Casas Contadas – capítulo 33: la casa de veraneo que nos permitirá recordar a un personaje muy querido

Desde el inicio de este ciclo, hemos puesto el foco y husmeado dentro de muchas casas antiguas, todas poseedoras y guardianas de tantas historias. Supimos de algunas tradiciones, lugares de recreación que ya no existen, paisajes que parecen muy distantes. Recorrimos calles, cruzamos arroyos y atendimos a la descripción cotidiana de varios vecinos muy apreciados por la comunidad. Hoy nos toca conocer la historia de José Antonio Schroeder, un médico que eligió nuestro puedo para su descanso y a cambio supo dejar una linda huella.

Foto: Federico Soto

Vamos a pararnos de cara a la tranquila y acogedora casita de madera, ubicada en Juez del Valle 220, frente a la Universidad del Comahue. A simple vista no será fácil apreciarla, pues un hermoso e imponente árbol de tilo se cruzará en nuestro camino. Sin embargo ahí está, rodeada de un lindo parquecito, en silencio y al resguardo del tiempo. La vemos de costado, orientada de forma perpendicular al peñón, con una distribución alargada y dos pequeñas ventanas en el piso superior. Como si recién hubiera sido extraída de una guía turística, la postal nos regala algunos rayos de sol que se filtran por entre las copas de los árboles, en una cuadra tranquila, a pasos del arroyo.

“Esa casa la mandó a construir mi bisabuelo en 1955, como lugar de veraneo. Él era dermatólogo y vivía en Buenos Aires pero viajaba de vacaciones en la temporada. Antes, todo eso era terreno fiscal. Originalmente la propiedad tenía 1 hectárea, entre Juez del Valle, Rohde y el peñón. Con el tiempo mi abuelo y mi papá terminaron de lotear”. Esta primera información viene a través de una comunicación transatlántica con Cristian Schroeder, que actualmente reside en España. “Mi papá, Gustavo, fue el primero en vivir realmente en el lugar. La casa de adelante aún tenía las cosas de mi abuelo y papá se había mudado a una casita en el fondo, donde también tenía su taller”, agrega, refiriéndose a la década del 80 y 90.

Foto: Federico Soto

Gustavo Schroeder trabajó como orfebre en el pueblo durante muchos años y Cristian, en los años de su primera infancia, lo acompañaba a buscar piezas para reparar en diferentes comercios. “Los tilos de la entrada en realidad son dos árboles cuyas copas se unen. Creo que fueron plantados junto con la construcción de la casa. En verano se ponía una hamaca paraguaya entre los dos para descansar a la sombra y soportar el calor”, relata este hijo, nieto y bisnieto.

Su memoria me conduce a hablar con otra vecina del pueblo, doña Lucrecia, que trabajó muchos veranos en la casa de los Schroeder y fue muy amable en compartir sus recuerdos. Nacida en San Martín, se crió con su abuela en Quila Quina, experiencia que afirma la hizo fuerte y saludable: “Crecí tomando leche de chiva y comiendo lo que cultivamos. Por eso tengo casi 84 años y cuido sola de mi jardín. Me subo a la escalera y salgo a caminar todos los días”, me explica, mientras entramos en confianza, charlando en la vereda, disfrutando del sol.

Foto: Federico Soto

“Empecé a trabajar para ellos por recomendación de una cuñada que conocía a los encargados del lugar. Eran Ramón de la Coste y su mujer, Soila. Ellos vivían todo el año ahí, en la casita de atrás, cuidando la casa y el jardín, y cuando venía el señor en la temporada, lo asistían y ella cocinaba. Ramón hacía colchones con lana de oveja y una funda de tela que cosía Soila. Andaba en bici por todos lados, incluso cuando ya era mayor”, cuenta Lucrecia, y parece que el recuerdo la incita a llevar las manos entrelazadas al pecho, un gesto que sostiene cada vez que habla de ellos.

