El cristo de la frontera de Pakarati, amenazado

Por Ana María de Mena (*)

Rapa nui se llama, en idioma nativo, a la Isla de Pascua, ubicada en el Pacífico, a 3.700 km de Caldera, Chile, y a más de 4.200 km de la Polinesia francesa. Sus primeros habitantes procedían de las islas Marquesas (año 600) y debido al aislamiento geográfico mantuvieron idioma, costumbres y creencias hasta la llegada de navegantes europeos en el S XVII.

Más tarde, expediciones esclavistas primero, y misioneros cristianos después, modificaron los modos de vida. Sin embargo, no alteraron la cosmovisión de los habitantes y aunque fue divulgado el catolicismo, se mantuvieron las tradiciones. Una de ellas era la agrupación social en clanes, que alternaban la jefatura de la isla siguiendo ritos ancestrales.

Talla típica de la cosmovisión pascuense, en foto de Ariel Maxit de Mena.

Actualmente, y desde 2007, gracias a una reforma constitucional, la isla fue incorporada a la República de Chile como una provincia con tratamiento de “territorio especial”.Justamente, en Hanga Roa, el puerto y ciudad cabecera con el poblado más importante de Rapa Nui, nació Ricardo Pakarati Atam, el 6 de junio de 1941. Era el hijo menor de Mariana Atamu Pakomio, la primera maestra de la isla, y de Leonardo Pakarati Ranguitaki, dirigente ecologista fallecido a los 107 años. 

Rapa nui es famosa por los moais, las grandes cabezas antropomorfas que atraen visitantes internacionales, que también acceden a la música, la danza, la gastronomía y las tallas en madera, las expresiones culturales que sobresalen. Respecto a éstas, las formas de realización fueron transmitidas oralmente de padres a hijos y persistieron, a pesar de la acción de los misioneros que ordenaron quemarlas porque las consideraban paganas y un obstáculo para la evangelización. Como eran piezas de intercambio y venta a los visitantes, fueron un medio de subsistencia. Así se conservó el oficio.

En el Museo Antropológico de Rapa Nui dicen de los talladores: “Gozan del alto reconocimiento dentro de la sociedad rapanui, pues se los considera como continuadores de una tradición milenaria y portadores de un saber exclusivo heredado de los ancestros. Sus relatos y experiencias permiten conocer en profundidad el oficio de los maori tarai, como se denomina a los maestros talladores: la forma en que adquieren sus conocimientos y destrezas, las fuentes de su iconografía y la visión histórica que tienen de su propio quehacer».

Asunción del presidente chileno junto a Manahí Pakarati

Ese museo destaca la labor continuadora de la tradición de los artesanos Luis Hey, Alejandro y Andrés Pakarati, Hugo Teave y George Tuki. Los Pakarati integran el segundo clan en importancia y cantidad de miembros que pobló la isla. Confirmando su significación histórica, el presidente chileno Boric nombró como directora General de Ceremonial y Protocolo a Manahi Pakarati, quien llamó la atención el día de la asunción por la indumentaria nativa que lució. Pertenecer a una familia arraigada favoreció que la designaran.  

En 1976, Ricardo Pakarati llegó desde la isla al continente y -para alejarse de la dictadura pinochetista- viajó a nuestro país. Cuando conoció San Martín de los Andes se enamoró del lugar y decidió quedarse. Aquí vivió en Villa Paur y se sostuvo vendiendo algunas artesanías en madera, hasta que empezó a trabajar haciendo la carpintería de edificios.

Contorno del ave sagrada pascuense en la pieza de Pakarati. Foto de Ariel Maxit de Mena

Formó su hogar con Rosa Aguayo, con quien tuvo una hija, Selva Silvestre, nombre para el que debió sortear obstáculos, ya que no figuraba en los listados de los admitidos en el país. Se adaptó a las modalidades locales y conservó las tradiciones ancestrales heredadas. Hablaba perfectamente el rapanui y bien el castellano; se alimentaba según las antiguas costumbres de su pueblo, pescaba y confeccionaba las redes para la actividad. Cocinaba sobre piedra bocha caliente las truchas que obtenía en los lagos patagónicos, emulando el tunju ahí, de su tierra natal. También siguió desayunando con el po’e que comía en la infancia, elaborado con plátano, harina y huevo. “En su casa nunca faltaban las bananas”, recuerda la hija.

La impronta rapanui

Hábil en el manejo de la madera, trabajó en la carpintería de varios edificios del pueblo, entre ellos la Parroquia San José. Para el templo también confeccionó algunos muebles y los bancos, según cuenta Selva. Pakarati también realizaba tallas que vendía o regalaba. Algunas hosterías y vecinos compraron piezas en las que él plasmó detalles de la cultura rapanui.

La Crucifixión cuando estaba en el altar de la iglesia San José. Foto del archivo parroquial

Una de esas improntas es la inclusión de manutara, ave sagrada representada en el arte pascuense, que dio origen a una carrera ritual en la que los participantes debían partir desde una aldea ceremonial, bajar por el acantilado de un volcán y nadar entre tiburones hasta un islote. Los sobrevivientes debían tomar el primer huevo del manutara, regresar sin romperlo y entregarlo al jefe del clan. Quien lo lograba se convertía en el “Tangata Manu” u “hombre pájaro” que gobernaría la isla al año siguiente.

