Una piedra, un nombre y veinte años de amistad: la historia detrás de “Etilafquen”, el símbolo que une a un grupo de amigos en San Martín de los Andes

En el verano de 2004, un grupo de seis amigos llegó por primera vez a San Martín de los Andes sin sospechar que ese viaje sería el comienzo de una tradición que ya lleva más de dos décadas. Venían a “curar el alma”, como dicen hoy, a sanar heridas acumuladas y a encontrar en la Patagonia un refugio emocional que, año a año, se volvió imprescindible.

La idea surgió casi por casualidad. Tras finalizar un desarrollo industrial en San Juan, y en medio del asado de festejo junto a profesionales de distintas áreas, uno de ellos escuchó relatos de viajes de amigos que se reencontraban anualmente. Algo se encendió ahí. A su regreso, conversó con su esposa y lo entendieron: era tiempo de habilitar ese espacio para la amistad. “Entre todos nuestros amigos nos resulta más difícil encontrarnos para un asado que fijar un viaje al Sur”, recuerda. “Venir acá es una cura para el alma”.

Aquel primer viaje estuvo cargado de humor y desinhibición, al punto que terminaron recreando una escena al estilo The Full Monty que, hasta hoy, sigue siendo un recuerdo reservado para la intimidad del grupo.

Los buzos, los apodos y la identidad del grupo

En ese debut patagónico surgió también la idea de crear buzos con sus apodos, como si fueran egresados. La ocurrencia nació espontáneamente, y cada sobrenombre tiene su historia. Uno de ellos, bautizado “7 + 7”, recuerda que el número surgió observando la larguísima cola para entrar a un boliche en San Bernardo: “Si la entrada sale $7, hagan la cuenta… 7 + 7 + 7 + 7”, bromeó entonces. Hoy, dos décadas después, todos conservan aquellos buzos.

La llegada del “Indio” Ricardo

Un año, un séptimo integrante se sumó al viaje: Ricardo, a quien llamaban el Indio. Artesano, militante del Partido Comunista, “un loco más sano que la avena arrollada”, como lo describen entre risas. Su humor, sus discusiones apasionadas y su mirada del mundo le dieron un tono especial a la convivencia en Paihuén, aunque su estricta coherencia ideológica hizo que ese fuera su único viaje con el grupo.

Ricardo era un creador incansable. Esculpía piedra, tallaba madera, trabajaba el cuero y la alpaca. Tenía locales en el Puerto de Frutos donde vendía sus piezas, un oficio que hoy continúan sus hijos.

Nace “Etilafquen”, la piedra que se volvió símbolo

Fue él quien dio origen al símbolo que los seguirá uniendo para siempre: la piedra grabada con la palabra “Etilafquen”. La idea surgió de manera espontánea cuando el Indio confesó que había viajado con sus cinceles. En una primera piedra, de granito, escribió “Etilaufquen”, con una letra de más. Luego la reemplazaron por otra más blanda y corrigieron el grabado. La original quedó canjeada por una pizza en un wine bar de Paihuén.

“El momento en que vimos la obra terminada fue trascendente”, cuentan. El nombre se vinculaba al humor interno del grupo, a su gusto por el vino y a ese mundo íntimo que formaron con el paso del tiempo.

El legado de un amigo

Ricardo falleció temprano, demasiado pronto. Pero su huella quedó en esa piedra, en su energía y en las conversaciones que, pese a la distancia ideológica, siempre terminaban en risas y brindis.

El Sendero de la Paz y una decisión silenciosa

Cuando Paihuén decidió no conservar la piedra, buscaron un lugar donde pudiera permanecer. Fue uno de ellos quien encontró el Sendero de la Paz en San Martín de los Andes y sintió que ese debía ser su sitio. No pidieron permiso: “Imaginando el ‘NO’, la colocamos igual, esperando que sobreviva al tiempo y que no sea destruida”.

A veces ven que los visitantes se detienen a sacarle fotos. “Me gustaría saber qué piensan —admite uno de ellos—. Probablemente no conozcan la historia detrás de esa palabra”.

Veinte años después: la serenidad, las risas y el ritual

Hoy, a sus 68 años, vuelven cada temporada. Ya no viajan con la ansiedad de descubrir nuevos rincones: conocen cada camino, cada vista, cada silencio. Pero mantienen los mismos rituales: decidir qué comer, qué beber y dónde. Lo hacen con menos exceso que antes, pero con la misma alegría.

“Nos queremos a pesar de nuestras enormes diferencias”, aseguran. Y también saben disfrutar de lo simple: pueden pasar horas en silencio frente a un fuego, acercando ramitas, observando la llama. “Y cómo se disfruta”, dicen.

La piedra que queda para siempre

Hoy, “Etilafquen” no es solo una palabra. Es un punto en el mundo que eligieron dejar como testimonio. Si la piedra sobrevive el paso del tiempo, confían en que hijos y nietos seguirán visitándola, preservando la historia de una amistad que ya dejó huellas en San Martín de los Andes.

Si pudieran hablarle a Ricardo, le dirían que fue “un loco lindo que soñaba con un mundo imposible… ni ricos ni pobres”.

En cada regreso al Sendero de la Paz, el grupo vuelve a encontrarse con él: en las risas, en los recuerdos y en esa piedra que, sin proponérselo, se convirtió en un pequeño monumento a la amistad, construido con humor, cariño y el paso persistente del tiempo.

1 Comment on Una piedra, un nombre y veinte años de amistad: la historia detrás de “Etilafquen”, el símbolo que une a un grupo de amigos en San Martín de los Andes

  1. Muy interesante.
    Lindas historias.
    Por lo general se da en compañeros simples……pero que cada uno tiene su propia energía…
    Cuando hay raíces…..fliares , que educaron con Amor…….da paso a esto…!!
    Exelente ,ejemplo….!!
    Saludos Cordiales..!!
    Atte

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