Crítica de «1917»: Entre cenizas, sangre y lágrimas

Por Francisco Corso

Schofield y Blake, dos soldados que se encuentran en el frente francés durante la primera guerra mundial, son encomendados con la misión de entregarle una carta al segundo batallón del regimiento de Devonshire y detener un ataque suicida. Para ello, deben cruzar “La tierra de nadie”, un espacio destruido por las bombas y lleno de peligros. Esto no va a frenar a Blake, quien sabe que su hermano se encuentra dentro de dicho batallón y que morirá si no logra entregar el mensaje.

Desde el inicio hasta el final esta película nos mantiene completamente inmersos. Deja de sentirse el formato dramático de la película y comienza a sentirse como una experiencia cinematográfica. Una experiencia que nos recuerda constantemente que nadie está a salvo en la guerra y que hacemos bien al temer por nuestros protagonistas. ¿Cómo se logra esto? En el caso de Roger Deakins (Director de fotografía) él lo demuestra a través de planos extensos y maravillosos movimientos de cámara. Esto nos permite sentir a flor de piel las pausas y la cautela con la que se mueven los personajes. Y también permite que la tensión se vaya construyendo paulatinamente. 

En la construcción de dicha tensión, también contamos con el sonido y con el maravilloso uso de este. Desde sentir los aviones sobrevolándonos por encima, hasta contar con la perspectiva sonora de que todo se silencie a nuestro alrededor y que podamos escuchar ciertas cosas con extremo detalle. A esto se le suman bandas sonoras que se sienten integradas a la película y que la hacen aún más llevadera. 

1917 es una película que recomiendo ver, y más aún en el cine. Hay muchos detalles sonoros que son posibles gracias a la disposición de los parlantes del cine. Y realmente se convierte en una experiencia maravillosa y aterradora. Si bien es una película que se apoya demasiado en lo técnico, no deja de tener su propia estética y contar con actuaciones y planteos de trama interesantísimos.