Casas Contadas – Costumbres de pueblo: breve ensamble de una vida cotidiana

Luego de haber transitado juntos los divertidos caminos que atravesaron más de 35 historias, el ciclo Casas Contadas termina su primera temporada. Mientras nos preparamos para volver con muchos más relatos y anécdotas, es propicio aprovechar el impás para rescatar, de entre tantos capítulos, algunos fragmentos que dan cuenta de una comunidad hermanada en sus costumbres. Estas son algunas de las voces que pasaron por esta primera etapa, describiendo usanzas de un apacible y próspero pueblo de montaña.

Nieves Núñez: “Mirá, mi primer recuerdo en esta casa es sobre las tremendas nevadas que había. Nosotros vivimos primero en el departamento que estaba arriba de la Sala de Primeros Auxilios, la parte antigua del hospital. Mientras tanto papá compró este terreno y fue armando la casa, que al principio tenía sólo cuatro habitaciones. Después le agregaron cocina y baño. Nos mudamos en 1942 o 1943. Entonces mi primer recuerdo es el invierno, que era tan duro. Con mis hermanas nos entreteniamos abriendo caminitos en la nieve, que tenía 30 o 40 cm. Por otro lado, no te olvides que en ese entonces no había gas, era todo a leña y de noche se apagaba. No quedaba nadie para echarle leña al fuego, así que eran días fríos de invierno”.

José Ragusi: “Lo que más me acuerdo de esa casa es el sistema de suministro de agua: la canaleta que tenía un caño y una canilla de bronce que todavía tengo. Esa la usaba mamá cuando me agarraban los berrinches. Me metía la cabeza debajo del agua fría y se me pasaba todo. La cocina era grande, igual que el living comedor, con una mesa larguísima. A papá le gustaba recibir a mucha gente importante. (…) La casa era toda de madera y machimbre cepillado, mejor del que se hace actualmente, hecho a mano. El galpón del aserradero estaba a unos veinte metros de la casa y tenía ochenta metros de largo. Primero se hacía todo el transporte de la madera con bueyes y catango, que era un carro para cargar rollizos, con un eje de hierro y dos ruedas de madera, hechas a hacha.”

Carlos Weber sobre el Cine Amankay: “En un momento, ya teníamos la construcción hecha y los equipos comprados en Buenos Aires, pero nos fuimos a noticiar de que no había conexión eléctrica en el lugar. A nadie se le había ocurrido pensar en eso. Hubo que comprar dinamos y se solucionó, fue muy gracioso”. La primera proyección del cine Amankay se dio con la película “La guerra la gano yo” (1943) de Francisco Mugica, protagonizada por Pepe Arias, en la que un almacenero aprovecha los problemas de la guerra para enriquecerse y especular. Su hijo, un cadete naval, renuncia a su carrera al enterarse de cómo se costea y se embarca en un vapor mercante. 

“Las películas se traían desde la distribuidora de Bahía Blanca hasta Zapala en tren y hasta acá en camión o con el colectivo de Los Lagos. Había doble función los martes, jueves, sábados y domingos, con intervalos entre películas. Los domingos había matiné para los chicos”, cuenta Carlos al teléfono, y agrega que durante la función no se comía, “eso vino después”. “Para avisar que empezaba la película se llamaba a la gente con disparos de cañón”, cuenta Isabel Creide, y también Américo Astete, en un precioso documental que agrupa voces en torno al fulgor del cine.

Marisol Lerin: “El bar Lerín (ubicado en la esquina de Mariano Moreno y San Martín) estaba administrado por  el tío Alberto. El terreno tenía una gran cantidad de árboles frutales y era un lugar habitual para que se reuniera la paisanada. Le pertenecía primero al señor Estanco. Después lo vendió y  cuando pusieron el bar, el tío Alberto empezó a manejarlo. Era, como decirte, un bodegón, donde la gente del campo iba a tomarse un vino y a comer. Hacían comidas buenísimas. La gente llegaba con sus caballos, que dejaban atados enfrente, en el terreno donde está Dublin, en donde había una plantación de papa, y se juntaban en el bar. Alberto era un personaje poco formal. Dominga, de Pucará, me contó que a veces llegaba con provisiones y se iba a remar por varias semanas”.