Pakarati dejó grabada y tallada el ave símbolo, en piezas que se encuentran en San Martín de los Andes. Entre otras obras, trabajó haciendo bancos y muebles para la iglesia San José inaugurada en 1979. Como el crucifijo que estaba en la antigua capilla era chico para las dimensiones del nuevo templo, propuso al sacerdote Ciro Brugna realizar otro. Así fue que talló en madera de raulí la figura de Cristo y para hacer las manos tomó las suyas como modelo, que hizo contornear con un lápiz sobre papel para reproducirlas en la obra. El rostro que plasmó tiene rasgos maoríes. Esas facciones que no eran las tradicionales, originaron resistencia en algunos vecinos, acostumbrados a las representaciones clásicas. 

El rostro de rasgos maoríes en la imagen tomada por Eric Schroeder.

“Lo hizo espontáneamente; él no quería ofender con su estilo, además mi papá pertenecía a la fe católica… y decidió no firmarlo una vez que lo terminó porque decía que para el artista lo importante es la obra”, señala su hija.

En esos años en las localidades cordilleranas se había vivido con mucha zozobra el conflicto limítrofe con Chile, debido a los vínculos familiares de los pobladores de los dos países. Cuando finalizó la amenaza de un enfrentamiento armado, en diciembre de 1980 por mediación papal a través del Cardenal Antonio Samoré, llegó el alivio para los vecinos. Entonces, alguien sugirió trasladar la Crucifixión de Pakarati a las proximidades de la frontera cerca del paso Hua Hum.

El autor de esa obra se sintió honrado con la decisión porque percibió el gesto como una prueba de hermandad. De tal modo, ocho meses después de haber sido colocado en el altar de la parroquia San José, el crucifijo fue trasladado en una camioneta por Ángel Dagnino y el sacerdote Ciro Brugna, a un sitio al costado de la Ruta Provincial 48, muy cerca del límite con Chile. Fue el 13 de enero de 1985 y desde entonces se lo llama Cristo de la Frontera y Cristo de la Paz

Anverso de la estampita impresa para el día en que se entronizó el Cristo de la Paz en Hua Hum

La feligresía acompañó la imagen; concurrieron autoridades, representantes de instituciones de nuestro país y de la iglesia de San Sebastián de Panguipulli. Se realizó una misa en el altar escoltado por las banderas de Argentina y Chile, ante la multitud que pudo oír los rezos por los altoparlantes instalados.

Después de esa oportunidad, anualmente continuó la convocatoria para un encuentro fraternal que, generalmente, se hacía en enero, en coincidencia con la festividad de San Sebastián. Así fue durante muchos años.

Obra emblemática y única

Pakarati continuó la vida familiar y de trabajo. Separado de la madre de Selva, se casó nuevamente en 1983. Por sus aportes, en los años ’80 recibió las “llaves de la ciudad” cuando fue distinguido como ciudadano ilustre de San Martín de los Andes. Falleció en Neuquén el 22 de diciembre de 2004.

La persistente influencia del arte occidental clásico, prácticamente consagratorio y casi excluyente de otras expresiones, contribuyó a invisibilizar las manifestaciones estéticas autóctonas, menos habituales en las galerías, los museos y los circuitos culturales establecidos. Esto ha incidido en la valoración de piezas que representan producciones menos frecuentes, pero igualmente preciadas, como el caso de muchos testimonios del arte nativo.

El Cristo de la Frontera, o Cristo de la Paz, en la foto de Eric Schroeder

Daniel Schavelzon y Ana Igareta en el análisis de la colección del arte rapanui del Museo Etnográfico de Buenos Aires decían: ”…era mestizo y, por ende, culturalmente degradado”.Sin intención de polemizar, vale preguntarnos ¿Qué determina el carácter de lo artístico? ¿Quién dictamina sobre lo que es bello y lo que no? ¿Acaso el arte no es una manifestación de la condición humana sin reglas fijas?

En todo caso, el reconocimiento a las tallas de Ricardo Pakarati, como el Cristo de la Frontera debe considerar la calidad técnica de su factura y el acabado impecable que responden a una tradición ancestral incontaminada por el aislamiento durante centurias de Rapa Nui. También tiene el valor agregado de haber sido confeccionada por un vecino sanmartinense oriundo del otro lado de la cordillera.

En setiembre pasado se presentó una ponencia para preservar el Cristo de la Paz en el 1° Congreso de Patrimonio Cultural de San Martín de los Andes y entre las recomendaciones se incluyó gestionar ante quien fuera necesario, acciones para protegerlo. En el PNL, que tiene injerencia en el territorio donde está la obra, hubo trámites en tal sentido desde abril último. Desde allí informan que se “evaluará la posibilidad de realizar las gestiones correspondientes ante las autoridades pertinentes” con esa finalidad. 

Mientras tanto, casi un año después del Congreso y luego de meses de trámites ante el PNL, la intemperie sigue deteriorando la madera en que fue concebida y amenaza su integridad. No se conocen acciones para evitar su deterioro. La obra tiene historia propia porque presidió el altar de la parroquia San José y se entronizó como una muestra de fraternidad. Es, también, una expresión cultural única y significativa.   

(*) anamariademena@gmail.com

Fuentes informativas

http://www.registromuseoschilecl Museo Antropológico Padre Sebastián Englert“Las esculturas de Rapa Nui (Isla de Pascua) en el Museo Etnográfico de Buenos Aires” por D.Schavelzon, A.T. Igareta, M. Silveira, UNLa PlataEntrevistas a Selva Silvestre Pakarati, Roberto Ernesto Pfister y Ángel Dagnino.

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