El navegante sanmartinense Pablo Saad está en Oceanía y partirá hacia el sudeste asiático

Escapándose de la pandemia y de la temporada de huracanes, el sanmartinense Pablo Saad, zarpó de México a fines de mayo y  pasó el año navegando el océano Pacífico sobre su velero Mandrágore. En estos momentos está en Oceanía, llegando a Papúa Nueva Guinea, a la espera de saber si podrá acceder al país a causa del coronavirus. Es que muchas de las islas no permiten el ingreso de navíos como una de las medidas de prevención. Pero sostenerse flotando indefinidamente en el mar de Salomón no es una opción. Así que está pensando en moverse y navegar otros doce o quince días hacia Indonesia, Filipinas o Tailandia, en el sudeste asiático, para llegar a tierra en el país donde le permitan entrar.

Uno de los objetivos de este nuevo viaje de Pablo era conocer la Polinesia Francesa. Arribó allí luego de cuatro semanas de navegación en solitario desde México, un tramo que fue más duro de lo que esperaba porque no hubo vientos que se denominan portantes, es decir que acompañan y empujan desde la espalda, sino que venían de frente. No es lo habitual, pero así sucedió.

En palabras de Pablo compartidas con RSM desde Oceanía: “El punto más alto de esa etapa fue cuando crucé el Ecuador, el día de mi cumpleaños número 53. Esa fue una jornada bastante agradable para navegar, con buenos vientos, y con la yapa de haber enganchado en la línea un dorado exquisito que me dio de comer casi hasta la llegada a las Marquesas”.

“Al llegar a la Polinesia Francesa tenía que ver si podía entrar a conocerlas o no, porque habían establecido allí que los barcos que estuvieran en navegación iban a tener que cumplir una cuarentena y quedarse confinados en el puerto de arribo. Para cuando divisé tierra la situación se había flexibilizado y tenían previsto abrir las fronteras a los diez días que yo llegaba, con lo cual pude ingresar, completar los trámites en línea ya que no se estaban haciendo presenciales, y  levantaron la cuarentena a las 48 horas. A partir de ahí pude empezar a recorrer”, nos dice Pablo.

Son muchos archipiélagos con características diferentes. Islas volcánicas que por su edad tienen un aspecto bien diferente. Montañas verdes, agrestes, con poca población. Islas paradisíacas con cocoteros, corrientes fuertes y bancos de arrecifes, por lo que si el sol está de frente es muy complicado entrar. Se trata de una zona no muy bien cartografiada y la navegación tiene sus riesgos. Todos los años se pierde algún barco en el Archipiélago Tuamotu. 

Bucear los pasos que llevan hacia las islas es una atracción muy linda que Pablo no se privó de hacer. Hay tiburones pequeños, de no más de 2 metros y medio, que no expresan deseos de acercarse a los humanos. Merodean, pero esquivan los contactos. Las últimas que visitó son las Islas de la Sociedad, las más conocidas y desarrolladas turísticamente. Papeete  es la capital; Bora Bora tiene hoteles en palafitos, con un balcón que da a un coral donde hay diferentes peces. Son islas altas, con anillos de coral, con senderos para caminar dentro de la jungla, con sitios arqueológicos de los Polinesios, los pueblos originarios de allí, plataformas de piedra.

Pablo continúa: “Hasta allí pude moverme libremente, pero luego comenzaron los problemas. Porque la mayor cantidad de personas que navega la zona, luego continúa la ruta hacia el oeste, favorecidos por los vientos, y lo hacen con la perspectiva de abandonar la región a mediados de noviembre, antes de que lleguen los huracanes. Se inicia en general hacia el sur, hacia Australia o Nueva Zelanda, y unos pocos decidimos ir hacia el norte, y nos desprendemos hacia Papúa Nueva Guinea”. 

“Yo zarpé a finales de septiembre y el único país que estaba abierto en la zona libre de huracanes, era Papúa Nueva Guinea. En el medio hay muchos países jóvenes que estaban cerrados, colonias inglesas o francesas, distintas islas. Estados que en las décadas del 60 y 70 se fueron independizando. Los tuve que pasar de largo, unas 3000 millas, navegar un mes y medio aproximadamente. Me detuve en algunas islas deshabitadas donde pude echar el ancla principalmente para descansar, hacer un corte, nadar un poco o hacer una salidita en kayak. En  caso que se pudiera, recoger algunos cocos o agua fresca. En algunas había  un tanque que se llena con agua de lluvia y una biblioteca de navegantes”.

Pablo pasó por varias islas con muy poca población, como Tonga, las Manuatu, Fishi, pero en general no permitían el ingreso, bajo amenaza de detención, multas, confiscación de la embarcación y deportación. En una tormenta con cambio de vientos, tuvo que hacer una maniobra de riesgo para salvar su velero y cortó el cabo que sostiene la cadena y el ancla, así que solicitó entrar de emergencia en Salomon Island, para poder comprar lo necesario para seguir seguro, pero le negaron el acceso.

Al llegar a Papúa Nueva Guinea, hizo un ingreso de emergencia, pero inicialmente le pidieron que se retirara. Luego pudo lograr que lo acompañen las autoridades a hacer las compras, por ejemplo de diesel, una nueva cadena, anzuelos y otras cosas necesarias para el viaje. “Si no fuera por estos inconvenientes, el viaje ha sido una experiencia muy linda, sin grandes problemas de navegación. Con Mandrágore venimos bien, aprovechando los buenos vientos”.

Como no puede entrar en los puertos tradicionales de cada lugar, amarra en algunos alejados rincones de las islas que visita para descansar. Allí se le acercan los pocos habitantes del lugar sin temor y con curiosidad. Lo invitan a sus casas y Pablo los deja subir al barco. Comparten alguna comida y experiencias. “En general son pescadores o trabajan con el coco”. Por supuesto, los encuentros con otros navegantes y con los habitantes locales son las experiencias que enriquecen cada viaje. Y si bien, a causa de la pandemia, esta ha sido una navegación diferente, no dejan de faltar los momentos compartidos y los intercambios culturales. Hasta que navegar por el mundo vuelva también a la normalidad.

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