Casas Contadas – capítulo 23: Cristina Boo y el entrañable recuerdo de su abuela María del Rosario

Que este viaje haya comenzado con una idea y poco a poco se transforme en un ejercicio de memoria colectiva es gracias a tantas voces que se animan a recordar. Hoy es el turno de Cristina, que muy amorosamente nos cuenta sobre su abuela, María del Rosario Castillo, pionera y moradora de una hermosa casita que cuenta ya con más de 80 años de vida.

Ubicada en la calle Elordi, justo al lado de la Intendencia de Parques Nacionales, esta histórica casita de troncos queda oculta a simple vista, pues hay que asomarse desde la calle por un pasillito y prestar atención a la intensidad del color azul que ahora reviste su fachada. Al costado un frondoso jardín con plantas de varios tipos. Cristina me señala el camino, me presenta a su tía Rosa, actual habitante y me va señalando detalles.

María del Rosario Castillo nació en Pirihueico, Chile, en 1894. A los 20 años se vino sola a San Martín de los Andes. Corría el año 1914. Aquí compró varios terrenos que en ese entonces se conseguían muy baratos. Su primer domicilio fue una casita frente a la comisaría, sobre la calle Belgrano. “Ahí tenía un jardín hermoso y una huerta. Después se mudó a la casita de Elordi, que construyó mi abuelo Masat, con madera que traían de Chile. Él trabajaba en la industria maderera, como casi todos en ese entonces”, me cuenta Cristina, con una voz muy tenue y dulce.

En esa casa, que aún conserva intacta su fachada, salvo por el color, María del Rosario vivió cerca de 60 años, hasta su fallecimiento. “Era una mujer maravillosa. Vendía empanadas en su casa y amaba hacer dulces caseros. En el jardín tenía manzanos, membrillos, un laurel enorme y muchísimas flores. Le encantaban las plantas. Desde las 7 de la mañana se ponía a trabajar en su jardín e intercambiaba plantas con las vecinas para tener más variedades. Era la envidia de todos”, recuerda su nieta con un brillo hermoso en la mirada.

María en desfile de aniversario, junto a Gingns.

Además de empanadas y dulces, María preparaba en su casita pan casero, a base de masa madre, sin grasa. “No sé cómo lo hacía pero nunca volví a comer un pan igual a ese”, dice Cristina y agrega: “Los momentos más felices de mi vida los pasé en su casa. Vos sabés que tenía un tero amaestrado. Ella lo llamaba y él se acercaba. Cuando murió, el pájaro desapareció”. 

Madre de 5 hijos, a María se la recuerda participando de los desfiles de aniversario del pueblo, junto a don Gingins, donde recibía siempre ramos de flores: “Me gustaría que se la reconociera como pionera que fue. Que se pueda recordar su nombre en una calle. Ayudó a mucha gente en ese entonces”, dice Cristina, detrás de un barbijo que algo llega a atenuar su emoción. 

La casita de María tenía una cocina con baldosas de triángulos rojos y blancos y tres habitaciones hechas completamente en madera, dos abajo y una arriba. Todos sus hijos nacieron allí y su nieta Cristina pasaba muchas noches también con ella: “Mi mamá trabajaba mucho en la confitería Corotel, que estaba al lado de la comisaría de San Martín. Entonces yo estaba sola y cuando salía del colegio me iba a la casa de mi abuela. Me daba flores de su jardín todos los días para que me llevara a mi casa”.

El recuerdo de Cristina es muy vívido y amoroso. “Su casa era muy tranquila y acogedora. Ella se sentaba con su radio, a volumen bajito, cerca de la cocina a leña. Estaba siempre cocinando o preparando dulces que después regalaba. Yo iba y la mayoría de las veces me quedaba a dormir con ella. Mis mejores navidades fueron en esa casa también. Era un tiempo en el que se compartía mucho. Las fiestas eran muy familiares. Además nevaba, hacía mucho frío y adentro se estaba muy bien”.

En la esquina de la casa estaba, por ese entonces, la discoteca Crismalú. Cristina recuerda que se oía la música durante la noche y su abuela inventaba historias, sobre lo que escuchaba, para contarle antes de dormir: “Con las canciones, los ruidos y murmullos que llegaban ella armaba cuentos para que yo me durmiera”, dice, reforzando ese amor inmenso que transmite cuando se refiere a María. 

Llegando al final de nuestra charla, Cristina recuerda su infancia como un tiempo en el que los chicos andaban mucho solos, sin problemas: “Íbamos a la escuela 5, que se calefaccionaba primero con tachos y después tuvo caldera. Los inviernos eran muy lindos. Algunos compañeros llegaban a la escuela a caballo y otros caminábamos con botas de goma, con la nieve hasta las rodillas. Después andábamos en la calle jugando hasta tarde. No pasaba nada malo”.

“Después de que falleciera mi abuela, yo la soñé por años y en esos sueños seguía conversando conmigo”, concluye Cristina. Su historia me llega gracias a que muy amablemente nos escribió para compartirla y eso le agrega aún más valor a este relato. Es su voz, son sus ganas de hacer memoria. Este viaje sin fin continúa. Ahora, más que nunca, gracias a ustedes. Quien tenga un recuerdo que lo comparta para que quien quiera escuchar, tenga donde. 


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2 Comments on Casas Contadas – capítulo 23: Cristina Boo y el entrañable recuerdo de su abuela María del Rosario

  1. Me resulta fascinante este viaje en el tiempo.

  2. Que linda historia, y que orgullo haber tenido una abuela así !

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