estudios hasta sus 35 años: “Hice la cuenta y en 15 años puedo estudiar dos o tres carreras”, me dice entre risas, aunque se hace evidente que su intención y su entusiasmo por encarar diversos estudios universitarios es genuina. 

Foto: Federico Soto

Los trámites comenzaron en el 2020 cuando, por casualidad, un amigo le contó sobre esta ley y empezaron a averiguar. Una abogada allegada a la familia les brindó la información necesaria y, después de largos pasos, formularios e investigaciones genealógicas, este año recibieron la respuesta positiva. “Mi familia se alegró mucho cuando supimos de los beneficios, porque la beca es lo que me va a permitir ir a estudiar Geoquímica a la universidad. Quiero tratar de no trabajar durante el primer y segundo año, así puedo rendir bien la primera parte de la carrera”, explica. Más adelante, me contará que mantiene un excelente promedio en sus calificaciones escolares, algo que para ella es muy importante. 

“En primer año tuvimos un profe de físico-química que nos sacó muchos miedos sobre las evaluaciones y resumía todo tan fácil que me hizo interesar mucho en el tema. Después, cuando entré a trabajar en una farmacia, hice un curso preparatorio y me gustó más”, cuenta Iara, ante la pregunta de cómo se decidió a estudiar geoquímica. Su inquietud intelectual se hace evidente con pocos minutos de charla. Además de estar finalizando su trayectoria de nivel medio y de empeñarse en aprender inglés y francés, durante la pandemia aprovechó para hacer dos cursos de desarrollo web, un curso de promoción de salud y se recibió de instructora de musculación. “No me gusta tener tiempo libre, siempre estoy ocupada con algo”, suelta a modo de explicación.

Foto: Federico Soto

Además de utilizar el tiempo para aprender nuevas habilidades, la pandemia la puso a gestionar espacios y beneficios para sus pares. Por un lado, formó parte de la agrupación “Aviones de papel” que, preocupados por la falta de conectividad y dispositivos, juntó firmas y presentó proyectos en el Concejo Deliberante para que abran las bibliotecas para uso de las computadoras y conseguir que haya wifi en las plazas. 

Por otro lado, en el 2021 Iara consiguió un espacio en la junta vecinal de Vega Maipú, donde durante tres meses coordinó un taller de expresión para adolescentes: “La idea era generar debates y juegos que ayuden a iniciar conversaciones. Yo iba a un taller de escritura del profe (Santiago) Loustaunau y ahí hacíamos un ejercicio con palabras como disparadores. Tomé esa idea, pero ofreciendo objetos para pensar asociaciones y así practicar hablar de diferentes temas”, explica. 

El tema de la socialización es una preocupación recurrente que Iara aborda de diferentes formas, consciente de que es una habilidad que le cuesta: “Por situaciones familiares muy complicadas, principalmente económicas, yo no fui ni al jardín ni a la primaria. Podríamos decir que estudié en casa. Aprendí a leer, a escribir y resolver cuentas matemáticas con libros que íbamos consiguiendo, de mis hermanas o de vecinos que tenían para pasarme. De ahí creo que aprendí a ocupar siempre la cabeza, aunque eso no significa solo estar estudiando, también se ocupa yendo al lago, a tomar mate y pensar”.

Foto: Federico Soto

A los 13 años, Iara se mudó con su mamá, Marisa Cortés, a Jesús María. Allí, de a poquito, y en palabras de la entrevistada, pudieron insertarse en la sociedad y sus sistemas. Por primera vez, Iara entró al colegio, tuvo una entrevista con la directora y concluyeron en que se incorporara al sexto grado: “charlamos y confió en lo que yo le conté que ya había aprendido. Después, los primeros exámenes los pasé todos con diez, así que me fue bien. Al año siguiente, nos volvimos a Neuquén, y como acá el sistema escolar es distinto, hice el séptimo grado en la escuela 359”.

El ingreso al aparato escolar, por primera vez, a esa edad, significó para Iara darse cuenta de cosas que luego resignificó en su trayectoria: “me di la cabeza contra la pared. No era lo que esperaba, todo tan marcado por las discusiones sobre las notas. Siempre hay situaciones que hacen que pueda bajar tu promedio, pero se mejora. No es lo más importante. Mi mamá está muy orgullosa, nunca me tuvo que pedir una carpeta para revisar la tarea, nunca me llevé materias. Ella me ayuda a no exigirme tanto, me invita a tomar mate y me contiene”.

Foto: Federico Soto

A más de media hora de haber empezado la charla, Iara ya tiene maravillados a los lectores y a quien escribe esta nota, pero aún quedan algunos detalles por contar. A todo el cúmulo de actividades en las que esta joven sanmartinense se interesa, le suma la escritura completa de un primer libro, titulado “Su Realidad”, y el inicio de la producción del segundo. La novela iniciática narra  las peripecias de una chica que se enfrenta a la realidad de estar perdida en un bosque mágico, símbolo de su inconsciente: “Es una historia filosófica y metafísica, que habla sobre las crisis de ausencia. Lo terminé este verano pero no lo publiqué porque no sabía lo que cuesta la edición”, dice entre sonrisas. El segundo libro habla de un mundo sectario y trata temas de la Biblia desde metáforas del mundo real: “Yo soy Atea y me gusta la idea de trasladar pasajes a situaciones cotidianas”. 

Para finalizar, le pregunto a Iara si tiene algún mensaje para compartir con otros jóvenes que estén pasando por el proceso de elegir una carrera universitaria: “Primero, quiero destacar que para que los estudiantes avancen, el estado tiene que estar presente. Se que hay altibajos y mucho estrés en el momento de buscar alquileres para mudarse a estudiar, pero les aconsejo que no paren de buscar, porque perdés tiempo y entusiasmo. Igual, no me gusta que les llamen “carreras”, porque significa andar a las corridas y así no pensamos en aprender”.  

Iara no se detiene, sigue incansable sumando bloquecitos para hacer crecer sus sueños. A la espera de terminar el secundario para poder inscribirse a la universidad, busca un trabajo part-time y también, por qué no, quién la ayude a editar su novela. Seguramente, en una ciudad en donde florecen letras sin límites, haya entre los lectores más de un espíritu que pueda colaborar para que Iara no se vaya de San Martín sin explorar esa aventura. 

Fotos: Federico Soto para RSM.

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