Hector Nuske sobre Vega Maipú: “En esa época, en la manzana había una sola casita más, en la otra esquina, yendo hacia Junín, de un tal Corbo que vendía panchos. Al fondo había otra construcción empezada, pero nada más. El resto era todo campo con ovejas. El agua se buscaba con bidones de una manguera que había del otro lado de la ruta. Seguramente venía de una vertiente. Después hacia la montaña había más casitas, pero desde la Escuela 86 hacia el taller, había solo una vivienda”.

Ramón y Noemí del almacén El Entrerriano: “Cuando funcionaba el almacén de Ramos Generales, en el piso de arriba se jugaba a las cartas. Se contaba que un día apareció un policía nuevo a revisar y los que estaban jugando se escondieron en los placares. Entre ellos había un juez”, cuenta Ramón, entre risas. “Ahora el piso de arriba funciona como casa particular. Ahí donde ves el piso roto”, dice Noemí, señalando unos agujeros en las baldosas, cerca de la entrada, “era donde bajaban los toneles de vino que traían al almacén”. “Un señor que se llamaba Ramón Fernandez tenía un camioncito y repartía de todo: leña, carbón, gas, vino Flor del Prado, ¡hasta los cheques del banco!”, agrega Ramón. 

La mención de los cheques desata una nueva anécdota, que ambos cuentan a dúo, muertos de risa: “Resulta que cuando recién se abrió el Banco Nación, Ramón Fernández traía los cheques para clearing y todos los viernes un grupo de muchachos lo esperaban en la rotonda de la virgen con un asado, para demorarlo, que no llegue al cierre y entren los débitos en cuenta recién el lunes.”

Orlando Elorriaga sobre la esquina de San Martín y Curruhuinca: “Enfrente, en la esquina, había una hostería de madera muy grande, que se llamaba El Caballito Blanco. Tenía dos cuerpos y uno se incendió cuando yo tenía 9 años. En la otra esquina, sobre Ramayón, estaba la quinta del Doctor Koessler, que después fue de O´Grady. En ese momento teníamos acequias que corrían por ambos terrenos, por la calle. Se ponían compuertas y se regaban las huertas.”

“El frío era intenso. Mamá nos ponía ladrillos refractarios envueltos, en la cama, para que tuviéramos los pies calentitos”, dice, con una media sonrisa de recuerdo lejano. “La cocina de fundición tenía un intermediario por donde pasaba el agua y se calentaba, como una caldera a leña. Entonces si venían varios a querer bañarse no se podía, por eso se hacían baños de inmersión, porque aguantaba más el agua.”

“¿Sabés cómo se regaba en ese momento? Con un palo de escoba, con una lata atada con alambre en la punta. Lo cargabas en la acequia y lanzabas el agua por todos lados. Sacamos muy buenas verduras de la huerta. También estaba la leñera y unos galpones donde guardabamos los huevos, en latones grandes, con un líquido especial, durante el invierno.”

Rudy Alder sobre despensa Suiza: Al principio usaban el espacio como pensión, alquilando las habitaciones. Luego, alrededor de 1935, se armó la despensa. “Tenía la puerta en la esquina, las paredes de madera de cantonera y los pisos también de madera. Arriba había dos dormitorios que usaba la familia, a los que se accedía por una puerta independiente. La despensa, por dentro, estaba dividida en dos, con la entrada de la esquina y otra por la calle Roca, que daba al depósito y se comunicaba desde ahí con la casa”.

En Despensa Suiza el vino llegaba en barriles, que entraban al depósito y se ponían sobre caballetes. “Se agujereaban para poner la pipa y se vendía el vino en botellas o damajuanas, por litro. Los vecinos, en esa época, venían a comprar y se les anotaba el gasto en una libreta. Después, a fin de mes o cuando cobraran, pagaban. Eran muy pocos habitantes, había otra confianza. Esa balanza con pesas de bronce que ves allá es de la despensa”, me dice, señalando un rincón del living en donde descansan dos cajones de madera: la balanza por un lado y las pesas por otro.

“¿Sabés cómo cosechaba las manzanas mi abuela?”, me pregunta. “Tenía un aparatito que era como dos cucharas metálicas opuestas, con un resorte, adosado a una caña. Con eso agarraba cada una con cuidado y al cerrarse se cortaba el cabito. Había que sacarlas despacio para que no se golpeen. Después se guardaban en el entretecho, con paja para que queden separadas y se conserven durante el invierno.”

