Crítica de «Ciegos»: lo que uno no quiere ver
Por Francisco Corso
Juan, debe acompañar a su padre, Marco, un hombre no vidente, en un viaje a su pueblo natal. Allí, Juan empieza a notar cambios en su padre y actitudes extrañas en él, actitudes y secretos a los que no está acostumbrado.

La película no posee una trama muy compleja, y tampoco aspira a ello. Lo que busca con un conflicto en esencia simple y humano es demostrar la humanidad del resto de personajes. Esto ayuda a generar también la esencia del pueblo al que van Juan y Marco, pueblo que los va afectando en su estadía y de maneras muy diferentes.
La película pone en conflicto a estos personajes. En especial a Juan, quien, pese a querer a su padre, empieza a sentir que eso no justifica las acciones de este. Y comienza a sentir temor al ver como un hombre que quizás hasta ese entonces había sido siempre claro sobre lo que quería o lo que sentía, se convierte en un desconocido.
Todo esto, se ve tremendamente enfatizado a través de la fotografía, que juega continuamente con lo que no se ve. Es por ello, que espacialmente nos sentimos tan perdidos como los personajes y nos sentimos a ciegas allí. También se juega mucho con el sonido. Este es mucho más pronunciado y los detalles los he sentido mucho más presentes. Cosa que, a la hora de relacionarnos con el personaje de Marco, ayuda mucho.
Ciegos es una película que recomiendo. El ritmo, y la forma en que la película está hecha me encantaron. Hubo ciertas cosas que no me terminaron de convencer, como quizá el clímax de la película, el cual sentí muy apresurado. O el personaje de Marco, que, si bien fue perfectamente interpretado por Marcelo Subiotto, no me terminaba de convencer por momentos.


