El perro muerto de Tolstói tiene los dientes blancos como perlas
Hace unos días que tengo al perro de Tolstói dando vueltas en mi cabeza. Es un cuento muy breve, que encuentran más abajo, y que narra una escena espantosa: un grupo de personas observa con desagrado el cuerpo de un perro muerto, ya descompuesto, y enumeran detalladamente los rasgos de corrupción que hallan en ese cúmulo de restos orgánicos. Todos hacen lo mismo menos uno, que decide dar cuenta de lo blancos y hermosos que eran sus dientes.
Más allá de la connotación religiosa del texto original, hay algo ahí que resuena a gritos en nuestro presente: nos pasamos el día señalando la podredumbre que, sin dudas, encontramos a montones a nuestro alrededor. No solo la observamos, sino que la compartimos, la re-publicamos, se la contamos al vecino distraído y en esa re-narración, le agregamos condimentos por si no había quedado claro el olor a podrido. Sin embargo, casi nunca nos tomamos el tiempo de ver que, aún entre tantos gusanos, hay algo que se mantiene bello.

Con esto no estoy diciendo que tengamos que ir por la vida negando la realidad, haciendo oídos sordos, ni mucho menos. Muy por el contrario, estoy convencida de que el pensamiento crítico y el análisis contínuo es lo que nos hace libres. Sí me pregunto, y les pregunto, si estamos observando la versión completa de cada acontecimiento, o si vivimos atesorando sólo la porción que cuadra mejor con nuestro propio marco teórico.
Okey, esta semana pasaron muchas cosas pesadas (siguen subiendo los precios; los comerciantes de todo el país están en alerta por las amenazas de saqueos; hay casi 100 detenidos por los hechos efectivos en algunas ciudades; inseguridad; inundaciones; incendios…), pero dejó de llover por casi 3 días y una chica de Centenario preparó un guiso solidario para ayudar a vecinos de su barrio y un deportista neuquino escaló una montaña altísima para visibilizar y difundir la importancia de la adopción. Seguramente haya más dientes como perlas por ahí, pero no quiero aburrir.
“Está muy feo afuera”, leí una vez en un posteo de una vecina sanmartinense. Y sí, es verdad, está muy feo afuera, y estamos en un momento bisagra, de grandes cambios estructurales que abarcan muchos sistemas de sentidos. Quizás sea esta la oportunidad ideal para cambiar las categorías de nuestras discusiones diarias, pasar del “si/no/bueno/malo” al “cómo”: explicame cómo y veámoslo. El perro muerto está ahí, a la vista de todos, mostrando sin esfuerzo sus gusanos. Será tarea nuestra, de cada día, parar la pelota y advertir que también tenía unos dientes hermosos.

El perro muerto – León Tolstói
Jesús llegó una tarde a las puertas de una ciudad e hizo adelantarse a sus discípulos para preparar la cena. Él, impelido al bien y a la caridad, internose por las calles hasta la plaza del mercado. Allí vio en un rincón algunas personas agrupadas que contemplaban un objeto en el suelo, y acercose para ver qué cosa podía llamarles la atención.
Era un perro muerto, atado al cuello por la cuerda que había servido para arrastrarle por el lodo. Jamás cosa más vil, más repugnante, más impura se había ofrecido a los ojos de los hombres.Y todos los que estaban en el grupo miraban hacia el suelo con desagrado.
-Esto emponzoña el aire -dijo uno de los presentes.
-Este animal putrefacto estorbará la vía por mucho tiempo -dijo otro.
–Miren su piel -dijo un tercero-; no hay un solo fragmento que pudiera aprovecharse para cortar unas sandalias.
-Y sus orejas -exclamó un cuarto- son asquerosas y están llenas de sangre.
-Habrá sido ahorcado por ladrón -añadió otro. Jesús los escuchó, y dirigiendo una mirada de compasión al animal inmundo: -¡Sus dientes son más blancos y hermosos que las perlas! -dijo.
Entonces el pueblo, admirado, volviose hacia Él, exclamando:
-¿Quién es este? ¿Será Jesús de Nazaret? ¡Solo Él podría encontrar de qué condolerse y hasta algo que alabar en un perro muerto…!
Y todos, avergonzados, siguieron su camino, prosternándose ante el Hijo de Dios.



Gracias Natalia. La búsqueda de la belleza es imprescindible. Seguramente con el paso de los años vamos a recordar más los blancos dientes, que las orejas llenas de sangre. Si no ya nos hubiésemos extinguido.