Ana Fularska, Villalba y el teatro San José

Por Ana María de Mena (*)

La puesta en funcionamiento del Teatro San José fue una iniciativa del actor Jorge Villalba, quien había llegado a residir a San Martín de los Andes con la familia formada con Ana Maya Fularska y sus hijos Ramón Cruz y Faustina.

En La Boca, Quinquela Martín, Villalba y amigos. (Foto de Faustina Villalba)

Breve crónica de “la polaca”

Oriunda de Inglaterra y traída al país por sus padres polacos a los dos años, Ana arribó al pueblo con ellos y su hermana Yiya en 1959. A los trece, se acercó al teatro vocacional bajo la dirección de José Carlos Bondi y de Hugo Burgos, un barítono chileno cantante de ópera. Ensayaban en la casa de las docentes Josefa Vassana de Pazos (“Pepita”), y Elba Piñero de Hassler. Lo hacían donde hubiera un comedor o una habitación grande que les permitieran usar.

Egresada del colegio secundario en 1963, fue la primera empleada de la sucursal local del Banco de la Provincia del Neuquén. Cuatro años después decidió viajar a Buenos Aires a estudiar. Hizo un alto en la capital provincial para retirar el título que había obtenido. Allí la recibió Azucena del Río que la instó a inscribirse en la Universidad del Comahue. Le gustó la idea y cursó durante un año la carrera de Letras, mientras trabajaba en la Gobernación.  

Volvió al pueblo de vacaciones y cuando éstas terminaron, renunció al empleo y se dirigió a Buenos Aires. Los amigos le recomendaron una pensión donde vivió y una familia polaca relacionada con la suya le consiguió trabajo.

Recorría la calle Corrientes, poblada de cines y salas de espectáculos y a los tres o cuatro meses, se vinculó con el teatro. Hizo cursos con Víctor Bruno, Alejandra Boero y Javier Mayol. También actuó en una obra de Bertlot Brecht en el teatro IFT. También estudió Psicología en la UBA, donde practicaban psicodrama y Gestalt, temas “dudosos” para algunos en esos años. 

Recital del día que se inauguró el teatro (foto de Carlos Buganem)

El 17 de setiembre de 1971, fecha capicúa, estaba con la actriz Ana María Casó en el mítico bar La Academia -frecuentado por escritores, tangueros y artistas- cuando entró Jorge Villalba con otros dos actores. Fueron presentados y el grupo se puso a jugar generala, cuyos dados señalaron que fuera pareja con el actor. El flechazo de Cupido fue inmediato. Ella y Villalba empezaron a transitar la vida juntos y al año siguiente la “polaca”, como la llamaba, se fue a vivir con él. 

Doce meses más tarde alquilaron una vivienda en La Boca, donde era vecino un amigo: Benito Quinquela Martín. Allí residieron siete años.  Ana siguió en la Universidad y tomaba clases de teatro. En 1974 nació Ramón Cruz, año en que se estrenó el film “La Patagonia rebelde. Algunos de sus intérpretes como Héctor Alterio, Federico Luppi, Héctor Pellegrini, Luis Brandoni y Pepe Soriano,  debieron alejarse del país debido a las amenazas de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA). Por temor, los empresarios no contrataban a los actores que habían actuado en esa película. Villalba fue uno de ellos y durante dos años trabajó como administrativo, vendió rifas e hizo lo que pudo. 

Nuevamente embarazada, Ana dejó de ir un tiempo a la universidad. Eso, probablemente, la salvó de ser capturada por la triple A, como pasó con algunos de sus compañeros. Para contribuir al sustento de la familia, que creció con el nacimiento de Faustina, empezó a confeccionar cajitas de madera pirograbadas, que se vendían como estuche de regalo en la chocolatería de sus padres.

Pasadas las proscripciones, él participó en las películas “Difunta Correa”, “El muerto”, “Los orilleros” y en tiras televisivas como “Una escalera al cielo” y “Hombres en pugna”. También se inscribió en un plan de viviendas. Le asignaron una en la localidad de Berazategui donde estuvieron dos años, con muchas incomodidades.

Función de teatro leído (foto de Estela Cinquini)

Ana volvía al pueblo para las fiestas navideñas y ayudaba en la chocolatería hasta fines de febrero. Deseando una vida más saludable para sus hijos, convenció a Villalba de mudarse y en diciembre de 1981 la familia se radicó en San Martín de los Andes. 

El deseo de actuar que impulsó la sala

A poco de llegar, Villalba convocó a una reunión en la biblioteca popular 9 de Julio, a la que asistieron vecinos y algunas personas que habían participado en los grupos teatrales Huellas y ANTA. Allí se explayó sobre la necesidad de abrir un teatro en el pueblo. Contagió la idea con su magnetismo y su entusiasmo.

También se acercaba a la confitería Tergos y abordaba las mesas de las muchachadas que oían subyugadas sus propuestas. Con experiencia en cine, teatro y televisión, sacudía las formas de encarar la actuación. A pesar de tener el doble de edad de la mayoría, lo llamaban por su nombre con una cercanía que denota cuánto había ganado el corazón de sus oyentes; otros le decían “el viejo” como nombrando a un padre querido.

