Crocochurro: un emprendimiento familiar que nació como un salto al vacío

Marta Borquéz y Pablo París pensaban que tenían la vida resuelta: trabajo, casa, una familia armada. Sin embargo, como en las mejores historias, la vida les desordenó las piezas del tablero y tuvieron que empezar de cero. Entonces decidieron jugarse todo por un sueño: venir a vivir a San Martín, emprender un negocio familiar y dejar atrás noches enteras sin dormir, apostando a un futuro mejor. Así nació Crocochurro.

El local de San Martín 439, en la Galería Paseo de Montañés, tiene un apacible clima de hogar aunque claro, todavía no es horario de apertura al público. Pablo y Marta llegaron temprano para prepararse antes de que arranque el segundo turno de la jornada. Él prepara los churros y ella atiende el local. Son un equipo aceitado junto a Martín, el hermano de Pablo, que ayuda en la cocina y también disfruta salir a vender por los barrios.

RSM: ¿De dónde son, chicos?

PP: Yo soy de Zapala. De chico vine varias veces a San Martín, me encantaba, pero tenía a toda mi familia allá. Marta es de Buenos Aires y cuando nos conocimos se vino a vivir a Zapala.

RSM: ¿Te fuiste a Zapala por él?

MB: ¡Sí! (Risas)

Se miran de reojo, cómplices, y se ríen orgullosos de la anécdota.

PP: A los meses de haberse mudado fue su cumpleaños y la traje a conocer San Martín. Nunca había venido. El lugar nos encantó, pero teníamos todo en Zapala: familia, casa, trabajo. En 2011 nació nuestro hijo y pensamos que ya teníamos la vida resuelta. De repente, del 2015 al 2019 la vida nos cambió por completo. En 2015 me despidieron de mi trabajo.

RSM: ¿Dónde trabajabas?

PP: En una fábrica de cemento, Loma Negra, en la que había trabajado 10 años. Después de un franco, volví a trabajar y no me dejaron entrar. Yo llegué a mi casa con una sonrisa. No quería trabajar más ahí, y Marta no podía entender que yo estuviera contento, pero era una oportunidad para poder irnos, hacer algo que nos gustara. En ese momento mi viejo estaba enfermo y decidí quedarme para tenerlo cerca, así que con la indemnización pusimos algunos locales allá. Nos fue pésimo.

En 2017 mi papá falleció y ya no teníamos nada que nos atara a Zapala. ¿Qué hago acá?, pensé, no teníamos más que nuestra casa, alquilada para poder subsistir. En ese momento tenía una franquicia de revestimientos antihumedad, con la cual me estafaron. Me asocié con gente que no me tenía que asociar y no sabía para donde encarar. Rogaba que llegara el fin de semana para que dejaran de llamarme reclamando pagos, cobros y embargos.

Un fin de semana me tocó venir a una hostería de acá, del centro, a hacer un trabajo de revestimiento. Llegué un domingo y el lunes me llamó Marta para avisarme que había fallecido mi papá. En ese momento pasó algo muy loco. Yo me fui a Zapala y volví a los dos o tres días, para terminar el trabajo. La hostería estaba cerrada y no había nadie más que yo y un muchacho que había venido a hacer unos trabajos de electricidad.

Él me empezó a dar charla. Me preguntó por mi viejo, le conté. Le conté de mis cosas y él de las suyas. En un momento me dijo: “Te escucho y me veo a mí mismo hace un año”, porque le habían pasado las mismas cosas. Se llamaba Damián, estábamos solos trabajando y hablamos una tarde entera. Me empezó a incentivar para que me viniera, me daba razones para decidirme. Esa noche no pude dormir, al día siguiente me volvía a Zapala. A la mañana vino, trajo medialunas, tomamos unos mates y seguimos charlando. Me hizo re bien hablar con él, sentí que lo conocía de toda la vida. Cuando llegué a mi casa, entré a la cocina y le dije a ella: “Nos vamos”.

RSM: ¿Qué pensaste vos, Marta, cuando llegó y te dijo eso?

