Brígida Vilariño: “Trabajando con niños y niñas te conectás con lo bueno”

Docente, tallerista, impulsora de proyectos sociales relacionados a la educación y estudiante de la vida en comunidad, Brígida Vilariño es una persona de una calidez que convida al diálogo. En el marco de la semana de los derechos de la niñez y adolescencia, y del 20° aniversario del Consejo de la Comunidad para la Niñez, Adolescencia y Familia, RSM charló con ella para conocer su historia y labor.

Es un día realmente caluroso, la lluvia no llega y el sol cae de lleno sobre la tarde sanmartinense. Son casi las seis, en la calle reina el tenso silencio del primer día de vuelta a la fase 1 y Brígida interrumpe sus tareas en el patio de su casa para atender la llamada de la entrevista. Su risa alegre abre la conversación, que se dirige de lleno a su historia de vida.

RSM: ¿Dónde naciste, Brígida?
BV: Soy de Jacinto Arauz, un pueblo de la provincia de La Pampa. Ahí hice toda la primaria y sigo teniendo vínculos.

RSM: ¿Tenés familiares allá?
BV: Sí, tengo dos hermanos que quedaron allá. Después fui a estudiar el secundario y el magisterio a Bahía Blanca. Soy docente jubilada.

RSM: ¿Cuál fue tu primer trabajo?
BV: Nosotros con Francisco, mi compañero que también es docente, vinimos cuando nos casamos, en 1977, a trabajar a Chachín, que era una escuela con 70 alumnos. Estábamos en época de dictadura y trabajamos ahí 2 años. Después nos fuimos a Lago Hermoso, por 4 ó 5 años. De ahí nos trasladamos a Wilki Menuco, que es comunidad Painefilu, donde trabajamos por primera vez con una comunidad y pudimos titularizarnos como maestros. Nos fuimos moviendo por cuestiones de concurso de cargo.

Luego trabajé como directora en Trompul, donde estuve 20 años. Durante todo ese tiempo, con la experiencia del área rural, con comunidades. Y de ahí hice una sola experiencia de dos años en el área urbana, como vicedirectora en la escuela n°179, pero extrañé el aula y me volví a Trompul, que es una comunidad que amo mucho, donde hay gente muy linda.

Cuando me estaba por jubilar, pensé que no quería que fuera en Trompul porque iba a ser muy fuerte emocionalmente. Son una comunidad muy afectiva, iban a haber muchas despedidas (risas). Entonces salió un traslado a Wilki Menuco y pensé ir a ver qué había pasado en esos 20 años con la escuela en la que había trabajado hacía tanto tiempo. El contacto se mantuvo, en otros ámbitos, en fiestas del puestero o ahora por Whatsapp, me mandan mensajes para contarme: “Esta nevando, maestra”, o te avisan de embarazos y cuestiones importantes de las familias.

Los 3 últimos años los hice ahí. Fue una experiencia muy linda, cargada de emociones, en la que tuve de compañeros de trabajo a quienes habían sido mis alumnos.

RSM: ¿Cómo fue esa experiencia de trabajar a la par con ex alumnos?
BV: (Risas) ¡Re linda! Y después todos eran los padres de alumnos de ese período. No fue un inicio, sino un continuar con la labor que ya conocía. Sabía sus fortalezas y los puntos donde había que trabajar más. Fue un lindo reencuentro y una forma de capitalizar lo que habíamos hecho en ese tiempo que no nos habíamos visto.

También lo que sucedió fue que se planteó volver con proyectos que habíamos empezado tantos años atrás y no se habían continuado. Fue muy lindo.

Estuve en pocas escuelas trabajando mucho tiempo, viviendo ahí mismo, compartiendo con la comunidad y educando a nuestros hijos.

RSM: ¿Tenés algún recuerdo particular de esa época que te haya marcado?
BV: Aprendí mucho compartiendo con el pueblo Mapuche. Me formé en una época en la que había un montón de derechos que no estaban reconocidos, donde hubo reformas constitucionales y cambios que fueron modificando la perspectiva de derecho. Todo eso lo fuimos viviendo juntos, con la comunidad educativa que nos tocaba.

Los momentos más importantes han sido aprendizajes: por ejemplo, el respeto a la diversidad. Al existir ese respeto, entendés que la diferencia suma, no resta, cuando trabajás en conjunto. Lo que es diferente te hace pensar, te interpela.

Por otro lado, vivir con una cosmovisión distinta moviliza. Fueron más de 30 años transitando la docencia y hay un montón de anécdotas que ponen en valor los vínculos que construimos. Eso que te decía antes, que después de tantos años te sigan mandando mensajes con noticias o recetas. Y cuando nos reencontramos con las familias es una alegría. Nos gusta mucho ir a visitarlos, ver cómo van cumpliendo metas, valorar sus progresos.

RSM: ¿Cómo fue que decidieron venirse a San Martín desde Bahía Blanca?
BV: En la adolescencia trabajábamos en los barrios dando apoyo escolar. En los 70´era un trabajo que muchos jóvenes hacían, un servicio a la comunidad vinculado a la escuela. Eso a mí me llevó a ser docente, a pensar en que quería una docencia distinta. Entonces al terminar el magisterio, con Francisco salimos en busca de la escuela rural, de propuestas más amplias.

