Día 19: Bienvenida al siglo XXI

Treinta días sin conexión instantánea. Treinta escritos, uno por día, que narrarán la vida de Clara Oyuela fuera de las redes sociales. Un mes sin whatsapp, sin Instagram y sin Facebook

“No estaba lloviendo, al contrario, había
viento de mar y todavía las estrellas
se podían contar con el dedo”
Crónica de una muerte anunciada

Bienvenida al siglo XXI. Con esa frase me va a recibir papá en la cadena del whatsapp familiar el día que  regrese a las redes. Con esa frase y con una foto de las que reenvía él, que se la reenvían algunos de sus amigos machirulos. Una foto que hoy en día sería señalada como machista. Yo le voy a responder hola machirulo, volvió la feminista al grupo- o al menos, la que, torpemente, intenta serlo. Después, cuando lo vea en persona le voy a decir: Pá,  estás rodeado. Tenés cuatro hijas mujeres que no te dejamos pasar ni una. Bienvenido al siglo XXI.

Mi papá es una mezcla de progresismo y tradición. A él, si le preguntás, le hubiera gustado vivir su juventud durante el peronismo porque en esa época se desarrolló como nunca la industria en nuestro país y él es un amante del desarrollo industrial- a eso se dedica hace más de veinte años.  Él está ayornado a nuestros tiempos y usa celular último modelo porque es un fierrero. Papá es de poquísimas palabras y de mucho, mucho hacer- y en su hacer, dice muchísimo. Papá te responde si vos le preguntás y opina si le pedís opinión. El resto es un silencio eterno transformado en miles de metros de cemento a lo largo y ancho del país y de su cuerpo. Un silencio que, como hija, a veces duele, otras confunde, otras asombra, se agradece o se resigna, un silencio que hubo que aprender a interpretar. Pero papá, de repente, te sorprende. Y te envía un texto bellísimo a la distancia, de alguien que conoció en alguna comida y al parecer, su autor se llama Antonio, es psicólogo y tiene 80 años. En esa comida, Antonio le ofreció a papá leer en voz alta el texto que había escrito. Papá comenzó a leerlo. El texto hablaba sobre la conexión y desconexión en tiempos de tecnología. Palabras escritas por otro, dichas por papá. Palabras que me envía a la distancia  y me recuerdan que no está tan sordo de su oreja derecha ni tan lejos de ser ese Gran Pez de la infancia. Ese papá capaz de ponerse un par de anteojos y un corpiño de mamá y unas plumas de mi caja de disfraces y ser Xuxa por un rato, para animar mi cumpleaños de 6 años ante la catarata de risas de mis amigas. El Gran Pez que se la pasaba silbando porque siempre estaba de buen humor, que no temía al ridículo y creía-muy fervientemente-que a lxs niñxs no hay que arrancarle sus ilusiones y que los proyectos de la vida, esos que movilizan el alma, surgen de esos primeros sueños de la infancia. Mi papá, de una inteligencia irreverente e intuitiva, esculpida en el barrio, propia de quien creció entre siete hermanxs. El Gran Pez, ese papá incapaz de frustrarnos, un optimista de corazón. Cuando vendíamos limonada con mis hermanxs en la puerta de mi casa de Maestro Santana, teníamos siempre un gran caudal de público, sedientos por un vasito de agua y limón (porque papá les daba monedas a las personas que pasaban para que nos compraran ese vaso). El Gran Pez que nos contaba sus cuentos creados de Doble Faz y Todo Gordo, minutos antes de dormir o el que muy rara vez gritaba para hacerse escuchar porque confiaba en su voz y en su buen sentido del humor. El Gran Pez que, obstinado en alcanzar su destino triunfal, fue encerrándose en su capullo de metal,  por pura concentración, quizás, o porque eso era lo que mejor sabía hacer. Hoy, volví a escuchar ese silbido, ese gesto cómplice que une a los que tuvimos amigos imaginarios en la infancia. Hoy, las estrellas, se pueden contar con la mano, hoy no está lloviendo. La de él se llamaba Campana y los míos, Mili y Molo. Eran dos viejos que me acompañaban siempre. Mili, de trenzas muy largas y tez oscura. Molo, de camisa celeste y pelo blanco. Una vez, papá me llamó desde San Luis y me contó que los había visto allá, caminando de la mano- yo me emocioné muchísimo. Azucena también tiene a su amiga imaginaria que se llama Zoe y vive en Buenos Aires.

Hoy, el silencio de cemento y hormigón se disolvió en miles de frases que me abrazan como cuando era chica. Hoy me siento contenida por las palabras. Esa insólita sensación de estar empoderado por una libertad desconocida. Esa liviandad de un mundo liso, vacío, amable y rumoroso. Ese extraño vacio del Yo. Sensación de paz que me devuelve mi cerebro no intervenido por los otros, los tantos otros de las redes y la tv. La presencia ininterrumpida de una abrumadora civilización del hormigueo hiper-conectado, repetitivo y monótono vendedor de incertidumbres y amenazas (…) Alejados de las tecnologías que han cambiado nuestros mundos, nuestros estilos de vida cotidianos (…) La cibernética utiliza como base estructural funciones recursivas. Todo se satura de “más de lo mismo”. Y el resultado es la invasión sin pausa sobre el Yo. La emoción que vende es el miedo, en cualquier parte, todo el tiempo (…) Entonces, en ese espacio propio, en ese pedazo de silencio y atentos al sentir, sorpresivamente no estamos abrumados…

Gracias querido Antonio por tus palabras puente. Y gracias, papá, por haberlas escuchado con la oreja izquierda y reenviado a la distancia a tu hija cabeza de alas.

Nota al pie: queridxs míos, en la crónica anterior mencioné el efecto que provoca la distancia física entre las personas y la tendencia a la idealización. En este caso, el Gran Pez realmente existió y existe y todo lo que describo sobre mi papá es real- al menos para mí; aunque como podrán apreciar, prácticamente no menciono aspectos de su persona defectuosos o miserables. No porque no los tenga, es que una neblina bastante potente me está entorpeciendo la vista y ahora es cuando empiezo a sospechar que la distancia mínima de idealización entre una persona y otra, se da en un trecho de 1573,3  kilómetros yendo por ruta.

Ilustración Sofía D’ Andre 

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