“En ese tiempo mi hijo era chiquitito y ahora tiene 52 años, así que te hablo de hace más de 50 años, cuando trabajaba allá. Me acuerdo que el nene, Gustavo, era chico y venía a veranear con los abuelos. Tendría 8 o 9 años y los acompañaba en todos los paseos y caminatas. Era tranquilo y buenito. Solían comer afuera, en el patio, siempre que podían. El terreno era grande y estaba lleno de flores. Selva, la mujer de José Antonio, se ocupaba mucho del jardín. Por eso había un cartel de madera, en la entrada, con el nombre Madre Selva. No sé si seguirá estando”, dice Lucrecia, y se queda pensando, quizás en ese detalle tan dulce. 

“La casa tenía todos los pisos de madera. En esa época se hacía todo así. Lo que me acuerdo es que había muchas alfombras y cositas tejidas con telar mapuche, colgadas en las ventanas y en torno a la puerta. Eran regalos que le hacían al doctor porque cada vez que venía de vacaciones traía una caja enorme llena de remedios y atendía a los vecinos gratis. Se sentaba en el patio, a la sombra, y conversaba mucho con ellos. Venía mucha gente de campo a atenderse con él y los trataba muy bien. Eran los dos muy amorosos, trataban muy bien a todo el mundo”, cuenta nuestra vecina, un poquito emocionada, aún con las manos entrelazadas sobre el pecho.

Foto: Federico Soto

Además recuerda un hogar a leña que había en el comedor, una cocina con garrafa y un piso superior con habitaciones. “En ese momento, enfrente no estaba la universidad. Había un basurero y un aserradero. Cuando llovía se rebasaba el arroyo y en invierno nevaba muchísimo”, concluye Lucrecia. Su marido, Américo Foser, trabajó desde los veinte años en Parques Nacionales, donde también se desempeñan su hijo y nieto. 

Para terminar de pintar un lindo recuerdo sobre este lugar, hablamos con otra vecina de San Martín, Cecilia Lazzari, quien alquiló la casa en 1979, junto a Mariana Sanchez, para instalar sus consultorios de psicología. “Estuvimos más de 5 años trabajando allí. Era un lugar hermoso, lo cuidamos mucho porque tenía una muy linda energía. Toda de madera, despedía un aroma riquísimo, que se combinaba con el olor a tilo y a las plantas de madreselva del jardín”.

Foto: Federico Soto

En el espacio que otrora fuera sala de estar Cecilia instaló su consultorio: “Tiramos la moneda y a mí me tocó ese lugar grande con chimenea a leña. Todas las mañanas llegaba y prendía el hogar. A Mariana le tocó el otro cuarto, con estufa a Kerosene, y el estar que se abre ni bien se ingresa a la casa era donde teníamos la recepción. Luego estaba la cocina y una despensa en la que habíamos armado el archivo de historias clínicas”, relata nuestra vecina. 

Las casas antiguas suelen tener vida propia. Cecilia afirma que cada tanto la canilla de la cocina se abría, inquietando mucho a la secretaria. Las demás se lo tomaban con humor, asociando los otros sonidos propios del lugar con la sensación acogedora de hogar que sentían: “Empezamos a saludar cada vez que entrábamos, por respeto a toda esa energía propia de la casa. Trabajamos mucho allí, con grupos, dando charlas y cursos. Había un ambiente muy lindo, nos juntábamos a estudiar en el jardín, bajo los árboles. Es una casa que atrae y resguarda”, concluye.

Son varias las voces que integran este relato, cada una desde el rol que le tocó tomar respecto a este lugar. Recordar, entretejer vivencias y conocer partes de la historia que otro aporta son algunos de los ejercicios que surgen de estas conversaciones entre vecinos. Esperamos seguir recorriendo más calles y escuchando más historias para seguir dando voz a aquellos que ya no están. 

2 Comments on Casas Contadas – capítulo 33: la casa de veraneo que nos permitirá recordar a un personaje muy querido

  1. Que linda historia, y esos arboles que belleza !

  2. Hola me quisiera contactar con quien escribió esto. Soy santi bisnieto también 1154968373

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