Cortar por lo sano
Por Clara Mc Cabe – Ppsicóloga
Hace unos días, alguien decía en sesión: “Lo malo de vivir en San Martín es que, después, te tenés que ir a estudiar a otro lado”. Frase que, con distintas variantes, escuché varias veces y promovió a reflexionar en su implicancia.
Hoy no es raro escuchar que la adolescencia es eterna (“eterno adolescente”), o que empieza antes, o que dura más tiempo. Pero ¿Hasta cuando somos adolescentes? ¿Cuándo comienza la adultez?
Si bien no hay unanimidad en las respuestas, no son pocas las disciplinas que dieron su definición a lo que sería la adolescencia. La sociología, por ejemplo, estudia la adolescencia en relación al tiempo de dependencia de los padres; la ciencia médica, por otro lado, caracteriza y delimita el periodo adolescente y su finalización de acuerdo a criterios madurativos endocrinos y neurológicos; desde el punto de vista jurídico, el fin de la adolescencia será cuando las personas dejen de ser inimputables para pasar a ser imputables ante la ley, etc.
Estas descripciones resultan insuficientes, incompletas y no coherentes entre sí porque se apoyan en criterios muy disímiles, sencillamente porque lo que es un adolescente para un neurólogo no lo es para un juez. Pero además, su dificultad radica en pensar el final de la adolescencia basandose en parámetros cronológicos.
Dejar San Martín para irse a estudiar a una universidad en alguna otra ciudad, generalmente Buenos Aires, La Plata, Córdoba o Neuquén, no suele resultar sencillo ni para los chicos que se van, ni para los padres que se quedan. En todos los casos, implica una revolución familiar, un movimiento esperado pero también temido, teñido de miedos e incertidumbres.
Los chicos que efectivamente se van, lejos de los padres, cada uno a su manera y según sus propios recursos, su sensibilidad y fragilidad, se encontrará con más o menos dificultades, pero inevitablemente todos tendrán que superar cierto número de pruebas, enfrentar diferentes obstáculos, resolver crisis internas y presiones del ambiente.
Es por esto que planteo que irse a estudiar, más allá de las vicisitudes particulares de cada uno, constituye, en nuestra comunidad, un rito. Y un rito que no está determinado por una cuestión cronológica sino por su carácter simbólico.
Es un adolescente el que se sube al ómnibus en la terminal del pueblo mientras padres y hermanos los despiden llorando y es un joven el que vuelve “de visita” en las vacaciones. Es decir, promovemos a los adolescentes a irse de San Martín al terminar los estudios secundarios porque constituye un rito de paso, una prueba colectiva que como comunidad sostenemos porque marca un atravesamiento, un pasaje de adolescente a joven adulto.
Esto lo evidencian especialmente los padres para quienes que sus hijos se vayan a estudiar, es mucho más que bancarlos (o no) económicamente, apoyarlos (o no) para que terminen la carrera, o favorecer o entorpecer que aprendan a vivir solos (sin ellos).
Los padres que pueden soltar a sus hijos, que soportan que tomen distancia sin querer retenerlos en la casa paterna, acompañan a la vez que promueven y fomentan, el final de la adolescencia, el paso, el crecimiento de sus hijos. Les conceden de esta manera el derecho de acceder a la adultez, ayudándolos a entrar al nuevo mundo, soportándolos en el atravesamiento, trasmitiéndoles confianza y valor para superar las impotencias propias de esta transformación.
Por el contrario, los padres que se aferran demasiado a sus hijos, no pudiendo hacer el movimiento necesario que permita el desapego, les trasmiten (sin malas intenciones, claro), miedos y desaliento (leyéndose subliminalmente “Sin mí, vos no podes”). “Protegiéndolos” de lo que no tiene remedio: crecer.
Si un chico no es apoyado e impulsado en su desarrollo por sus padres, se verá obligado a conseguir este derecho de reconocimiento y de ingreso en el escenario de la vida social por él mismo, la mayoría de las veces, en solitaria rebeldía.
Me parece interesante señalar como la adolescencia y su finalización es un asunto subjetivo, familiar y cultural. Es decir, la finalización de un periodo de la vida aparentemente individual produce consecuentes movimientos de reacción, y éstos tendrán profundas repercusiones (muchas veces de resistencia, abandono o renuncia) en cada uno de los miembros de la familia, que siempre tendrán la alternativa de disponerse a trabajarlas.
Clara Mc Cabe
Licenciada en Psicología
lic.mccabe@gmail.com

