Crónicas Bomberiles: Capítulo 8 «El vuelco del móvil 18»
Para mis compañeros de dotación, especialmente para Rody Bello que eligió el mal menor y salvó varias vidas con su maniobra.
Para Agustín Almaza.
Para el personal del hospital de San Martín de los Andes.
Todo lo anterior al vuelco lo recuerdo perfectamente, en secuencia prolija. Es una tarde de sol y bajo a hacer las compras para la cena. De regreso paso por el cuartel y veo asomar la trompa del Móvil 18 con balizas encendidas. La sirena suena al mismo tiempo que Rody Bello me hace señas para que estacione y me sume a la dotación. Encuentro lugar justo frente al templo vecino al Cuartel y le aviso al Cuartelero que dejo las compras en la caja de la camioneta.

Accidente cerca de Nonthué. Me siento atrás, junto a la puerta derecha. Voy cantando “Los Sesenta Granaderos” y pensando en Mené que seguro escuchó la sirena y la radio de casa. Tal vez ya se enteró que estoy en la dotación. El sol todavía entibia con sombras no tan largas. Voy a volver a tiempo para las pizzas caseras.
Cerca de Quilanlahue, en una curva, nos encontramos con una pick de contramano que volantea para acomodarse pero el trailer con el bote se demora en responder al volantazo y queda cruzado delante nuestro. Rody lo esquiva y dejo de escuchar el ruido de las piedras bajo los neumáticos del móvil.
“Volcamos!” alcanza a gritar Rody y trabo mi brazo en el barral porque sé que si no lo hago soy candidato a salir despedido por la puerta lateral. Siento un dolor tremendo en la zona del codo y estoy boca abajo. La cabina se llena de polvo y de vidrios mientras la mole se arrastra invertida. Pienso en Mené, y espero que no haya escuchado que estoy en la dotación.
De lo que sigue tengo fragmentos, fotos sin sonido, sonidos sin imagen. Una sensación de fragilidad enorme.
Efectivamente, mi puerta estalló y se dobló, lo que me permite arrastrarme boca arriba y salir del móvil. Las ruedas traseras todavía están girando. Me exploro todo el cuerpo, la cara y la cabeza en busca de lesiones. Lo saco a Beto que grita que le está cayendo combustible, por suerte es el agua del tanque que colapsó. Aparece Alan y me pregunta por Eduardo. Rody está de pie frente al móvil, lo mira incrédulo. Eduardo grita del otro lado y lo ayudamos a incorporarse, se toma el costado derecho.
Se detiene Agustín Almaza y ve que estamos maltrechos pero en pie. Sigue camino tras la camioneta que provocó el accidente y se dio a la fuga. Avisa por radio al cuartel y a la policía. Nos organizamos para continuar hacia el servicio de rescate. Las persianas están trabadas y con Alan no tenemos más opción que forzarlas para juntar el equipo.
Llegan autos particulares y ambulancias. Rody se queda con el móvil, Eduardo es llevado al hospital y nosotros tres continuamos hacia el vuelco cerca de Nonthué. Terminamos de atender a las familias y ahí empezamos a caer, literalmente. Primero cae Beto que se toma la espalda, Alan se sienta en silencio y yo quiero gritar que me quiero ir a mi casa, pero me acuesto y miro el cielo.
Le levanta mi amigo y camarada Caco Fuser, me lleva al hospital. Pasamos raudos por San Martín porque armaron cordón sanitario y veo gente agolpada en las bocacalles. Le pregunto si pasó algo y me mira serio.
“Volcaron Tyncho, eso pasa”.
Me deja en la guardia con los ojos rojos, no lo dejan pasar. Me revisan el brazo, me duele mucho. Me dan un par de pastillas, no pregunto qué son, pero me imagino que una es para el dolor del cuerpo y otra para el dolor del alma.
Me paro y empiezo a deambular por la guardia. Me cruzo con Alan, lo abrazo. Vemos a Edu en una camilla, está OK pero con mucho dolor, lo mismo que Beto.
Llamo por teléfono a Mené y no me deja hablar.
“Si estás bien, volvé a casa!” Es una mezcla de preocupación, súplica y reto.
Finalmente, viene al hospital y me dan el alta. Me lleva al Cuartel con Pablo Saralegui, mi vecino que bajó con ella. Cuando entro me recibe Seba Torcivia y me lleva al vestuario, me ayuda a cambiarme. Salgo y veo al personal armando el Móvil 6 como salida de rescate con todo el material que se retiró del 18. Levanto una mano y veo que levantan la de ellos.
Veo que alguien se ocupó de las compras y de mi camioneta.
Igual no hay pizza para la cena. Ni cena tampoco.
Por Ing. Martín Comesaña
Las Crónicas Bomberiles son un homenaje a cada mujer y a cada hombre del voluntariado bomberil argentino.
Son historias reales vividas durante mi paso por el cuartel de bomberos de San Martín de los Andes. Algunas son tristes, otras son tensas, las menos son alegres. Un poco como el servicio bomberil.
Por razones obvias, en algunos relatos, evito dar precisiones de lugares y fechas. Que el dolor sirva para la historia y no al revés.
Quiero agradecer a mis camaradas por permitirme nombrarlos. Son la cara visible de un universo silencioso y aguerrido que está dispuesto a dejarlo todo para dar una mano al que lo necesita.
Por último, quiero agradecer a Realidad Sanmartinense por sumarse a este homenaje.
Ing. Martín Comesaña



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