MB: Pensé en el trabajo, en la casa. Me asustaba dejar nuestra casa, no sabía si la íbamos a poder dejar alquilada o no, era dejar todo sin nada seguro. En ese momento vivíamos con los $7000 de ese alquiler.

PP: Tardamos dos años en poder mudarnos, pero después de tomar la decisión era ella la que me pinchaba para irnos.

RSM: ¿Siguen en contacto con Damián?

PP: No, en un momento tuve que cambiar el teléfono, perdí los números y nunca más tuve contacto con él. Cuando llegamos acá fui a la hostería, traté de rastrearlo, pero nadie tenía sus datos, yo no sabía su apellido y la chica que trabajaba en ese entonces ya no estaba más.

RSM: Parece que estás contando una historia de fantasmas.

PP: Sí, es que fue rarísimo. Pregunté por dos meses y nadie lo conocía. No sé cómo buscarlo tampoco, solo sé que se llama Damián y trabajaba en una distribuidora.

Quince días antes de venirnos fuimos a Buenos Aires a visitar a la familia de Marta. Su hermana nos puso en contacto con un muchacho, amigo de la infancia, que tenía una churrería en Ituzaingó y él vino, se sentó con nosotros, y nos contó todo, nos dio su receta y todos sus consejos. Nunca me imaginé que se iba a sentar a contarnos todo tan en detalle, a los quince minutos de conocernos.

Entonces volvimos, vendimos algunas cosas y compramos la amasadora. Nos faltaba la churrera. Teníamos que vender la casa para poder buscar donde vivir. Pasaron muchas cosas, viste, esto lo buscamos e hicimos mucho para lograrlo. Todos me decían que nos teníamos que venir a San Martín, que era un buen lugar para gente como nosotros. Acá se puede progresar.

A medida que Pablo termina de decir esta frase los ojos se le ponen brillosos. Marta lo percibe y le agarra la mano, el brazo y la espalda con un reflejo protector. Pasan unos minutos antes de que se pueda reanudar la charla. Más tarde, al terminar la entrevista, él cerrará el relato de la anécdota de sus vidas diciendo: “Resultó que la mejor socia la tenía en casa.”

RSM: Se vinieron el año pasado y ¿cómo empezó la historia de Crocochurro?

PP: Primero pasó que encontramos una casa medianamente pagable. La nuestra todavía no estaba vendida, pero ese mismo día se la señamos. Lo pensamos una hora, parados en la costanera y lo decidimos. A los días se comunicó conmigo un amigo que se había puesto en pareja y buscaba una casita más grande. Le conté que nos queríamos mudar, que vendíamos la nuestra y así pudimos terminar de cerrar con el dueño de acá. Resolver el techo ya era un alivio, pero nos faltaba el trabajo.

Como ya teníamos los materiales empezamos a hacer churros y a vender por los barrios, haciendo delivery y en grupos de Facebook. Nos íbamos un día a cada barrio, recorríamos todo el pueblo. De a poco nos empezaron a conocer y nos empezó a ir mejor.

Cuando llegó la cuarentena ya no pudimos vender más en la calle. Entonces le propuse a Marta ponernos un local, y esta vez ni lo dudó. Encontramos este local y abrimos el 29 de julio. Lo anunciamos muy poco porque faltaban cosas, ese mismo día hasta tuvimos que arreglar cosas de electricidad. Así y todo, vino tanta gente que no pudimos salir a hacer delivery.

Con los clientes pasan cosas muy locas, nos dejan mensajes muy lindos de agradecimiento, de que les gustan los churros, algunos aplauden mientras los prueban o siguen las consignas que ponemos en Facebook. Es muy lindo eso, nunca sentí que se reconociera así el trabajo.

Hoy por hoy, después de tantas idas y venidas, de tantas decisiones tomadas, Crocochurro es un negocio familiar gerenciado con la energía de quienes hacen lo que les gusta en el lugar donde siempre quisieron estar. La de Pablo y Marta es una historia más, entre tantas otras, de emprendedores que se juegan el todo por el todo y son el ejemplo de que a nadie le va bien por casualidad.

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