Crítica de “La muerte no existe y el amor tampoco”: un melancólico regreso

Por Francisco Corso

Emilia deberá tomarse unos días libres de su trabajo como psicóloga, para volver a Veintiocho de Noviembre (Pueblo en la provincia de Santa Cruz) y así esparcir las cenizas de su mejor amiga. En ello, deberá reencontrarse con un pasado que había dejado atrás. Un pasado lleno de asuntos inconclusos que resiente su abandono.

Este no es un viaje cálido y alegre. Y Fernando Salem se encarga de dejarlo claro, esto lo logra a través del manejo de la paleta de colores y de la iluminación. Con ello nos pone en el lugar de Emilia, nos hace sentir abrumados por la ciudad (mostrándonos todo a la sombra de los edificios) e incomodos en el pueblo de Veintiocho de Noviembre (con un paisaje totalmente desolado y desprovisto de vida donde la luz solo puede reflejarse sobre la nieve).

No sólo se logra transmitir la melancolía a través de la fotografía. El sonido, o más bien la falta de él, constituyen una gran parte de este sentimiento. Lo podemos percibir en los silencios, en las pausas de los actores. Pausas que se sienten naturales y que intensifican las miradas. Con ello se construye un nuevo significado, entre lo dicho y lo que no hace falta decir.

Por Francisco Corso

Disfruté muchísimo esta película y la recomiendo ampliamente. Es una peli que con gusto volvería a ver, ya que la narración, la actuación y todos los demás detalles técnicos mencionados previamente la convierten en un viaje tan emotivo y desgarrador, que vale la pena repetirlo.

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