Vidas Contadas: Artesanos golondrina y un sueño como destino final del viaje
En verano, acompañando el buen clima y el paisaje, es común ver artesanos viajeros desplegando sus paños en la avenida San Martín, en las plazas del centro y en la costanera. Si bien cada uno tiene sus técnicas y productos, hay algo que los une: la necesidad de estar en movimiento y un sueño. RSM estuvo charlando con algunos de ellos para conocer sus nombres y sus historias.
Henry Miller: «El destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas»

Mañana de martes. Costanera Lago Lácar. Mucho viento atravesado por tímidos rayos de sol. Roberto está de pie frente a su paño de productos, tomando mate, escondido debajo de su campera con capucha. Se sube el barbijo cuando me acerco a conversar y la mueca a cada lado de sus ojos delata las sonrisas que quedan escondidas.
Nacido en Pergamino, Provincia de Buenos Aires, trabaja todos los veranos en San Martín desde los 17 años. Enamorado de la naturaleza y la historia del lugar, siente que el lago es “una oficina muy agradable”. Tras viajar por varios países siempre se encontró volviendo, desde aquel primer verano en que vino de mochilero y fue muy bien recibido en la feria de artesanos.

Sus productos son mates con espíritu entrerriano, hechos con técnicas aprendidas a orillas del Río Paraná. En Gualeguay aprendió a trabajar la calabaza y a cincelar el metal para agregarle guardas en alpaca. “Me enseñaron a trabajar con las formas”, dice, hablando de sus maestros.
Terminado el verano deberá volver a Pergamino, donde tiene un proyecto de ecoaldea con cuestiones que debe definir. Luego será el turno de volver a San Martín, a perseguir el sueño de una vida basada en la permacultura: “es un estilo de vida en armonía con el medio ambiente, trabajando la madera, el barro, haciendo huerta y tratando de no generar tanto impacto en el terreno. La idea es circular con la energía del lugar”.
Jack Kerouac: «Independientemente de cómo se viaje, de los atajos que se tomen, del cumplimiento o no de las expectativas, uno siempre acaba aprendiendo algo»

Medio día de miércoles. Avenida San Martín y Belgrano. Densa nubosidad y viento frío. Satia está sentada en un cantero, en plena esquina, trenzando unos hilos de macramé. Me siento a charlar con ella y mientras me cuenta la historia, sus dedos bailan de memoria, continuando la labor. En tanto, a nuestro alrededor, la vorágine de la avenida se mueve acompañada de la música de un violinista.
Nacida en San Martín, empezó a viajar hace 10 años, buscando herramientas que le sirvieran para realizar un sueño. Recorrió Latinoamérica, Europa y vivió en diferentes lugares, siempre haciendo artesanías. Aprendió técnicas de macramé y joyería de diferentes maestros, todos artesanos que fue conociendo en el camino.
“Hacer cosas con tus manos te permite la libertad de poder llevar tus herramientas a todos lados y manejarte con eso. Viajar, conocer y encontrar un lugar para hacerlo parte de uno y construir un hogar”, dice, mientras acomoda pulseras de colores vivos y agradece a una clienta que pasó a saludar y a mostrar que lleva puesto el anillo que le compró el día anterior.

Su mayor herramienta de trabajo son sus manos, con las que hace, además de joyería con piedras y pulseras de macramé tejido, unos plantines de suculentas que dice: “son otra de mis pasiones”. La elección de estas técnicas fue fortuita, gracias a la experiencia del día a día: “Cuando estaba viajando, conociendo otros artesanos, una vuelta me regalaron hilos y me empezaron a enseñar a trenzarlos. El macramé es una terapia, te concentrás en hacerlo y estás ahí. Es muy lindo lo que se genera en cuanto a comunidad, cuando buscas un lugar para tirar el paño, hay un acompañamiento y se genera una fortaleza entre todos los que están vendiendo algo. Mientras más unidos estemos, mejor.”
Más allá del destino, la necesidad de movimiento ligada a la búsqueda de algo que no dialoga con convenciones parece ser el denominador común para aquellos que llevan su vida a cuestas. Como dice esa canción de los 80, la vida es un viaje, y como tal, se vive kilómetro a kilómetro. Lo importante es detenerse, cada tanto, a mirar en derredor.



El día que Robertito sea artesano y no chanta de reventa Macri pagará la deuda del correo…..