Después de inaugurada la iglesia San José, la antigua capilla se había convertido en depósito y Villalba vio la posibilidad de transformarla en teatro. Habló varias veces con el párroco Ciro Brugna y con la Intendente Josefa “Pepita” Ragusi de Orazi. Encontró oposición en el sacerdote porque no tenía dónde guardar los elementos que estaban allí y por temor a que hubiera espectáculos revisteriles. Algunos actores y muchos vecinos tampoco simpatizaban del todo con la idea, por los arraigados recuerdos de bautismos, comuniones, casamientos y despedidas de seres queridos en ese lugar.

El elenco bajo el cartel anunciando la actividad (foto de Estela Cinquini)

Sin embargo, el deseo de contar con un teatro, influyeron: Villalba y Ana viajaron a Bahía Blanca, asiento de la congregación salesiana de la que dependía la parroquia, para explicar la propuesta. Llevaban mensajes de Brugna y de Pepita Ragusi. El matrimonio fue a ver ballet la noche de la llegada y en los días sucesivos el actor frecuentó la congregación. Se había criado en un hogar salesiano y sabía cómo encarar las charlas. Durante la cena anterior al regreso, le comentó a Ana, más o menos así: “Polaca, me parece que lo vamos a lograr”.

De vuelta informó las novedades y la Intendente ofreció al sacerdote 1.000 metros2 de madera de lenga para compensar la cesión del edificio que, al parecer, Villalba gestionó ante el Parque Nacional Lanín. Por su parte, Rafael “Gogo” Demateo facilitó un galpón para guardar los elementos que estaban en la antigua capilla y los seguidores del actor se pusieron a trabajar febrilmente para transformar el edificio en sala teatral. Lo hicieron en tiempo récord.

Levantaron las tablas del piso donde ubicaron el escenario y las volvieron a colocar. Adaptaron el coro e instalaron el tablero de luces y los equipos de audio.  La sacristía se transformó en camarines y en la antigua nave colocaron las butacas que para de algunos eran de la sala Amancay, y para Gogo provenían del grupo Anta.

Según Estela Cinquini “Jorge trajo de Buenos Aires el telón bordó de un teatro que ya no lo usaba”. Carlos Alterini, un adolescente entonces, se ocupó de montarlo y también ayudó a instalar las luces que habían sido del grupo Huellas. Sobre la tarea subraya Alterini: “Recuerdo la cantidad de ceniza de una erupción volcánica acumulada que había en el entretecho, después de trabajar salíamos llenos de polvo”.

Los actores aprendieron a maquillarse; acá  Ana Maya (foto de E. Cinquini)

Finalmente, el 4 de febrero de 1982, en el aniversario del pueblo, se inauguró el teatro San José, llamado así respetando la voluntad de don Ciro Brugna que había pedido mantener el nombre de la antigua capilla. 

Se cantó el Himno Nacional, se bendijeron las instalaciones y ofrecieron palabras alusivas el director de Cultura de la Provincia Dr. Miguel Ángel Barcos, la señora Intendente y la responsable de Cultura, Elena Lapuente.

El programa artístico incluyó un recital dedicado a la memoria de doña Bertha Koessler Ilg, con textos de Gregorio Álvarez, Horacio Fernández Bestchtedt, Miguel Andrés Camino, Irma Cuña y Milton Aguilar, interpretados por Carlos Buganem, Ana Fularska, Elio Ramiro Soria, Israel Prieto, Rafael Demateo, Brunilda Rebolledo, Ricardo Musso, Estela Cinquini, Hugo Grillo, Hugo Villagra y Jorge Villalba, coordinados por él.

También participó el grupo de danzas Albricias dirigido por Rubén Cabrera, integrado por Susana Prieto, Irene Keheler, Amelia Ortega, Ana M. Keheler, María Ortega, Mónica Salazar, Juan Cerantes, Kelo Muñoz y Oscar Rosas.

Faustina y Ramón caracterizados como el grupo Kiss (foto de E. Cinquini)

La escenografía fue de Ricardo Caruana, el sonido de Sergio Arslanián y la iluminación de Héctor Doblansky con la colaboración de un sr. de apellido Fleitas. El asistente de dirección fue Fernando Blumenkranck.

Un año más tarde, por Resolución 1127/83 la entidad Salesiana San Francisco Javier cedió a la Municipalidad los derechos sobre el terreno y el edificio y firmaron la documentación la Intendente y el P. Brugna.

Detrás de la escena

Capitalizando el entusiasmo inaugural, quienes asistían a los talleres de actuación, brindaron al público teatro leído, mientras Villalba apeló a sus relaciones artísticas e invitó a especialistas que ofrecieron cursos en distintas disciplinas. Los hermanos Trentuno, expertos en efectos especiales, el maquillador Hugo Grandi, el dramaturgo Alejandro Finzi y el historiador del arte Samuel Dombek fueron algunos de ellos. 

