Ponernos en el lugar del otro

«…Nuestra tarea debe ser liberarnos a nosotros mismos de esta prisión, ampliando nuestro círculo de compasión para aceptar todas las criaturas vivientes y toda la naturaleza en su belleza» Albert Einstein

Vengo observando en los últimos tiempos, tan intensos por cierto, la rapidez con que surge el prejuicio, la descalificación, la respuesta agresiva que niega el reconocimiento al otro de ser y sentir diferente. Embarcados en una escalada de peleas, vemos al otro como nuestro oponente, postura que nos impide totalmente reconocer nuestras diferencias y nuestros derechos. Ni que hablar de la imposibilidad de negociar y acordar, algo que no puede suceder si primero no reconozco al otro y no me propongo como conducta humana en comunidad la necesidad de llegar a encuentros que nos permitan convivir. Apreciar, respetar, o amar ya sería mucho pedir! Casi una utopía en este momento.

Desvalorizar el dolor del otro, hacernos insensibles a sus sentimientos, no escuchar, descalificar, manejarnos con juicios infundados, tolerar injusticias o conductas autoritarias, mentir simplemente para ganar beneficios: nos estamos acostumbrando a esto. En mayor o menor medida nos estamos dejando llevar hacia enfrentamientos, que a esta altura ya han quebrado muchas relaciones afectivas. ¿En qué momento perdimos de vista que somos un NOSOTROS?.

Dejo por un momento el plano de observación de lo social para mirar más de cerca. Lógicamente todos, en mayor o menor medida, pertenecemos a pequeños grupos donde nos sentimos incluídos y con los cuales compartimos pertenencias, lealtades y creencias. Es más fácil identificarnos con ellos, ponernos de acuerdo y amarlos. Más allá, están ellos, los otros, los desconocidos y extraños, a los que visualizamos en gran grupo, y de los cuales desconfiamos. Si los conociéramos individualmente, si hubiéramos compartido sus momentos de alegría y de dolor, otro sería nuestro acercamiento y nuestra comprensión.

Aunque parezca una postura ingenua, mi llamado de hoy es, sobre todo, a las mujeres. Durante siglos y siglos hemos sido dentro de las comunidades, las negociadoras y conciliadoras, concientes del dolor que producen los desgarros internos. Sabemos que todos deben tener su voz y su nombre, y que la aceptación de la diversidad es clave a la hora de apostar al crecimiento. El NOSOTROS sólo se construye incluyendo y deponiendo los deseos de sometimiento de los otros.

“Todo amor genuino es compasión, y todo amor que no sea compasión es egoísmo” Arthur Schopenhauer

AMOR Y COMPASIÓN, en qué momento estas palabras pasaron a ser tonterías descartadas en aras de la supervivencia? Es justamente al revés! El futuro de la humanidad depende del desarrollo de esos valores humanos por excelencia. Ponerse en el lugar del otro, sentir lo que el otro siente y poder acompañarlo. De eso se trata en principio la compasión. El otro humano, sufriente, en condiciones de vulnerabilidad y dolor, toca mi corazón y me transforma. La compasión es inherente al ser humano, pero se ve destruída por el miedo principalmente.

Si tenemos miedo comenzamos a defendernos y a poner barreras. Somos solamente YO, extendido en el mejor de los casos a nuestros seres queridos, a nuestro núcleo de pertenencia, que sería como una extensión de nuestro YO. Si nos dejamos tocar por la humanidad del otro, podemos escuchar, comprender y aceptar. Las personas compasivas pueden comprender, primer paso necesario para poder transformar la dificultad y el sufrimiento en una transformación resiliente.

El Budismo propone desarrollar una espalda fuerte y una frente suave: la espalda fuerte para sostenerse en las adversidades de este mundo y la frente suave para enfrentarse al mundo tal como éste es, con un corazón abierto. O sea, no hay ingenuidad: es un mundo difícil y hostil! pero esto no implica cerrar nuestros corazones. Kuan Yin, la diosa compasiva, arquetipo femenino,abre sus brazos para alcanzar a todos y con los ojos de cada una de sus manos, percibe el sufrimiento del mundo.

Observación y compasión. Vivimos esta experiencia humana y por lo tanto somos de este mundo. Pero podemos alzarnos más alto de la mera necesidad de supervivencia, y recordar que no somos de este mundo, viviendo desde el amor que desdibuje los bordes egoístas para percibir el Todo al que pertenecemos.

Si estamos despiertas, es hora de hacernos cargo de nuestra responsabilidad de participar en la construcción de la paz, expandiendo la compasión como valor universal.

Lic. Alicia Cáceres
El Pozo de Agua

Nota publicada en d-mujeres

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