Casas Contadas – Capítulo 9: De cómo nació y creció la Escuela 86 “Batalla de Maipú”

A medida que el pueblo fue creciendo, sus familias aumentando y los más chicos alcanzando la edad escolar, la necesidad de crear nuevos espacios educativos convocó a los vecinos. En esta nueva entrega, la historia de la Escuela 86 será contada por quien fue su docente más antiguo: Alejandro Fiori.

Con su techo verde y sus paredes de madera mitad celeste con blanco, esta construcción en forma de ele se distingue fácilmente desde la ruta 40, a la altura del barrio Vega Maipú. Una vibra cálida se desprende de su imagen. El patio grande en el medio, el árbol que queda rodeado -abrazado- por la escuela. 

Sobre el terreno donado por Mercedes del Carmen Novoa, su construcción fue gestionada por la comisión vecinal, presidida por Domingo Ragusi. Colocada la piedra fundacional en octubre de 1925, se inauguró en 1927 y en 1939 se hicieron ampliaciones de la biblioteca y dependencias. En 1931 comenzó a funcionar allí la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia y en 1941 la Cooperativa Escolar General Rudecindo Roca.

Sin embargo, esta no fue su primera locación. La casa de Pío Domingo Protto, cedida al Consejo Nacional de Educación, albergó 104 estudiantes, desde septiembre de 1925, mientras se esperaba la terminación de la construcción definitiva. Sus primeros alumnos fueron pioneros de Vega Maipú y estancias aledañas.

Junto con la Escuela 5 y la escuela de Quila Quina, son las instituciones educativas más antiguas del pueblo, ubicadas en lugares estratégicos para el entonces Plan Nacional de Educación. Con el crecimiento del barrio, la escuela necesitó una ampliación, que llegó en 1980, con la inauguración de un nuevo módulo con cuatro aulas y la dirección.

En 1991 ingresa a trabajar como docente Alejandro Fiori, quien pasará en la Escuela 86 los próximos 27 años, ejerciendo como maestro de primer ciclo y director hasta 2018, año en que se jubiló. Si me permiten -solo por hoy- comenzar por el final, Alejandro cerrará la charla diciendo: “Esta escuela fue para mí la posibilidad de vivir una enorme y profunda experiencia con niños que dura toda la vida y te hace ver el mundo de otra manera. Lo primero que me viene cuando pienso en ella es mucha emoción, por haber vivido vínculos genuinos y francos recíprocos.”

Por aquellos primeros años, la Colonia Agrícola Vega Maipú estaba formada por lotes pastoriles, quintas y estancias. Hasta 1996 la escuela funcionó con nivel inicial y cronograma rural, de septiembre a mayo, finalizando el día del acto por el 25 de mayo. Sus primeros alumnos fueron miembros de familias pioneras, como Sepúlveda, Saavedra, Novoa, Bravo y Torres.

Durante 1992 y 1993 funcionó en sus aulas la Escuela Monotécnica y Centro de Capacitación Laboral. El crecimiento y urbanización de los barrios Vega Maipú y Vega San Martín propiciaron la demanda de una escuela secundaria, a pedido del grupo de madres y padres de los alumnos.

Para atender esta necesidad, un proyecto impulsado por la docente Laura Cotesccu posibilitó que la promoción 1996 terminará séptimo grado en medio año, asistiendo doble turno, para poder comenzar el nivel medio a comienzos de 1997. Esto generó un cambio de cronograma y una profunda reorganización educativa.

Alejandro recuerda especialmente a Irma Rodríguez y Bristela Bravo, auxiliares de servicio, que “se ponían la escuela al hombro, conocían a todos los chicos, cocinaban y preparaban la leña para calefaccionar. Nosotros también ayudábamos. Nos hacíamos cargo de muchas tareas que no nos correspondían por dar solución ante la ausencia de los organismos correspondientes. Uno las hacía con gusto, lo que no implica un voluntarismo inconsciente.”

Otro recuerdo viene relacionado a Antonio Ruiz, quien fuera director de la escuela desde 1979: “una persona muy presente e involucrada en las problemáticas domésticas de los estudiantes. Siempre fue una escuela con confianza por parte de las familias y con participación de los vecinos. Había muchas instancias de encuentro. Todos participaban en los actos patrios, trabajando para que sean significativos. Teníamos una dirección abierta, con mucho debate y jornadas de reflexión.”

Cuando le pregunto por alguna anécdota que recuerde de sus clases, Alejandro menciona a Benedicto, un alumno que comprendió solo el método del silabeo y quería ayudar a sus compañeros a llegar a la misma conclusión, pasando al pizarrón y explicando él mismo, muy compenetrado en su descubrimiento. “También me acuerdo de otro chico que estaba fascinado con los cuadernos y escribía su nombre, de a una letra por hoja.”

Finalizando la charla, luego de haber recorrido con la imaginación muchos años de historia y recuerdos, el maestro Fiori concluye: “Yo elegí enseñar por los vínculos que podemos generar. Lo más fascinante son las preguntas que surgen en el aula y se contestan trabajando juntos, con debate y reflexión. Son experiencias que te llevas para siempre.”

Fotos: Federico Soto.
Información y fotografía histórica: “San Martín de los Andes: pueblo + arquitectura”; Arq, René Gingins, Arq. María Lovato, Arq. Stella María Solanas; 2014.

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