Por qué una escuela inclusiva en lugar de una escuela integradora

La Profesora de Lengua y Literatura, Julieta Sánchez, envió las siguientes reflexiones que fueron publicadas en el Observatorio de la Infancia y Adolescencia de la ciudad, que depende del Consejo de la Comunidad para la Niñez, Adolescencia y Familia, con el objetivo de continuar pensando las infancias de nuestra localidad.

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El concepto de inclusión supone que cada sujeto social es diferente en cuanto a sus características particulares que lo hacen único y las cuales permiten enriquecer la interacción social. Detrás del término inclusión escolar subyace la idea de que cada niño y cada niña es diferente; por lo tanto aprende diferente, accede a los textos de manera única, trae consigo desafíos personales, intereses individuales que enriquecen la heterogeneidad dentro de cada escuela.

Cuando hablamos de inclusión, el niño o la niña con o sin discapacidad enriquece el entorno; es decir, no son ellos los que necesitan prepararse para “adaptarse” a la escuela regular sino que es la escuela y los adultos a cargo quienes se forman para trabajar en aulas diversificadas. De este modo, la escuela se vuelve más atenta a las necesidades de todos y se garantizan así los derechos de niños y niñas con distintos desafíos.

El término inclusión no disfraza las limitaciones o las debilidades porque considera que ellas existen y constituyen parte de cada persona. Si trabajamos en una escuela inclusiva realmente, aceptamos tanto las fortalezas como las debilidades para considerarlas oportunidades de crecimiento y aprendizaje individual y colectivo. Cuando hablamos de inclusión suponemos que no existe la posibilidad de separar a “normales” de “especiales o excepcionales” porque consideramos que todos los niños y todas las niñas son especiales, únicos y, además, son parte de la misma sociedad.

En cambio, el término integración – tan común en las escuelas regulares – supone que los niños y las niñas con algún tipo de discapacidad se deben “preparar” para ingresar a tales instituciones. No se trata a los niños con discapacidad del mismo modo que a los otros niños porque implícitamente, pensamos que el resto de estudiantes son “más homogeneizables” que aquel niño o aquella niña con discapacidad. Entonces, si nos paramos del lado del paradigma de la integración, supondremos que las personas con discapacidad deben adaptarse a los sistemas ya existentes.

De este modo, suele suceder que las transformaciones resultan superficiales. Y esto hace que muchas veces se disfracen las limitaciones para aumentar las posibilidades de inserción. Pareciera que un niño o una niña con discapacidad debería aspirar a ser como los otros niños y niñas sin discapacidad porque eso en la escuela regular “parece ser mejor” o al menos “socialmente más aceptado”. Por supuesto que esto tiene un gran impacto emocional debido a que es muy difícil convivir con un prejuicio social que pesa desde el nacimiento como algo negativo.

Es interesante pensar que si consideráramos a cada niño y a cada niña con sus particularidades y consideráramos realmente que la inclusión es un derecho de todos y todas, las diferencias no nos sorprenderían, no serían un obstáculo. Cada uno podría sentirse feliz y aceptado tal cual es. Y cada docente pensaría a esa heterogeneidad como el punto de partida más valioso para propiciar aprendizajes significativos.

Sin duda, es necesario empezar a hablar de estas diferencias que parecen conceptuales pero que son bien prácticas en la realidad de cada niño y cada niña en las escuelas hoy. Es necesario ponernos de acuerdo, empezar a realizar cambios contundentes en las aulas y en las escuelas para garantizar el derecho a la inclusión. Integrar es suponer que “el otro” debe adaptarse al entorno preexistente. Incluir supone que cada uno de los integrantes de ese entorno estará dispuesto a hacer algo para beneficiar el vínculo entre personas diferentes que forman parte de la misma sociedad.

Julieta Sánchez
Profesora de Lengua y Literatura

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