También fue una decisión atravesada por la dictadura. En ese tiempo la situación era compleja para los que trabajábamos en los barrios. Vinimos detrás de un proyecto educativo y de un deseo de vivir una docencia distinta, sumado a cuestiones de seguridad. Todos los que tenían alguna inquietud social tenían problemas de seguridad, aunque no militaran en ningún partido. Estábamos en riesgo.

RSM: ¿Estuviste vinculada a la Secretaría de Educación?
BV: En el 2010 ó 2011 yo estaba en una organización social de educación popular que se llamaba Risoma. En ese tiempo, en San Martín se conformó la Asamblea de las Organizaciones Sociales, entonces trabajamos en un plan estratégico para el pueblo, en conjunto con todas las organizaciones que tenían una propuesta clara de perfil de ciudad. Entre todos compartimos la formación de cada uno y nos retroalimentamos.

Cuando se eligió de intendente a Juan Carlos Fernández, tuvimos una reunión y nos pidió ocupar, como organización social, el cargo de la Subsecretaría de Educación, que recién entraba en el organigrama municipal y había que armarla. Lo debatimos en grupo y fui. Agradezco que nunca me pidieron otra cosa que no fuera representar a las organizaciones sociales.

RSM: ¿Tu cargo fue el de subsecretaria?
BV: Sí, y en ese momento me convocaron, en el Instituto de Formación Docente, a un encuentro para conocer la propuesta de Ciudad de Niñas y Niños. Ahí fue que empezamos con ese proyecto y, hoy por hoy, mi cargo es el de tallerista de los Consejos de Niños y Niñas.

En esos consejos lo que hacemos, a través de juegos, encuentros y actividades, es consultar a los chicos y las chicas sobre distintos proyectos, para conocer sus opiniones y que sus voces lleguen a políticas públicas.

RSM: ¿Cómo se llega a ese diálogo con los chicos y chicas?
BV: Nos reunimos todas las semanas en 5 lugares diferentes. Este año hemos funcionado virtualmente hasta julio y luego nos reunimos en grupos reducidos. En cada encuentro jugamos mucho, somos grandes defensores del juego como forma de expresión. Hacemos actividades recreativas para que puedan manifestar sus preocupaciones y que sirvan de disparadores para hablar de los deseos, los sueños y que podamos escuchar y entender lo que nos dicen. Después, con todo lo que se manifiesta, la mesa política lo convierte en programas. Así surgió el Camino Amigable a la escuela, los Puntos Amigables, la Escuela Bonita.

RSM: ¿Qué sensación tenés respecto al cambio hacia la virtualidad en la educación?
BV: Mirá, los chicos que tuvieron conexión lo sintieron como demasiado esfuerzo. En la presencialidad tenés un vínculo que en la virtualidad exige mucho trabajo. Los chicos que no tuvieron conexión quedaron afuera. Se perdió mucho contacto. Esto en relación a la escolaridad, pero lo que los chicos y las chicas nos dicen es que, en este tiempo, aprendieron mucho gracias al tiempo libre. Tuvieron tiempo de jugar, de ser creativos, de expresarse de otra forma. Hay momentos de enojos, de broncas, pero buscan y aprenden, absorben.

Otra cosa que les quedó muy clara fue la desigualdad social. Se dieron cuenta de las diferencias en las familias, las vivieron y las explicitan. Quedó muy en evidencia esto, porque dentro de la escuela se disimula, en cambio acá no había forma. El problema no fue solo la escuela, estuvieron muy activos absorbiendo la problemática social.

RSM: ¿Este año se cumplen 20 años de la COCONAF?
BV: Sí, 20 años. El Consejo de la Comunidad para la niñez, adolescencia y familia, en San Martín, no depende del municipio, es parte, pero depende de la comunidad y se mantiene a pesar de los cambios de gestión.

Tuvo distintos momentos el COCONAF y desde el 2011 ó 2012 pudo mantener una continuidad importante, en parte gracias a los Consejos de Niños y Niñas. Tiene la función de hacer un seguimiento de política pública y promover derechos, no ejecutarlos. Para eso se creó la Mesa Política de Participación Infantil, que es una organización más ejecutiva. Tiene una impronta de trabajo en red.

RSM: Mirando hacia atrás, después de tantos años de trabajo, ¿qué recuento hacés de esa experiencia?
BV: El recuento que hago de mis tareas es haberme dado la posibilidad de aprender. Uno no para de aprender y de incorporar el dinamismo que te da la práctica educativa.

Lo otro que rescato es que, al trabajar con niños y niñas, te conectás con lo bueno, más allá de los problemas que haya. Se generan muchas redes, desde lo positivo. Incluso frente a una situación compleja, todo lo bueno sale para acompañarlo. Uno tiene la suerte de conocer mucha gente linda y en San Martín hay una cosa, que a veces no se ve, pero que está: hay muchísima gente buena, generosa y bien intencionada, que se preocupa y colabora desde su lugar. Es hermosísimo y en esas redes te vas encontrando con todo eso.

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