Recomendaciones del Colegio de Psicólogos para las acciones del Estado: «no generar más miedo sino más confianza»

El Colegio de Psicólogos de nuestra ciudad presentó al intendente un documento con recomendaciones en el que se pone de manifiesto, entre otros puntos que «el Estado democrático no debería funcionar como un Agente que sólo prohíbe o permite porque así habilita transgresiones. Es imposible controlar todo; apostemos a nuestra propia responsabilidad y a las instituciones de la sociedad civil para el cuidado de nuestros conciudadanos y de nuestros seres cercanos».

Contagio de virus y contagio de violencia

En esta situación tan particular que nos toca vivir, podemos tomar diversas actitudes frente a los otros que nos rodean. Nuestras formas de relacionarnos dependen de la historia personal, marcada por lo que desde la psicología llamamos identificaciones, siendo estas mismas las que también rigen las conductas de los individuos frente a la sociedad o cualquier tipo de vínculo.

Ante una pandemia o situación límite (terremoto, tsunami, guerras, hambrunas, accidentes, etc.) corremos ciertos riesgos psíquicos: la pérdida de nuestra identidad habitual y cotidiana, el temor paralizante frente a la amenaza de muerte y frente a lo desconocido por venir, la exacerbación de estados anímicos angustiosos, las descargas impulsivas que llevan a la violencia para con los que nos rodean de cerca o de lejos. Un ejemplo actual, ¿qué sentido tiene lo que observamos en los informes periodísticos sobre un conjunto de habitantes de departamentos que excluyen o agreden a un vecino que trabaja en el ámbito de la salud?

Estos hechos muestran un modo de resolver esos padecimientos psíquicos que surgen en situaciones límites. Claro está que no es la forma en que uno actuaría normalmente. Tenemos entonces 2 opciones: A. Accionar frente a nuestros temores con nuestros recursos habituales: nuestra capacidad reflexiva, de empatía, de mantener los afectos vivos, otorgando una revalorización de sentido cuyo fin es superar la crisis; B. accionar a partir de un típico mecanismo psíquico, trágicamente conocido por la historia humana como fenómenos de masa (recordemos como ejemplos: la violencia de las hinchadas en deportes populares, la violencia de las bandas de jóvenes, los linchamientos populares frente a la sospecha de personas que pudieron cometer acciones socialmente condenables, las guerras religiosas, las agresiones del racismo, los fanatismos políticos como el nazismo, el stalinismo, etc.) En síntesis, un procedimiento de discriminación masivo o grupal hacia un semejante, de manera irracional, excesiva y extremista. Esto produce que el otro, que vive lo que sucede como irrupción traumática de la misma manera que nosotros, sea percibido como alguien que no es un semejante o como un potencial enemigo.

La amenaza se desplaza del virus hacia las personas, es decir se proyecta amenaza hacia un otro semejante. Muchas veces nuestra conducta y pensamiento se encuentran determinados por la información que recibimos y a la cual nos identificamos. En este punto podemos considerar que hay muchos medios de información que favorecen el impacto negativo que pueden generar las imágenes de violencia en los procesos de agresividad humana. ¿Se podría informar sobre los modos de cuidarnos como sociedad en un sentido preventivo, mostrando más imágenes sobre las acciones comunitarias de otra parte de la población? Una dirección posible para enfrentar la crisis consistiría en no generar más miedo sino más confianza, en no provocar más control estatal sino más integración de la presencia de las normas en nuestras vidas singulares con acompañamiento del Estado.

El Estado democrático no debería funcionar como un Agente que sólo prohíbe o permite porque así habilita transgresiones. Es imposible controlar todo; apostemos a nuestra propia responsabilidad y a las instituciones de la sociedad civil para el cuidado de nuestros conciudadanos y de nuestros seres cercanos. Cuando sentimos que no tenemos el control de la situación externa, la vivencia de indefensión en que nos encontramos despierta miedo: frente al peligro inminente del contagio y la muerte, frente a la pérdida de trabajo y de algunos vínculos, frente a la posibilidad de contagiar siendo asintomático, etc.

Cuando tenemos miedo, desde el punto de vista psicológico podemos responder, al menos, de cuatro formas distintas:

1. confiando en los recursos propios (que tiene que ver con compartir, expresar, sincerar nuestros sentimientos, valorar nuestras experiencias en conflictos previos, realizar actividades enriquecedoras para nuestro espíritu, des-acelerarnos de nuestro ritmo cotidiano anterior a la cuarentena, para poder disfrutar del hogar, etc.) y confiando en los recursos de los profesionales de la salud.

2. proyectando el temor hacia algunos individuos que se tornan equívocamente amenazantes (ejemplos: personal de salud, personas que están obligadas a trabajar en suministros básicos, fuerzas de seguridad, transportistas, extranjeros, viajeros, etc).

3. mediante el bloqueo afectivo, el aislamiento, la pasividad o la paralización. O también generando síntomas en el tiempo como: insomnio, confusión, ansiedad, taquicardia, sudoración, desesperanza, reacciones agresivas intrafamiliares, etc. En el caso de este último grupo de respuestas, es conveniente consultar a un profesional de la salud mental.

4. mediante la inclinación a sumarse a movimientos de masa. Existe una diferencia entre masa y colectivo social: la primera, es la pérdida de la identidad para dar rienda suelta a la satisfacción de los impulsos; el segundo, es la identidad de muchos en función de una satisfacción comunitaria o social. En una masa, hay alguien que trae respuestas que se asemejan a verdades incuestionables. En cambio, en una sociedad, las respuestas se encuentran en la articulación de puntos de vista entre sus ciudadanos a través de sus instituciones (redes solidarias, asociaciones civiles, centros comunitarios, clubes barriales, escuelas, hospitales, etc.).

(Cabe considerar también que la respuesta de los niños en situaciones críticas frecuentemente se identifica a las respuestas de los adultos en dichas situaciones y que la forma de elaborar por el niño siempre es el juego. Se recomienda pues dedicarle más tiempo al juego compartido en casa dado que favorece la tramitación de la crisis vivenciada como violencia. Un juego que sea un escenario distinto a la cruda realidad pero que no excluya las explicaciones cuando sean necesarias)

¿Cómo continuaremos si esto se extiende en el tiempo? Recordemos que nuestros pueblos de la región, en la última década, experimentaron fenómenos críticos: grandes erupciones volcánicas, nevadas fuertes, ratadas, brotes de hantavirus… y hemos tenido recursos para superarlos. La posición subjetiva que decidiremos frente a la vida o la muerte dependerá de nuestras respuestas colectivas e institucionales, o de abandonarnos a identificaciones pasivas con una masa, un Estado omnipotente, algunos ideales absolutos, líderes negativos, etc. ¿Cuáles comportamientos adoptaremos: los constructivos o los destructivos?

Por lo tanto, de lo que se trata es de mantener una postura reflexiva, solidaria, amorosa, empática… de modo tal de no ver a nuestros semejantes como un peligro. No nos contagiemos del virus ni de la violencia.

Toda crisis es una oportunidad de cambio y ésta tal vez nos sirva para replantearnos nuestro estilo de vida contemporáneo.

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