“Yo solo participaba en los ensayos porque debía ocuparme de los chicos y la chocolatería, pero cuando llegaban a dar un curso o venía algún elenco, se nos llenaba la casa de huéspedes. También los vecinos, hoteleros y comerciantes ayudaron mucho. Fueron días enriquecedores para el pueblo”, reflexiona Ana Maya.

Al mismo tiempo procuraban dotar a la sala de los elementos que hacían falta. Consiguieron armar un estroboscopio, rememora Alterini. Cuando preparaban la obra ‘La zorra y las uvas´, Villalba interpretaba al esclavo a quien el amo castigaba a latigazos. Usaron un látigo que producía un chasquido estremecedor y ensayaron mucho la escena para que el látigo fuera a un lado, el actor hacia otro y la luz estroboscópica simulara un azote creíble. Pese al entrenamiento, en una función falló la sincronización y el látigo golpeó al actor. “El chasquido sonó distinto, el grito de Jorge también; el público no lo supo, pero nosotros, todos supimos que le había pegado”, señala Alterini.

La “nena” de la anécdota, Rosa Painén y la recordada Ivona Ringler (foto de Carlos Buganem)

Otro percance ocurrió en la misma obra cuando una esclava que interpretaba Conny Strucken estaba enamorada de Esopo, quien cortó la relación para salvarla de la ira del amo. Ella se retiraba del escenario llorando por ese amor malogrado. Dice Alterini: “Como toda esclava andaba descalza, yo estaba entre bambalinas esperando para entrar a escena y ella se acercó entre lágrimas y sin decirme nada me agarró de los brazos mirándome fijo. Yo pensé que era porque estaba compenetrada en el personaje, muy emocionada. Levantó un pie y vi que tenía dos chinches clavadas, que tuvo que soportar toda la escena”. Seguramente, habían quedado en el piso durante un ajuste en la escenografía.

Esos percances no impidieron que la obra fuera representada por el elenco en Bariloche, Neuquén y Zapala, donde el público la recibió conmovido.

De otra función, cuando se representaba “Modelos de madres para recortar y armar” de Hugo Sacoccia, cuenta Jorge Fernández: “yo fui a verla con mi esposa, mi hijo Rodrigo de tres años y medio y mi mamá, quien en su juventud había hecho teatro. En un momento aparece Ana Maya que representaba a una nena maleducada que recorría la sala molestando a los espectadores mientras su mamá, limándose las uñas le decía: “neeenaaa! y la chica la desoía. Cuando la ´nena’ pasó al lado de mi madre le tocó el pelo y le quería sacar la cartera. Mi mamá siguió el juego y discutió con la ‘nena’. Rodrigo sentado al lado no perdió detalle de lo que ocurría, sobre todo de la intención de la chica de sacarle la cartera a su abuela. 

“Pasaron un par de meses y un día, estando con mi hijo en el supermercado Cumepen nos cruzamos con Ana Maya que recorría las góndolas. Cuando la vio, Rodriguito me tironeó la ropa y entre susurros me dijo: «Mira papá… ahí está la nena que le quiso sacar la cartera a la abuela».

Ciro Brugna, Pepita Ragusi y David Naiman próximos a firmar la documentación de permuta (foto del archivo parroquial)

Es múltiple el anecdotario de esos primeros años del teatro San José relacionado con el público y el vinculado con Villalba. Sobre él Carlos Righetti señala: “Jorge era amigo de ayudar, para él el teatro era una posibilidad lúdica y siempre estaba dispuesto a dar una mano”.

Rafael Demateo coincide con Righetti y agrega: “Jorge era un profesional completo, nos enseñó mucho a los que hacíamos teatro como podíamos, por pura vocación nomás. Jorge era capaz de retocar el texto de una obra y lo embellecía. A veces me decía ‘dame el libreto Gogo, que lo voy a peinar’ y cuando lo peinaba, siempre quedaba mejor sin cambiarle el sentido que le había dado el autor”. Esa expresión “peinar” no es de la jerga teatral, era de uso propio. 

El actor retratado por Annemarie Heinrich (foto de Faustina Villalba) 

Además de impulsar la Fundación Amigos de la Cultura de San Martín de los Andes, contribuyó a la Navidad Cordillerana, promovió Ciclos de cine argentino con la presencia de primeras figuras en el pueblo, y la creación del grupo ‘Los unos y los otros’ en Junín de los Andes. También participó en ANQUET (Asociación Neuquina del Quehacer Teatral) que derivó en la agrupación TE NE AS (Teatristas Neuquinos Asociados) que funciona en la actualidad y lo menciona como uno de sus mentores. Hizo valiosos aportes culturales.

Respecto del Teatro San José, las citadas en este artículo y muchas otras personas lo forjaron, pero su indudable “alma pater” fue Jorge Ramón Villalba. Esta nota alude a él a modo de homenaje y a Ana Maya Fularska, porque fue su compañera y soporte en ese sueño que legó el primer teatro a nuestro pueblo. 

(*) anamariademena@gmail.com

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