Pandemia y comunicación: cuando el Estado parece que está presente, pero no está

Por Esteban Ramella - Nota de opinión

Es muy habitual ver a quienes están a cargo de la administración del Estado (en todos sus niveles) apelando a la responsabilidad social para evitar el incremento de los contagios por coronavirus. Esto es pedirle a una comunidad que cumpla con las normas sanitarias, lo cual a veces sucede y otras veces, no. Sin embargo, si bien el cumpliento de la norma es una obligación, la responsabilidad de su incumplimiento no es de la comunidad. 

En este sentido, lo que se busca va más allá de la conciencia de los actos. Estamos hablando de hábitos. Quienes trabajan profesionalmente en la implementación de campañas de comunicación saben muy bien que la modificación de un hábito no se puede sostener sólo con una regla a obedecer. Se trata de actividades cotidianas y legitimaciones culturales. Lavarse las manos de manera periódica y usar el barbijo son actos que, a esta altura deberían ser casi involuntarios. De la misma manera, no ofrecer un mate a alguien fuera del grupo familiar no debería ofender a nadie.

Pero para llegar a esto se necesita más que el compromiso de la sociedad. Podemos hacer el ejercicio de recordar campañas (algunas más efectivas que otras) orientadas a la salud como las de prevención del SIDA. Los que transitamos los años 80 no solo hemos visto avisos de televisión. Fuimos atravesados por las más diversas expresiones culturales como marchas con personas disfrazadas de preservativos parlantes, acciones donde regalaban preservativos tirados desde aviones, programas de televisión con discusiones entre dos preservativos, debates sobre si era “correcto” o no mostrar a una familia llorando a su hijo recién muerto (Benneton) o algo que nunca hubiéramos pensado que iba a suceder como ver al obelisco protegido con un preservativo gigante. En los años 80 y 90, el concepto de “estar protegido” era usar preservativo.

Las campañas contra el SIDA debieron abordar problemas complejos, como hablar de un tema tabú, a un público joven adolescente para lograr la modificación de un hábito en un ámbito extremadamente íntimo y sin ninguna posibilidad de control. Hoy vemos los resultados: una enfermedad que, aún sin vacuna dejará de ser pandemia.

Claro que estamos hablando de años de campaña, pero desde la distancia podemos observar su intensidad. Una intensidad que estuvo ausente en el caso del Coronavirus pero que está presente en las campañas electorales, en las que el Estado obliga a los medios a disponer de manera gratuita de espacios para saturar con propaganda. Con esto se logra alcanzar a una gran mayoría de los votantes en un período corto de tiempo.

Nada de esto pasa hoy en relación al Coronavirus: no hay saturación, intensidad ni creatividad. Es más, la “desinformación”  gana espacios en las redes y las discusiones son capitalizadas por quienes creen que pueden tomar un lugar representando a sectores con miedo, enojados, cansados, descreídos, abrumados, descontentos y algunos comprometidos. Y allí se juega la lucha simbólica.

El problema no es la falta de compromiso, la conciencia sobre los actos o una sociedad enojada. El problema es que el Estado, presente al momento de administrar un sistema de salud, regular actividades y establecer restricciones, se ausenta al momento de cambiar un hábito, delegando esta responsabilidad a la misma comunidad.

1 Comment on Pandemia y comunicación: cuando el Estado parece que está presente, pero no está

  1. Tal cual el estado no existe y cuando reaparece la enbarra, pero es claro que a este Gobierno el velar por mantener la grieta lo enceguece y no le permite Gobernar para todos, que es lo que debería hacer

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