Elio “Chango” Soria sobre la Escuela nº5: “Los actos escolares eran un acontecimiento, principalmente en las fechas patrias. El día de la fundación del pueblo y el 25 de mayo, por ejemplo. Congregaban gran cantidad de gente y la escuela se llenaba porque los maestros preparaban toda clase de números artísticos con mucho ingenio. Los actos eran muy largos, duraban más de dos horas, pero la gente se aguantaba porque en ese momento no había mucho movimiento ni cosas para ver. Era un evento social.”

Santiago Bello desde Vega San Martín: “Esta casa evolucionó junto con la familia. Se usaba agua de una vertiente de montaña y calefacción a leña. No había infraestructura en ese momento para llevar los servicios  desde la ruta. La familia tenía tierras que se podían utilizar para la ganadería, criaban ovejas. Mi abuelo se dedicó a eso hasta los noventa, cuando el crecimiento del pueblo y el aumento de viviendas empezó a perjudicar a la actividad. Mi abuela tenía vacas y se dedicaba al ordeñe para vender la leche. También tenía un gallinero enorme del que vendía huevos caseros. Había una huerta gigante, del otro lado de la ruta, con la cual se procuraban alimento. Sin embargo su mayor orgullo fue siempre su jardín”.

Mario Muglia: El bar constaba de un gran salón, con un mostrador con bancos grandes para tomar alguna bebida allí mismo. Tenía diez mesas con cuatro sillas cada una, una mesa de billar y dos baños. Sobre el mostrador había una caja registradora a manija con teclas y una cafetera enorme con cuatro bocas. También había un cubilete para los dardos”, recuerda Mario, quien trabajó un tiempo allí ayudando a su padre, y agrega: “lo veo en mi cabeza como si fuera hoy”. Entre las décadas de 1950 y 1960 los vecinos más conocidos del pueblo se juntaban allí a disfrutar un cafecito y un juego de naipes. “Iban a hacer sus depósitos al Banco Nación, que estaba sobre Elordi, frente a la Plaza Sarmiento, y después se juntaban en el bar. Se armaban mesas de tute cabrero, un juego en el que se van tirando y recogiendo cartas hasta que termina la ronda y pierde el que tiene menor puntaje. Muchos se confabulaban para hacer perder a los vecinos más cabreros y que pagaran la ronda de cafés. A don Tomás Alegre, que era farmacéutico, lo hacían resongar tanto que pagaba y se iba. Después lo iban a buscar”, relata Mario, en tono divertido. 

“A la tarde, después de hacer sus visitas domiciliarias, el Dr Koessler iba al bar, pedía un café y dormía un ratito. En ese momento todos bajaban la voz. Era el héroe del pueblo. Después se despertaba y jugaba a las cartas. Era una persona que no hablaba mucho y decía lo justo. Siempre caminaba por la calle, no por la vereda, vestido con sombrero y sobretodo, con las manos atrás de la espalda. El doctor conocía a todos los vecinos, los visitaba en sus casas y siempre le invitaban cafecitos. A Berta no la conocía mucho. Estaba siempre en su lugar, escribiendo”, recuerda Mario, pintando un cuadro hermoso sobre uno de los personajes más queridos de nuestra ciudad.

Si bien han sido numerosas y diversas las voces que se sumaron a estos relatos, la pertenencia a una historia conjunta las une, formando una larga trenza de hábitos, espacios y épocas. Dice el dicho que todo tiempo pasado fue mejor y habrá quienes estén de acuerdo y quienes no. Lo que sí podemos afirmar es que ha sido un tiempo por demás pintoresco. Luego vendrán muchas más historias, más familias, más hogares. Hasta entonces, estimados lectores, les decimos: hasta pronto.

2 Comments on Casas Contadas – Costumbres de pueblo: breve ensamble de una vida cotidiana

  1. Raúl Daniel González // 8 de enero de 2022 en 09:51 // Responder

    Soy nacido y criado en san Martín, y tengo Tantos recuerdos de Mi San Martín querido, Tantas cosas para contar, Tantas personas y familiares que ya no están pero que dejaron su impronta bien marcada en este Paraíso!!! Anécdotas, cuentos Fabulas y chimentos!!!
    jajajaja

  2. Nuestra casa en Obeid esquina Rohde. fue construida por el médico militar, que antes de extrenarla fue trasladado. Nuestra tía Olga Pertile de visita en SMA, la compro en 1940/49 porque se enamoro de SMA. Stella Pertile

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