Calor persistente, menos agua y más riesgos: cómo el cambio climático ya se siente en Neuquén

En los últimos días, el pronóstico para Neuquén volvió a repetir un patrón cada vez más frecuente: ascenso sostenido de las temperaturas, persistencia de aire cálido y períodos de inestabilidad con tormentas dispersas.

En paralelo, la provincia mantiene medidas preventivas ante el riesgo de incendios, con prohibición de hacer fuego y un llamado constante a la responsabilidad ciudadana, mientras la Patagonia atraviesa una temporada compleja con múltiples focos ígneos activos.

Neuquén se encuentra actualmente bajo emergencia ígnea y emergencia hídrica, en un contexto que excede al clima habitual del verano y abre una pregunta que se repite en la vida cotidiana: ¿se trata solo de calor estacional o del impacto del cambio climático?

La ciencia ofrece una respuesta clara: son ambas cosas, pero la diferencia está en la tendencia. El verano siempre fue caluroso en la región; lo nuevo es que el calor extremo es más frecuente, más intenso y más persistente, y se combina con sequías prolongadas y un marcado estrés hídrico.

Qué dice la ciencia y cómo impacta en la provincia

A escala global, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) advierte que con 1,5°C de calentamiento aumentan las olas de calor y se extienden las temporadas cálidas, mientras que con 2°C los extremos alcanzan con mayor frecuencia umbrales críticos para la salud, la producción y los sistemas de agua. En la misma línea, la Organización Meteorológica Mundial señala que las olas de calor amplifican sequías, incendios e inseguridad hídrica, elevando riesgos sanitarios, especialmente en poblaciones vulnerables.

En Neuquén, esta tendencia global tiene una traducción local concreta. Los registros provinciales muestran un aumento sostenido de las temperaturas y una mayor intensidad de los extremos.

Durante el período 2011–2020 se observó un calentamiento más marcado, con anomalías superiores a 0,3°C y un incremento de la temperatura mínima anual de 0,32°C respecto del período 1981–2010. En verano, la temperatura máxima aumentó entre 0,4°C y 0,8°C por década en sectores del centro y sur provincial.

Uno de los indicadores que más impacta en la experiencia cotidiana es el crecimiento de las llamadas “noches tropicales”, cuando el alivio nocturno no llega. En el este provincial se registran más de cuatro noches adicionales por década sin descenso térmico significativo, junto con más de seis días extra por década con temperaturas máximas extremas.

Cuando el calor se sostiene día tras día y las noches no refrescan, el cuerpo no logra recuperarse: se acumula fatiga térmica, aumentan los riesgos sanitarios y crece, al mismo tiempo, la demanda de agua y energía.

Menos nieve, menos caudal y más presión sobre el agua

El estrés hídrico se expresa también en los registros de precipitaciones y caudales. En el oeste y noroeste de la provincia se observa una disminución de precipitaciones del orden del 10% por década a nivel anual y de hasta 20% por década en verano, mientras que los ríos muestran tendencias negativas en sus caudales medios y mínimos.

El río Neuquén, en particular, registra un descenso del caudal de aproximadamente -0,6 m³ por año, junto con cambios en su régimen hidrológico, como la desaparición del pico invernal asociado a lluvias intensas.

Una de las claves técnicas es el ascenso de la isoterma de 0°C, la línea que define si la precipitación cae como nieve o lluvia. En Neuquén, esta isoterma subió entre 70 y 100 metros en promedio anual durante la última década. Esto implica menos acumulación de nieve —el “reservorio natural” de agua— y una menor disponibilidad hídrica durante el verano, con impacto directo en consumo humano, riego, industria, recreación y generación energética.

Desde la subsecretaría de Recursos Hídricos advirtieron que, en este escenario, la gestión del agua requiere anticipación, eficiencia en el uso, control de pérdidas y priorización de los usos esenciales.

Salud, energía, producción y turismo bajo presión

Las olas de calor también tienen efectos económicos y sociales. En el plano sanitario, aumentan los riesgos de golpes de calor, descompensaciones y pérdida de productividad laboral, especialmente en personas mayores, niños y quienes realizan tareas a la intemperie.

En Neuquén se identifica un mayor riesgo de morbilidad y mortalidad asociado a eventos extremos.

En energía, el aumento de la demanda de refrigeración coincide con una menor disponibilidad hídrica, lo que tensiona los usos múltiples del agua, incluida la generación hidroeléctrica. En producción y riego, la menor oferta y la mayor evaporación intensifican la competencia por el recurso.

El turismo, una de las principales actividades económicas de la provincia, también enfrenta desafíos. Neuquén es la segunda economía turística del país después de los hidrocarburos, y el cambio climático puede alterar variables clave como la nieve y la duración de la temporada invernal.
Cianobacterias: un fenómeno que gana visibilidad

En este contexto, las floraciones de cianobacterias se vuelven cada vez más frecuentes y visibles. Estos microorganismos proliferan cuando se combinan altas temperaturas, menor circulación de agua y mayor disponibilidad de nutrientes, especialmente durante olas de calor.

Ante episodios registrados en Villa El Chocón, el Gobierno provincial desplegó una respuesta coordinada entre las áreas de Ambiente, Salud, EPAS, CEAN y el municipio.

La ministra de Turismo, Ambiente y Recursos Naturales, Leticia Esteves, encabezó una visita institucional para informar y llevar tranquilidad, mientras que desde Salud se reforzaron las recomendaciones preventivas, especialmente para niños y mascotas.

El EPAS aseguró que el agua de red es segura para consumo, y el CEAN contextualizó el fenómeno desde una mirada científica.

Gestión, prevención y corresponsabilidad

Frente a este escenario, la Provincia sostiene una estrategia integral basada en prevención, monitoreo y planificación. Se refuerza la política de tolerancia cero al fuego, se avanza en el Plan de Acción Climática con participación social y se incorporan criterios de adaptación urbana, como arbolado, sombra y planificación del uso del suelo.

El EPAS, por su parte, desarrolla una gestión anticipatoria del agua, con obras preventivas, mejoras en captaciones y sistemas de bombeo, y mantenimiento intensivo de instalaciones. Si bien los sistemas producen volúmenes suficientes para cubrir las necesidades básicas, durante las olas de calor el consumo excesivo y el derroche superan la capacidad de diseño de las redes.
Por eso, en el marco de la emergencia hídrica, se refuerza el llamado a la corresponsabilidad ciudadana.

Un desafío que ya es presente

Temperaturas más elevadas, noches que no refrescan, menos agua disponible, mayor riesgo de incendios y aparición de cianobacterias no son un escenario futuro, sino parte del presente neuquino.

La respuesta combina ciencia, políticas públicas, prevención y participación ciudadana, bajo una premisa clara: en el contexto actual, adaptarse ya no es una opción, sino una necesidad básica para cuidar la salud, la economía y el ambiente.

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